miércoles, 25 de agosto de 2010

Incidencias actuales de los ángeles





Luis Thonis

Incidencias actuales de los ángeles.

San Ireneo –fundador de la teología cristiana y un de los primeros en defender el dogma del Dios uno y trino contra el maniqueo Marción, para quien había dos dioses, uno malo y otro bueno- negó que los ángeles hubiesen contribuido a la creación del hombre. Dijo que eran inmortales y advirtió sobre su comercio con mujeres. Varias veces en su obra aparece la palabra recapitulación: con el sentido de abrazar varias cosas en una, renovar, como Cristo, que "recapituló a los hombres".
Yo no lo haré con los ángeles. Apenas recorreré algunas de sus incidencias.
A lo largo de una sinuosa historia –que germina en la teología, vibra en la poesía y prolifera en la pintura- por lo menos dos movimientos imbricados han concernido a los ángeles: uno, descendente, la separación de su morada –el Cielo-; el otro, vertical o paralelo, el encuentro regenerador, extático, traumático y revelador, por el cual ya nada será como antes y en el cual resuena la etimología griega de heraldo y mensajero (ángelos).
No sé de ángeles más discretos y delicados que los de John Donne. Su poema Aire y Ángeles despunta con este atisbo: "Twice or Thrice had I loved thee / Before I knew thy face or name" (Te he amado dos o tres veces, antes de conocer tu rostro o nombre). Esta comprobación a pleno aire habla de ángeles a medio descendimiento que reflejan signos de connotaciones astrales: el amor que reflejan las miradas estaba escrito en una estrella, y los ángeles son guardianes de un culto que el poema quisiera extender a todos los seres.
Un paso más y damos con la visión mística de Swedenborg, que asegura que un hombre y una mujer que se hayan amado en la Tierra serán un ángel único en el Cielo. No lo será ese ser que no haya hecho nada, es decir, no haya pecado. Dios no le dirá nada ni le hará nada: llevará en el cielo una existencia tan tediosa como en la tierra.
Hay alas solícitas de seguro alertarán a más de un realista, y no sin motivo. Los ángeles de Donne anexan desde afuera loved y beloved, y son apacibles reflejos de un aire puro y envolvente, su "esfera". El amor, en su caso, es un culto aislado de confrontación con las tensiones de un mundo que constituiría su verdadera prueba. Y el ángel además de mensajero es a veces el nombre de una prueba.
A muchos la sola mención de los ángeles los pone en guardia. Sospechan que se trata de algo propicio a la mojigatería, la evasión o la charlatanería. Hay un reproche canónico: la acusación de bizantinismo a las discusiones sobre el "sexo de los ángeles", asimiladas a los planteos de quien se pusiera a hacer hipótesis sobre navegación mientras el barco se hunde.
Lo cierto es que estas discusiones, llevadas a fondo, han situado interrogantes acerca de la concepción y la reproducción, que hoy alcanzan al goce femenino, la androginia y la transexualidad. No voy a tratarlos aquí: sólo diré que la novela y la poesía no dejan de tomar posición sobre el asunto.
Con los ángeles ocurre lo que con cualquier otro tópico que sea objeto de degradación o simplificación empecinada.
Se recordará, a su vez, que los ángeles no existen. Pero que no tengan referencia objetiva nada dice respecto del significado que puedan guardar en tal o cual enunciado, en tal o cual proposición, o en poemas, sinfonías o cuadros. Y mucho menos el hecho de que no existan informa acerca de su relación con el objeto del deseo.
Se la tome en serio o en jauja, la "historieta" de la redención acontece nada menos que entre dos ángeles, el de la perdición y el de la anunciación, y entre dos mujeres, Eva y María. El Ángel de la Anunciación en el Nuevo Testamento le declara a la Virgen: "O Kirios meta sou" (El señor está contigo). Por una palabra que no tiene su causa en el vientre, y que perturbaba la naturaleza de la genealogía, ella no puede asimilarse a la Mujer –el gran Todo, es decir, a la Gran Madre, común a las idolatrías en las que el verbo es algo secundario-. Ella es "hija de su hijo", como no deja de recordarlo Dante.
Cuestión que tiene una vertiente matemática: San Pablo enuncia cuán ínfimo es el pecado original en comparación con la gracia recibida. Esto remite a otra lógica, la de Duns Escoto con su articulación de la infinitud, que será descubierta retrospectivamente por Georges Cantor, hacedor de los números transfinitos.
Pienso ahora en una referencia cultural centrada: Il Sogno de Miguel Ángel que presenta a un joven acechado por todos los pecados capitales y a quien la trompeta punzante de un ángel mantiene en perpetuo despertar. Otra, ineludible, está en los sonetos de Shakespeare y concierne a la decepcionada sinécdoque entre la mujer y el ángel: ella, ciertamente, en tanto oscura dama de los sonetos es una de las "fairest creatures" de los encomios de inicio, pero luego va adquiriendo los matices de lo negro y lo infernal, que llevan al poeta –cuando se le muestra como el reverso de lo que ha jurado- a multiplicar sus invectivas: "For I have sworn thee fair, and thought thee bright / Who art as black as hell, as dark as night" (Soneto CXLVII). El soneto CXLIV, tan excepcional como controvertido, ocurre en un canje de ángeles. El amante no sabe cuál habrá de arrancarlo de su infierno: "I guess one angel in another's hell".
Fue Kierkegaard quien argumentó que la mujer está constituida como una broma. Lo que no dice es cuál es el momento de la sanción: un chiste es un chiste cuando es considerado tal. Con el ángel sucede algo análogo: no puede ser tomado al pie de la letra. Lo inquietante palpita, irrumpe, cuando uno se pregunta por las figuras y los tropos de su desplazamiento. Sus posibles metáforas.
Si los ángeles han pasado de una lengua a otra, coexistido con el malestar de la cultura y visitado diversas tradiciones estéticas, es porque lo real –en tanto retorno de lo reprimido, aun en un lapsus- excede la representación, su delicado y perezoso equilibrio.
Citaré a tres autores que nos sitúan en tres lenguas y tres tradiciones culturales, que sus escritos excentran.
En el capítulo V de Sartor Resartus, Thomas Carlyle se refiere al único amor de su biografiado, el vulnerable profesor Teufelsdröckh. Este, representante de las aporías del romanticismo, retomadas con cáustico humor por el autor, asimilaba en su juventud, cuenta, a las mujeres con seres celestiales. Su imaginación les confería el plumaje de los ángeles. No hay adolescente bien provisto, asegura Carlyle, que no sueñe una Eva y un Edén correlativos. Narra Carlyle la historia del excéntrico profesor con Blumine, su Reina de Corazones y Mensajera del Cielo –"The Heavens Messenger! All Heavens blessings be hers!"- y la diferencia de esos ángeles celestiales, que son las mujeres, por cuyas venas circula poco fuego. El profesor no sabrá encenderlo. Blumine quería a un hombre de genio que suspirara por ella; él lo hacía, antes de conocer su existencia. Un toque de serafín los empuja al momento del beso. La orgullosa timidez de Teufelsdröckh y las convenciones sociales favorecen la separación. Blumine, previsiblemente, se casará con un hombre más concreto y de mejor situación. El pensador muy tarde se dará cuenta de que estuvo próximo al mismo Edén que soñaba y apenas se percató de ello.
En su poema Reversibilidad, Charles Baudelaire extiende esta sobria interrogación retórica: "Ange Plein de gaîté, connaissez-vous l'angoisse / la honte, les remords, les sanglots, les ennuis, Et les vagues terreurs de ces affreuses nuits / Qui compriment le coeur comme un papier qu'on froisse?" Ni el odio, ni los remordimientos, ni la fiebre, ni los muros del hospital o el miedo a la vejez parecen reflejarse en el ángel. No hay esa posible reversibilidad de esferas que se infiere en Donne, y no hay comunicación con los ángeles. Baudelaire es católico y ortodoxo en este punto, y considera que los ángeles no pueden acceder a las penurias o los secretos del corazón. En Baudelaire, el ángel no es el ser que pueda dar la medida del horror o identificarse, como en Rilke, fuera de la jerarquía de su descendimiento, a una criatura cómicamente siniestra.
En las Elegías del Duino, el poeta toma el punto de vista de un ángel ciego, que vacila entre el arrebato y el aniquilamiento: "Wer, wenn ich schriee, hörte mich denn, aus der Engel Ordnungen?" La pregunta: "¿Quién, si gritara, me oiría desde las jerarquías de los ángeles?" tiene una equívoca respuesta: el desvanecimiento del poeta –y de la misma palabra- ante su presencia poderosísima. Los ángeles responden a los designios inextricables de un dios que Rilke ha dejado de concebir como cristiano.
Es un dador de una gracia restringida, inaccesible al sentido común o la religión tradicional. En su ensayo Puppen ("Muñecas"), Rilke, con cierta afinidad con Kleist, constata no sin horror que las marionetas han adquirido una vida independiente: asegura que el odio es parte de nuestras relaciones con ellas. Implícita está la analogía con el ángel. En las Elegías hay una reversibilidad entre el poeta –y Rilke insiste en esta denominación porque considera que explora una zona riesgosa para el hombre común- y las marionetas. Ambos danzan en lo desconocido. Los ángeles parecen saber en demasía, pero pertenecen a una zona invisible, situada fuera del lenguaje. Sólo el canto –la elegía- puede intersectarlos, con el riesgo de ser despedazado como Orfeo. La vía de Rilke es órfica, extraña a la redención que Baudelaire ofrece a la heredera de su obra, la pecadora de su poema Alegoría. Rilke excluye lo femenino.
Su obra quiere confundirse con lo invisible, y, si hay un descenso del ángel, será sólo para extirpar despojos: "Engel und Puppe: dann ist endlich Schauspiel" ("Ángel y marioneta: al fin es Comedia").
Estos recorridos registran diversas flexiones del ángel en tradiciones trabajadas por un soporte teológico o estéticas diferentes: el puritanismo –calvinismo- de Carlyle, el catolicismo de Baudelaire, el orfismo de Rilke.
A veces, el ángel se asimila al "hacer" del enunciado que tiene el obrar del mismo mensajero como su modelo. Algo que se infiere de la exégesis del tratado Chabat, que Emmanuel Levinas hace en su Quatre Lectures Talmudiques. El tratado del Talmud parte de una lectura del Éxodo: "Cuando los israelitas se comprometieron a hacer antes que a entender, seiscientos mil ángeles descendieron y ataron a cada israelita dos coronas, una para el hacer, otra para el entender. Desde que Israel hubo pecado, un millón doscientos mil ángeles exterminadores descendieron y se llevaron las coronas porque fue dicho -Éxodo, 33, 6-: 'Los niños de Israel renunciarán a sus adornos a partir del monte Horeb'". Levinas relaciona este castigo de los ángeles exterminadores con la tentación de las tentaciones: el saber, común al faustismo occidental. Por medio de los ángeles, Dios le pide a su tribu obrar como ellos y no paralizarse en lo reflexivo. Levinas se empeña en explicar cómo eso poco tiene que ver con la oposición del bien con el mal, con la ingenuidad o con la inocencia, pero no llega a justificar por qué la cantidad de ángeles dadivosos se dobla en ángeles exterminadores. Acaso porque al pueblo de la Biblia le es necesario un renunciamiento: a Moisés no se le quitan ni añaden coronas. Cualquiera sea la interpretación de la escena, ésta remite a una alianza, incesantemente renovada, entre Dios y la tribu.

En los Cantos de Maldoror abundan los ángeles actores. Engendran escenas con quien escribe –"Lautréamont"- que es también espectador y actor: el pseudónimo de Ducasse no siempre coincide con su personaje Maldoror. Sus ángeles poco tienen que ver con el Dios de los patriarcas o los filósofos, pero sí con un dios negro de folletín romántico que invierte, traspone, desplaza la dupla tradicional bien/mal hacia sentidos imprevisibles. Cada ángel deja su impronta en Maldoror, cuyo objetivo es una perpetua lucha contra ese Creador y su producto, el hombre.
Un extraño combate tiene lugar en una iglesia, después de que Maldoror ha celebrado su himno a las matemáticas, asegurando que "sus modestas pirámides durarán más que las pirámides de Egipto, hormigueros elevados por la estupidez y la esclavitud".
Ellas le han aportado a su espíritu una "frialdad excesiva, una prudencia consumada": en su infierno o paraíso ocupan el lugar que en Dante tiene la teología como "pan de los ángeles". En la iglesia, Maldoror combate contra un ángel, que, ante su decisión, comienza a perder energía. Cuando le tuerce el cuello, el ángel se va tornando negro como el carbón: despide miasmas pútridos y su cuerpo se convierte en "una inmensa llaga inmunda".
El mismo Maldoror termina por asustarse y huye de la iglesia. Afuera atisba una forma negruzca. Le llega el olor de alas quemadas que levantan vuelo. El ascenso los cruza en el encuentro de una mirada "que los unió en amistad eterna" y en la que se espejan: el ángel sube a las alturas del Bien, Maldoror "desciende a los abismos vertiginosos del Mal".
Lautréamont transforma la concepción tomista del ángel como sustancia simple: hay un interior del ángel envuelto en miasma y podredumbre. Pero no se queda en la mera inversión. Su humor va más lejos: precisamente cuando retorna a la concepción tradicional –el ángel va hacia el bien, Maldoror se queda en el mal- con cierta duda irónica: se extraña de que "el Creador pueda tener misioneros de alma tan noble", y por un momento cree haberse engañado, preguntándose si debió seguir la ruta del mal.
A inicios del Canto III, recordará a los seres que forman parte del horizonte encantado de su juventud, cuando un recuerdo de infancia se entremezcla con seres que pertenecen al arte y la ficción: "Recordemos los nombres de esos seres imaginarios, de naturaleza angelical, que mi pluma, desde su segundo canto, ha extraído de un cerebro que brilla con un fulgor emanado de ellos mismos. Mueren desde su nacimiento, como esas chispas que, por su rápida desaparición, el ojo apenas puede seguir sobre el papel ardiendo. Leman!.. Longherin*!... Lomano!... Hozler!"
Otro ángel es objeto en los Cantos de una versión grotesca: el "ver luisant", la luciérnaga del Canto I, que evoca la del Apocalipsis –18, 21- que arroja una gran piedra sobre la Prostituta que simboliza Babilonia. La diferencia con el texto bíblico es que Maldoror aplasta la luciérnaga y se apiada de la prostituta, ya exculpada al ser presentada elegantemente como una bella mujer desnuda. El Canto comienza con este anuncio: "Yo hice un pacto con la prostitución a fin de sembrar el desorden en las familias".
Lautréamont nunca deja de traficar con símbolos católicos o bíblicos, pero en ningún momento el Apocalipsis aparece referido o aludido. Se diría que "castiga" la orientación del texto sagrado para exponer su concepción de la caridad.
Su humor negro reside en tener más piedad por la luciérnaga que por el Creador, que luego aparecerá en la figura de un borracho. Al no haber menciones directas del Apocalipsis, es lícito preguntarse si es parodia, algo que hoy se juzga el único modo de dialogar con otro texto, a veces imponiéndola a la fuerza. En este autor no es posible asimilar en un mismo plano enunciativo imitación y parodia, cita y plagio, transposición y amplificación. Esos aspectos coexisten mediante una transposición condensada, pero nunca se declaran: y así su humor le escapa a todo voluntarismo gracioso.
Un ángel descendente aparece al final del Canto Tercero. Tanto viene a tierra que aparece en un lupanar que antes "había sido convento", y donde pululan unas monjas que lavan sus cabellos con escupitajos. La historia es narrada por un cabello que el ángel ha dejado en el lecho donde hubo lujuria. El cabello se queja de que su dueño lo haya olvidado, luego de haberse envuelto en abrazo con la mujer, y explica que se desprendió porque sus raíces se debilitaron en el momento del coito. Cuenta algo más: que el ángel quiso arrancarle los músculos a la mujer, pero "como era mujer la perdonó" y se contentó con hacer pasar a alguien de su mismo sexo, al que termina por desollar vivo. A partir del relato que hace el cabello abandonado, Maldoror y quien lee descubren que ese ángel no es sino el mismo Creador que se ha hecho una escapada al bajo mundo para tirarse una cana: al partir, a su rostro lo humedecen una gota de esperma y una gota de sangre.
El mismo Satán usuprando el lugar de Dios que se manifiesta escandalizado al enterarse de tanta crueldad, y piensa que lo suyo ha sido una ligera rebeldía en comparación con los actos que culminan con una confesión por parte del omnipotente ángel sexuado: "Soy el Gran Todo, y, sin embargo, permanezco inferior a los hombres que he creado con un puñado de arena". El mismo Creador se encarga de formular el interrogante que flota en las súbitas transiciones morales de los Cantos.
Como en Sade, se atisba la identidad de la perversión y de la ley: "¿Cómo los hombres van a obedecer estas leyes severas, si es el legislador mismo el primero que se niega a ceñirse a ellas?". El Creador ha decidido recuperar su cabello: luego de una larga exposición en el burdel, por la que lo instruye sobre cómo miente a los hombres con la plena satisfacción de éstos, el Creador y su creación, el cabello, se abrazan como dos viejos amigos. Y el humor de Lautréamont alcanza su clímax.
El "infantilismo" que se le suele atribuir se explica porque para Lautréamont, Dios está tan vivo como un padre terrible: a diferencia de la histérica, que se esmera en probar que todo padre es impotente, juega con él, y lo convierte en un actor de guiñol. Por eso Lautréamont está en las antípodas de los totalitarismos que también animan al Uno fuera de toda lógica, como viviente, con una política perversa del padre que finalmente quisiera escribirlo "todo" y que deriva necesariamente en terror.
El autor de los Cantos lucha contra el Gran Todo, esa ilusión que en sus nombres emerge como sinonimia del horror. De ahí la singularidad de un escrito que no puede cuantificarse ni traducirse a lo social, quedando "condenado" a una perpetua ilegibilidad.
La poesía de W. H. Auden le ha encontrado una nueva resonancia a la palabra caridad (charity) en sus primeros libros, recientemente traducidos por Rolando Costa Picazo, quien refiere el encuentro del poeta con Dios, a fines de los años treinta en Nueva York: "Estaba viendo una película alemana que resultó ser propaganda nazi. Aparecieron unos polacos en la pantalla, y Auden se espantó al oír que algunos espectadores gritaban: 'Mátenlos'. Sintió tanto terror ante la negación de todo valor humano que se refugió en una iglesia".
En su poema The Creatures no trata de ángeles sino de su ausencia. El amor y el odio al oponerse tan perfectamente se han vuelto indiferenciados, y ahora no son sino los guías de "todos los reformadores y todos los tiranos".
Está la amenaza de perder la visión y la huella de la criatura, cuyo representante por excelencia es Jesús.
En un poema de los años treinta se enuncia la irrupción de una nueva soberbia –que le hará descubrir a Wallace Stevens en su Esthétique du mal que el mismo demonio ha sido asesinado por una mano anónima, sin firma-; ésta tiene ahora el rostro de una fatua y calculada humildad, propensa a la demagogia, y es tanta que para Auden hay que extraer no de ella sino del mismo orgullo la caridad, no la predicada sino la ejercida en actos concretos, no necesariamente públicos.
El universo poético de Auden, atento a las coincidencias diabólicas que se urden en la época de los fascismos, no puede realizarse ni en Edén ni en Utopía: es imposible reencontrar el Paraíso; y la Revolución, por definición finita, no es el sustituto apropiado. En su poema Oxford esa caridad preservada por el orgullo palpita en todo un orden de criatura; también se hace referencia a un pecado gravísimo para algunos teólogos, la acidia o incredulidad voluntaria.
En la ciudad ruidosa donde los minerales "desafían a los exaltados estudiantes con su belleza irreflexiva", los ángeles, solitarios y desfallecientes como otras tantas criaturas en deriva, lloran: "And over the talkative city like any other / Weep the non-attached angels". Estos ángeles ya no están sujetos a un orden celestial o teológico. No portan ningún mensaje. Están solos y sus sollozos dicen que también desean ser escuchados. Pertenecen a la poesía y propician un "encuentro fértil con la muerte", reivindicado por Georges Steiner ante la barbarie política y la servidumbre tecnocrática. Así se lee en Oxford: "Aquí también el conocimiento de la muerte / es amor que consume".
Esta poética resiste la incredulidad voluntaria o acidia, pero también el extremado voluntarismo de una sola fides, esa fe sin caridad ni solidaridad que para Pier Paolo Pasolini desemboca en el fascismo y el stalinismo. Precisamente Pasolini, en su libro El Testament Coran (1947-52), con júbilo erótico asemeja los ragazzi a los ángeles: "Alleluja, alleluja, alleluja / Chi sente la voce degli Angeli / E chi sa il tormento di un povero? / Chi sente il canto degli Angeli? / E chi sa il mio nome: Chino Canor? Chi crede negli Angeli". Algo que resultará trágicamente paradójico: uno de esos ángeles habrá de asesinarlo.
En su ensayo sobre Duns Escoto, Hannah Arendt habla de una "primacía del querer", a la cual distingue de la preeminencia que el intelecto tiene en Santo Tomás. Esta primacía del querer es tanta que puede resultar en que el hombre llegue a "hate God and find satisfaction in such hatred", pues una delectatio acompaña tal volición.
Dudoso comienza a resultar que todos los hombres quieran ser felices, que tengan como meta la eudaimonía –esa felicidad de Aristóteles, común al objetivo de la polis, retomada por Santo Tomás para una ciudad de Dios-, aunque tampoco es seguro que quieran ser desdichados. Prefigurado quedaba el interrogante freudiano, todavía abierto, acerca de la destrucción en la pulsión: cómo el deseo puede querer su propia muerte.
Escoto distingue dos clases de querer: el natural (ut natura), referido a necesidades e inclinaciones, y el inspirado en la razón (ut libera) o querer propiamente dicho, no determinado ni determinable, conectado con la infinitud, y con completa independencia de las cosas. Escribe: "In potestate voluntatis nostrae es habere nolle et velle, quae sunt contraria, respectu unius objecti".
Un querer o no querer, respecto de un mismo objeto, que posibilita –argumenta Arendt- elegir entre cosas diferentes o revocar la elección que ha sido hecha. Este querer, por libre, puede estar suspendido y volverse "indiferente". Supone otra elección y en algunos casos la habilidad del sujeto para sortear una coercitiva determinación exterior.
El querer, singularizado, puede ser un lugar de trascendencia: "voluntas trascendit omne creatum". Una pluralidad de causas –distinta de la cadena de causación de los seres de Aristóteles- engendra la textura de la realidad humana. En Escoto, la necesidad y la libertad no tienden como en Hegel a su momento diferido y sintético, sino que pertenecen a distintos órdenes.
Esa primacía del querer no deriva en un voluntarismo. Responde a la misma concepción escotista de la redención. Algo que Arendt, acaso por su tradición, soslaya, especialmente en cuanto al lugar que tuvieron las teorías de Escoto en el dogma de la Inmaculada Concepción, recién establecido en 1849 por Pío IX. Tal vez porque el lugar que ocupa la Virgen –y esos dos ángeles, porque aquí bastan dos- no entra en la mira de la filosofía que suele eludir la economía del goce.

Decisivamente influirán las teorías de Duns Escoto en la última etapa de la obra de Gerard Manley Hopkins. Este servidor de la Compañía de Jesús,. Que había comenzado siendo admirador de The Prelude de Wordsworth y confeso discípulo de la estética de Pater, encontrará en los Ejercicios de Loyola y en Escoto sus referencias definitivas. En el luminoso estudio que dedica a su obra, Von Baltazar cita sus palabras de 1887, cuando, al descubrir a Escoto, lo invade "una nueva ola de entusiasmo" porque ha reconocido un mismo pulso: "Precisamente, cuando captaba en mí alguna forma íntima (inscape) del cielo o del mar, pensaba en Escoto".
La haecceitas escotista, en tanto "forma individual", hace eco con la singularidad (oneness) que para el poeta palpita en cada forma, y en la que ausculta y cifra la gloria de Dios. Hay que escuchar cómo en sus poemas suena la palabra wild, adjetivo aplicado a María en tramas nominativas –"World mothering air; air wild"- en un paisaje agreste o tormentoso. Su límite extremo serán las aguas encrespadas, estruendosas, que en el Naufragio del Deutschland representan y llaman a la venida de Cristo.
Sin transición, del alborozo al estrépito, transcurre en Hopkins la naturaleza. Es una pira que despide fuegos otoñales, más intensos que la diafanidad de la primavera: "la naturaleza es fuego heraclíteo y consuelo de la resurrección". En su ensayo sobre Proust, Walter Benjamin ha señalado que en su obra el sufrimiento responde a una experiencia y una travesía análogas a los Ejercicios de Loyola.
También en Hopkins podría constatarse. El hombre se asume como caído –"pedazo de arcilla, remiendo y viruta"- pero en él habita esa forma interna por la cual puede convertirse en "diamante indestructible" (inmortal diamond). Su concepción estético-teológica del inscape supone una interioridad de las cosas, la cual ilustra en sus exámenes de un jacinto o de la estructura de una hija de castaño. Si bien esta creencia en la interioridad de las cosas es lingüísticamente objetable, deslumbra en lo propiamente poético mediante contraposiciones diatónicas abruptas.
La concepción escotista de la adductio atrae a Hopkins: cómo un acontecimiento único del tiempo angélico puede coincidir con el tiempo cósmico.
Las palabras de Escoto, citadas por Von Baltazar, sitúan a la mujer vestida de sol en el origen de una trama "excesiva" de la redención, la cual difiere de la versión tomista del pecado original: "Digo, pues, que ya antes de la encarnación y antes de que Abraham 'fuese', en el origen del mundo, pudo Cristo tener una verdadera existencia temporal en forma sacramental. Y si esto es así, se sigue que la eucaristía pudo haber sido antes que la concepción y la formación del cuerpo de Cristo en la purísima sangre de la bienaventurada Virgen".
Para Escoto el pecado original no podía ser condición, ni ocasión, ni causa final de la redención. Objeta la necesidad del mismo, su versión condicional que hace de él una causa cuando se enuncia: si Adán no hubiera pecado, no habría habido redención. El de Adán fue un acto humano que debe ser redimido, y no la condición de la redención.
La aducción de Cristo y María en el mundo angélico hace de ella una corredentora. En la poesía de Hopkins, emerge en la naturaleza que brota entre lo salvaje y lo sobrenatural. Tiende a arrancar a los seres de su mismidad natural y abrir por la palabra el reconocimiento de lo singular, que no ha de confundirse con un himno en alabanza propia. El jesuita Hopkins nunca se alejará de los problemas concretos de los hombres: dirá que la mayor ofensa que pueden sufrir éstos es la desocupación. Explorará en la mismidad del semblante y del rostro humano un sí incoativo que vale por un suspiro: el intress y el inscape, lecturas estéticas de la naturaleza, se encuentran en su arte con la gracia.
Como sacerdote se ocupará de las almas. No pocas veces la tempestad visitará la suya. Esto es legible en esa resurrección en la muerte del Naufragio, uno de los poemas decisivos del siglo. O en Epitalamio, poema donde las rocas y las raíces danzan en el paisaje, y la espuma aflora mientras alguien, invisible, que no sabemos quién es, desciende por la ribera. El abajo se espeja en el arriba, las hojas descienden en olas como lanzadas a un lugar indeterminado desde la misma frescura de la sombra. Ni la tierra ni las raíces pueden ceñir las crecientes olas de hojas: "Rafts and rafts of flake-leaves, dealt so, painted on the aire, Hang as still as hawk or hawkmoth, as the stars or as the angels there. Like the thing that never knew the earth, never off roots". Algo nunca conocido en la tierra, sin raíces y hacia lo cual la misma tierra tiende en su aire salvaje, y que remite a una "encarnación del símbolo en lo carnal", según Kathleen Raine.
Una "presencia real" que hay que diferenciar de la interpretación de Lutero, que ve en el sacramento sólo el signo –lo cual funda la hermenéutica- y que niega la presencia del cuerpo de Cristo en la eucaristía. El ángel de Hopkins no es otro que el figurado por el cernícalo, cuyo descenso no acontece en una verticalidad lineal sino en espiral abierta. Es precisamente en el momento límite de la tempestad, cuando afloran esas alas: alondra alada. Su mejor encarnación son las monjas del barco que se hunde, el Deutschland, que van al fondo del mar, mientras sus rezos, sin sujeción a la tierra, ascienden a ritmo de salto y vibran en una ola de gracia.
En la historia de la música el ángel está en vínculo con la vox celesti que la entona y estará en acorde con una estética que, pese a sus logros, es de corte autoritario por la segregación de la mujer.
En las iconografías del siglo XIV, la organización grave del canto gregoriano se hace en la schola cantorum, instituida por el llamado consul Dei, Gregorio I: se puede constatar en los intérpretes que la voz del ángel nunca está destinada a la mujer, no obstante su ductilidad para los tonos agudos. Meri Franco Lao –compositora ítalo-argentina, autora de la canción del filme La Ciudad de las Mujeres de Federico Fellini- rastrea estas pautas al indagar el lugar de la voz femenina en la música occidental. Refiriéndose a este siglo, escribe: "Por lo que nos transmiten las artes figurativas, que se despueblan de mujeres, se diría que la música es prerrogativa de los sacerdotes y de los ángeles".
Por mucho tiempo el coro –y según la forzada interpretación del precepto paulino "mulieres in ecclesiis taceant"- queda confinado en sus tonos agudos a los pueri cantores. En la organización del bassus del canto gregoriano hay un borramiento logrado de la diferencia sexual.
En el siglo XVII, el Sacerdote Rojo, Vivaldi, propicia una vuelta sobre lo agudo, que incide en el vértigo barroco de las identidades. Aunque no está autorizada por la Iglesia, la mujer ya puede tener una voz y hasta una profesión artística: Vivaldi introduce en sus coros a una cantante francesa, y ella intercambia y "compite" en sus acordes con el apogeo de los emasculados, los castrados, que se deslizan hacia el travestismo: hay cierta rivalidad y no pocas inversiones de roles. Las mujeres a veces sustituyen a los castrados; ellos imitan a las mujeres. Hay argumentos –hasta tratados, incluso- que aducen que los castrados son superiores a las mujeres por motivos anatómicos y fisiológicos. El supuesto estado de gracia, la eterna infancia de los castrados es, se dice, un elemento decisivo en su performance artística. Es el dilema -formulado a medias por Diderot, admirador de los emasculados- de quién puede representar mejor la vox celesti de los ángeles: "!La fascinación y el amor, que son característicos de esta voz angélica, vierten en los sentidos y el corazón tal encanto que incluso la persona menos sensible a la música difícilmente lograría resistirlo".
En toda una época, la mujer es sustituida por las blancas voces infantiles; ahora, por las seductoras ambigüedades de los castrati. ¿Se habrá pensado que la voz de la mujer por ser demasiado parecida a la del ángel era lo menos apropiado, a causa de su cuerpo nunca del todo "castrado"? Las homonimias entre la voz de la mujer y la del ángel acaso residen en que sus nombres carecen de un lugar fijo –de un sentido- en cada lengua: cada estilo los despliega a una nueva escucha por la cual no son ceniza volátil.
¿Qué ocurre hoy –dejo flotando la pregunta- con la vox celesti de los ángeles, luego de la polifonía, la complicación de lo agudo y lo grave -audible en María Callas o en Laurie Anderson, o en la voz "hablada", sin alturas de sonidos fijos del Pierrot Lunaire de Arnold Schönberg, admirablemente articulados por Rosa Domínguez en la versión reciente de Gerardo Gandini-, ante la vuelta del canto gregoriano, de lo grave.

Una de las novelas que han tratado con belleza contrita el topos que concibe como un ángel a un niño no nacido, abortado o prematuramente muerto, es Tristeza y Belleza, de Yasunari Kawabata.
Oki Toshio, escritor célebre, vuelve a Tokio para reencontrar a su amante de hace veinte años, Ueno Otoko, ahora destacada pintora, que fue la inspiradora de una de sus novelas a los dieciséis años. Oki no sabe exactamente por qué va a Tokio. Tiene ese impulso. Se dice que para escuchar las campanas de fin de año directamente y no en boca de locutores, recorrer los viejos monasterios, las piedras sepulcrales y las efigies de Jizó, protectoras de los viajeros.
La novela tiende su retrospección desde el presente: Oki abandonó a la joven cuando ella iba a dar a luz a una niña, y ni siquiera contribuyó a los gastos del hospital. Otoko pierde a la criatura: no podría amar a otro hombre. Venera a Oki en medio de muchos reproches, entre ellos, su recuerdo cree descubrir ciertas humillaciones eróticas.
Oki se encuentra ahora en una nueva situación: Otoko vive con Keiko, su amante y discípula en pintura, que se promete sin consulta previa vengar a Otoko. Desde su impactante belleza, seduce primero a Oki y luego a su hijo Tachiro. Cuando Oki lo advierte, ya es tarde. Keiko se interesa de veras en el inexperimentado Tachiro: la relación es prohibida tanto por sus padres como por Otoko. Todos sospechan un desenlace dramático de esa historia, el cual finalmente se cumple: se vuelca la canoa en la que pasean por el mar. Keiko es salvada por un yate. Tachiro muere. La venganza prometida se cumple azarosamente, cuando Keiko se arrepiente, revelándole a Tachiro su seno izquierdo, que nunca se había dejado tocar por ningún hombre.
La novela suma contrapuntos estéticos: desde la historia con Otoko que Oki inmortalizó en un best-seller, al interés de Tachiro por el pasado japonés, y los intentos de Keiko por pintar, casi siempre fallidos, y que para ella son una excusa para estar próxima a Otoko.
Cuando el dramatismo inadvertido de la acción crece, Otoko decide pintar un cuadro: "Ascenso al cielo de un niño". Planea darle una belleza distinta a la de los querubines tradicionales, que hable de la belleza de su niña muerta y que al mismo tiempo exprese la tristeza de su amor por Oki. En ese momento Keiko le pide un retrato que la represente: Otoko lo titula, antes de pintarlo, "Retrato de una Virgen", y se pregunta su no es una imagen de sí misma la que busca pintar, si no es ése el motivo por el que está unida a Keiko.
Estas obras simultáneas se proyectan en el curso de la acción. Tratan por el arte de dar una respuesta –o abrir un interrogante- a la mutua exclusión del deseo y el amor. No impiden que casi como un ángel muera el joven Tachiro, quien ante las piedras milenarias le había dicho a Keiko que hasta las tumbas son efímeras.

Ángeles. A muchos teólogos los ocupó una cuestión de privilegio: si Dios creó a los ángeles antes que a otras criaturas. No pocas herejías brotarán de este problema de origen. En el Concilio IV de Letrán se acudirá al símil del Eclesiastés: todas las cosas fueron creadas conjuntamente y no en forma separada. Se hará coincidir en la vulgata la palabra cielos con los ángeles.
Otro problema: si los ángeles separados, caídos, recibieron o no la gracia santificante antes del pecado de Adán. La ortodoxia se inclinará por la afirmativa; los herejes abundarán en los segundo: el demonio y sus secuaces cayeron en pecado antes de recibir la gracia santificante, luego, son inocentes.
Otra cuestión: si los ángeles pueden o no encarnare en alguna clase de cuerpo, o si son una sustancia etérea, invisible a los ojos humanos.
San Bernardo y Pedro Lombardo sostendrán argumentos a favor de la forma corpórea. La pura espiritualidad e invisibilidad de los ángeles será afirmada por Hugo de San Víctor.
Estas posiciones se intrincarán, predominando una u otra en lo que podemos llamar historia de los ángeles. Para Escoto, sólo en Dios puede hallarse o concebirse hasta cierto punto una pura espiritualidad o invisibilidad. Los otros seres están formados por alguna materia: incluso los mismo ángeles. Santo Tomás polemiza con Escoto, comparando su posición a la de los filósofos árabes. En el centro del problema –arduo de desenvolver aquí- está la división de la materia signata, de la potencia y del acto. Santo Tomás concibe al hombre como un compuesto de forma y materia, de alma y cuerpo. El ángel es una sustancia simple.

Los ángeles de Santo Tomás, a diferencia de los de Escoto y los de San Buenaventura, no pueden adquirir nuevas especies inteligibles por propia actividad. En Santo Tomás el intelecto es activo y pasivo: el activo abstrae la idea de fantasma entre mente y cuerpo, y la trabaja como forma. Por eso, el inteligir de los ángeles sólo puede tener como objeto lo espiritual. Ellos no pueden tener entendimiento activo, es decir, fantasma, aunque sean objetos de fantasía. Tienen conocimiento de su ser por medio de su esencia, sin necesidad de especie inteligible. Se conocen mediante esta especie, infundida por Dios. Ahí están sus límites: por carencia de intelecto activo no pueden tener fantasías ni conocer los futuros contingentes. Al identificar el intelecto activo con el orden del discurso, Santo Tomás sitúa a los ángeles en lo puramente intuitivo.

Hace poco se ha podido ver un film de Wenders, Las Alas del Deseo, donde uno de los ángeles se atreve a volverse hombre por la tentación de una mujer que es su reversible llamado. Ambos son el prisma donde viene a generarse una historia inenarrable, la del nazismo, que hizo escribir a Paul Celan: "Ein Wort –du weisst-: eine Leiche (Strette). Traducido: "La palabra, sabes, es un cadáver". Estos ángeles son espectadores del mundo del espectáculo, donde el único vértigo reside en el trapecio en que se balancea la mujer.

A buen ángel, escribió Lezama Lima, mejor testigo. Lo expresa al comentar los últimos ángeles de Picasso de quien no omite color. Insiste en que los ángeles no le dan tregua al artista que acepta el desafío. Su empecinada frontis está a su altura.
En el Corán y en la épica árabe del Libro de las Batallas encontramos al ángel Gabriel- Jibril- que le aparece a Mahoma en visiones nocturnas. La función es profética : reside en preparar a los suyos para la batalla contra el infiel, asegurándoles la victoria. La réplica a esta figura aparece en la Chanson de Roland en la que responde al topos tradicional del mensajero que anuncia el combate. A veces puede encomendar una misión específica, que el emperador puede aprobar o no, pero a diferencia del ángel árabe no le asegura la victoria. En el Poema de Cid, Gabriel está más próximo a la tradición islámica
Leemos en el Diario de Witold Gombrowicz: "Mis raíces se hunden en un jardín a cuya puerta permanece un ángel armado con una espada resplandeciente. No puedo penetrar en él. Nunca lograré entrar en él. estoy condenado a perpetuidad a dar vueltas en torno al sitio donde se celebra el ritual de encantamiento".
Advertimos aquí que ese ángel trastoca su función de custodio, y pasa a ser carcelero de los orígenes del sujeto: es metáfora de un despojo cultural y un desafío a reinventarlos como origen múltiple.

Poco observados, abundan los ángeles en Nôtre Dame des Fleurs de Jean Genet, cuya osadía sexual resultará, temo, insufrible a los bien pensantes. Nôtre Dame por su sensibilidad ritual está en las antípodas de la "loca" convencional, fácilmente traducible a la generalidad del estereotipo.
Mediante su historia, Genet urde un auto sacramental como novela. Narra su Pasión, que culminará en ejecución-crucifixión, ceremonia donde viene a reflejarse el crimen constitutivo de toda sociedad, nunca asumido en su trama filistea.
Con un erotismo que es vano juzgar: sucede en escenas de transubstanciación tránsfuga –por el semen- y los ángeles, varios, rozan los cuerpos, se pasean para interrogar por qué el ateísmo es tan poco erótico. Permiten que su autor bautice a Nôtre Dame a pie de patíbulo como "Inmaculada Concepción".
En Pompas Fúnebres, el personaje que busca la santidad por las vías más insólitas, al palpar el sexo de Erik –soldado alemán de la ocupación- descubre que el poder que significa es más fuerte que su deseo ardiente: "La verga que yo tocaba no era sólo la de mi amante, sino la de un guerrero, un demonio, un ángel exterminador. Cometía un sacrilegio y tenía conciencia de ello. Esa verga era también el arma del ángel, su dardo. Formaba parte de esos mecanismos terribles que lo colmaban, era su arma secreta, el VI detrás del cual descansa el Führer". Un ángel muy distinto a ese coro de serafines que en su extenso poema Le Condamné a Mort acompaña el ascenso del alma de su amigo aguillotinado, un niño melodioso "mort en moi bien avant que me tranche la hache".
También están los ángeles en tropos de ausencia o en formas no reconocidas, que se niegan al testimonio y abren paso a la muerte.
Otro ángel planea en Dejemos hablar al viento de Juan Carlos Onetti: el artista marginal recibe un mandato –no sabe si proferido por su abominado Brausen o un ángel-, la orden de pintar un rostro que, descubierto en la muchacha vagabunda y preñada, se cubre al pintarlo de un "vaho frontal", se desvanece manteniendo un "tenaz diálogo silencioso con el enemigo invisible, con ángeles que persistían en no asomarse, en no estar".
El cuadro finalmente se pinta y sirve para pagar el aborto de la inspiradora, y ahí es donde resuena la tradición que identifica a un ángel con un niño.

Desde otra mira, se pude decir que un ángel es un ángel si está plenamente ceñido, sujeto a la piedra. Su mejor representación será el Arca del Tabernáculo: dos radiantes jeroglíficos –dos iod de un mismo Aleph- que, altaneros, cumplen su función tutelar. La transmisión de los estigmas de San Francisco de Asís recuerda el argumento de Santo Tomás en cuanto a que los ángeles son sustancias simples: cuando se les añade algo –así sea una simple coloración- cobran un cariz demoníaco.

Chesterton la ha contado como pocos: cuando el inaudito serafín se le apareció al santo como un crucifijo en llamas, San Francisco supo de ese vértigo que lo hizo danzar cabeza abajo en el campanario, y que lo llevará a entonar el Canto de las Criaturas. Valió por una revelación.

El informado, sugerente y polémico libro de Stuart Schneiderman, Pasa un Ángel, cuenta cómo los ángeles estuvieron erradicados de las formas culturales luego de la peste negra de 1350, una plaga terminal que dañó su fama de férreos custodios. A esto cabe sumar la Reforma y su desprecio por los sacramentos y la simbología católica –considerada superflua- y con ella los mismos ángeles.
Retornarán en la Contrarreforma, por ejemplo, en las Meditaciones de Gracián, que escribe en clave barroca la escena entre el ángel –al que llama Paraninfo- y María, acentuando la conturbatio: las vacilaciones de ella ante el ángel.

Vuelven en descensos reinventados por un nombre propio que ha de estar a su altura, y que en un golpe de dados afina su relación a un siempre faltante, por desplazado, objeto del deseo.
Es inevitable por eso referir a la lectura de Jacques Lacan de Santa Teresa de Bernini, que llama a descifrar algo que concierne a lo femenino: un goce más allá del falo, de su traza diferencial. La propia santa en su "escribir a muchas manos" cuenta cómo el ángel le atravesó el corazón más de una vez, penetró en sus entrañas, la dejó ardiendo... no le dio tregua al arrrebatarla, como tampoco lo hizo el ángel que despojó a Gombrowicz de sus raíces, hasta traerlo a las orillas del Plata.
Nótese que se trata de flexiones gramaticales en el límite del sujeto. En cuanto al fantasma, cabe retomar a Santo Tomás que postula –mejor que cientos de manuales de ortopedia psicológica- que "el intelecto toma de afuera su primer inicio de conocimiento, porque no puede concebir sin un fantasma", que sitúa en su compuesto de alma y cuerpo. Este fantasma tenderá –en su lógica- a ser sojuzgado por el registro cartesiano donde la separación extrema alma-cuerpo será un conjuro para toda posición de objeto.
Un objeto que se hace presente, incluso por ausencia, cuando un ángel suscita un conflicto entre lo activo y lo pasivo, cuya medida de origen está dada por el patriarca Jacob, en su combate con el ángel del que obtiene el nombre de su pueblo: Israel, y una marca que lo constituye como íntegro, concediéndole –según Levinas- la Temimouth, la rectitud del paso.
Y así es posible continuar con el Libro de las Visiones de la iletrada pero muy pródiga en dones de lengua Ángela del Foligno –transcripta por su "secretario"- que se ve llamada a amar a los demonios hasta alcanzar esa zona mística de inanidad del deseo, donde ella misma se vuelve angélica, para entrever ese "no sé qué que no tiene nombre en ninguna lengua", donde la mujer y el ángel resuenan en una zona innombrable.
Con las reminiscentes criaturas de Rafael Alberti –"¡Nostalgia de los arcángeles! Yo era... miradme"- o los ángeles que para Hopkins existían antes del mundo junto a su flor primera. Muy distintos de esos ángeles saboteadores de Sinesio de Rodas del Fabulario de Juan José Arreolas.
O escuchar esos tres ángeles callejeros e inadvertidos de la canción de Bob Dylan.
Enrostrar por una vez ese "ángel de Dios" del relato de Melville, Billy Budd, nombre de una segunda llegada adánica frente a la locura más peligrosa porque no se distingue de la cordura, y emerge de pronto para mostrar cómo la belleza injustificada tiene que ser destruida.
Es el mal injustificado, realizado paradojalmente en nombre del Bien absoluto, que identifica al otro como el Mal en persona: ese misterio de la iniquidad que anticipa el actual reino de los crímenes en serie, por parte de los hombres que llevan el templo consigo.
En su Introduction a l'Apocalypse de 1946, Paul Claudel, citando a San Juan, comenzará evocando a "todos los inocentes inmolados desde la creación del mundo", las "miríadas de torturados y masacrados", en referencia a las matanzas nazis de Polonia y Turingia, prefiguradas en la Bestia.
El "¿hasta cuándo, Señor?" encuentra su respuesta en el séptimo ángel, que aparece en ese lugar donde no hay más tiempo ni sucesión, y donde puede escucharse un verbo que habita las síncopas de su poesía.
Escribe en La Maison Fermée de 1908: "Mais dejá l'Ange aux paupieres baisees se dirige vers le peuple défunt avec le vase d'or qu'il a pris sur l'autel".
El ángel puede ser sinónimo de catástrofe pero también de creación de tiempo. En 1940, en su texto -que será testamento- Uber den Begriff der Geschichte (Sobre el Concepto de Historia), Walter Benjamin en vía mesiánica va a jugar su escrito entre dos tiempos, el presente –olam hazeb- y el tiempo por venir –olam haba-, marcado por la recurrente catástrofe. Benjamin está situado ante el advenimiento de una demencial pero razonada voluntad de curar, que intenta "matar" la segunda muerte, la del alma, y de la cual el materialismo no puede dar ni remota cuenta: demasiado ocupado como está ante la catástrofe de las matanzas del estalinismo.
En lo estrictamente político, Benjamin llega a entrever en el Programa del Gotha los gérmenes que luego aflorarán en el fascismo. En lo histórico responde al aplastamiento de la revolución en Alemania, algo de lo cual la izquierda nunca se recuperó ya que no tuvo líderes como Rosa Luxemburgo, crítica del estado total postulado por Lenin. Se resiste a reducir la Erlösung, la redención, al trabajo, y desliza objeciones al optimismo acrítico de la socialdemocracia: "La chance del fascismo no consiste en última instancia sino en que sus opositores consideran al progreso una norma histórica". Esto no significa leerlo al revés, es decir, desde un reverso leninista que hizo de la socialdemocracia una bestia negra que arrasó toda posiblidad de democracia y empujó al marxismo a dictaduras de partido único.
El concepto hegeliano- marxista- leninista de historia no puede constituir un potencial de historia y más que “desconstruirse” cabe desintegrarlo, porque cuando estuvo integrado generó el totalitarismo más criminal del siglo veinte junto al nazismo, que Benjamin sospecha en sus diario sobre Moscú. No sabremos que historia habrá de despuntar como un angelus novus –efecto Klee- de las ruinas acumulativas del progreso indefinido : por ahora sólo atisbamos una voluntad de negacionismo que sólo apunta perversamente a servir al goce del Otro- el viejo y renovado estanilismo - para reconstruir la utopía de ese Otro como tal.
Una chispa de esperanza –Funken der Hoffnung- se enciende, y quien lea como ángeles los circulares mensajeros de El Castillo de Kafka vislumbra esa Rettung der Vergangenheit –la salvación del pasado- y sus usos respecto de las alegorías que exceden la modernidad.
Es el lapso de un tercer tiempo que no viene sin su virgen –la Shekhinah, a la vez madre, esposa e hija de Dios-. Su ángel, lejos de la función de guía que se le aparece a Moisés en medio del fuego, o de obstáculo para el paso de Balaam, para que Dios hable en boca de su asna, es un testigo sin mensaje cruzado por diversas líneas de tiempo. Planea sin posarse en torno del presente (el Jetztseit), y puede –arriesgo- leerse como salida de los relatos de los fines: la lógica lineal, concentracionaria de los totalitarismos –que derivaron en la irrealidad de la muerte y de los campos- ayer, y hoy de los fundamentalismos, restauradores de las guerras de religión: desde una lengua única del odio.
"Carta" que llega a su destino histórico siempre demasiado tarde, pero que se suspende en la lectura por hacer de los Namenlose, los faltos de nombre y sus capítulos anónimos.
Ángel: agujero en el tiempo –conjeturo- que reabre un nombre en la memoria. Criatura sin nombre que desde Jacob permite renovar los nombres como estigmas, colores, transmutaciones.
Por ser el mejor testigo, un ángel nunca es seguro. Por ser por excelencia el mensajero, es posible que el mensaje llegue en forma invertida y el mensajero sea el mensaje mismo: una catástrofe para la cual no cuenta la terateia de los griegos y sólo se descifra con posterioridad en interpretaciones contrapuestas.
La posmodernidad estaría discutiendo efectos anunciados hace siglos por los ángeles creyendo haber superado la cuestión de los sexos de los mismos, una de las más capitales que se ha formulado en la diferencia que interroga su indistinción.
Angel. Puede ser ese viejo con alas que aguarda a Kafka a término de la ciudad interdicta.

O llegar por la vía de la metamorfosis, en ese cómico apocalipsisis de Apollinaire, que escribe: "Un aigle descendit de ce ciel blanc d´archanges".

Imagen admirable, ante la cual enfundo las alas que no tengo, y pongo un punto que no será definitivo: tampoco para los ángeles habrá solución final.

domingo, 22 de agosto de 2010

Piel en Capas

Piel en capas


Piel en capas
varias capas
sublime
sin mancha
aunque una
bajo mi luz
El roce aviva
blancos vacíos
estrechos
No hay allí nada ?
Espuma
Nieve en las olas
Fosforescentes.

La noche.

Acantilados riscos escaleras
lugar de humo
Ilumino con linternas
Lo que soy.
Oscuro me tiendo
sábana , arena
aquello , lo que tapa
“ Haber amado mal “
sólo el poeta podría
con la culpa
el cansancio.
Fuerte
no cree
nada en la sal.

Piel en capas
varias capas
sublime
contemplo
láminas de alma
una sobre otra
sin mancha ?
acaso claras ?
Iluminadas ?

Todo se ahonda
adentro
afuera
afuera es también adentro.

Así somos.

Claudia Cúneo

jueves, 5 de agosto de 2010

La vigilia de la estatuas.
Alberto Giacometti por Jean Genet

El libro de Jean Genet, L’ atelier d’ Alberto Giacometti, me ha hecho pensar en una hipótesis que roza el estupor: que las cientos de páginas del libro- una verdadera summa crítica, afectada por los lenguajes contemporáneos de la fenomenología, el psicoanálisis y la antropología- que escribió Jean Paul Sartre sobre Genet, no le valieron a este autor lo que el encuentro con un anónimo viejo miserable. El libro de Sartre, que puede leerse como una novela teórica, no fue ajeno tampoco al azar: empezó siendo el prólogo a un prematuro volumen de obras completas. Pero lo que hay que pensar es en ese encuentro , que coexiste con su descubrimiento de Giacometti y que nos hace sospechar que la obra inmensa de Sartre no tuvo incidencia para Jean Genet, tal vez por el tratamiento poco consistente del núcleo que más recurre en su escritura: la de las paradojas en torno a lo que llama las “oposiciones fundamentales”, que reduce a contradicciones. Algo es seguro: no era el reconocimiento social lo que buscaba.
Sea como fuere, para Genet fue un suceso importante y mostró su gratitud. Pero el acontecimiento decisivo, que le permitiría seguir escribiendo, estaba en otra parte.
Quien se atreva a seguir los laberintos de este libro, tendrá la impresión de asistir como invitado a una cofradía circunspecta y austera con la sola condición de afinar la escucha y asomar a los linderos de la visión y el tacto. El escritor toma apuntes, escribe de un artista y sus reflexiones contrastan con el cortocircuito de los diálogos.
Los dos tienen algo en común: su atracción por lo sórdido y las diversas formas de lo abyecto. La belleza, no sólo coexiste con lo sórdido sino que no existiría si no tuviese a lo abyecto como su condición. Para Genet la poesía es un ascecis: “un milagro de magnificación”. Las diversas formas de lo abyecto y lo criminal merecen los “honores del nombre”. Los criminales son comparados a flores y la vida del mendigo despliega todos los fastos de la extravagancia. La estética tiene como objeto redimir suntuosamente todo lo que es objeto de condena en el mundo: hasta esa lombriz que se traga el personaje de Pompas Fúnebres, con una experiencia cercana al éxtasis. Gracias al equívoco del lenguaje y la metáfora, todo lo rechazado se vierte en un cambio de signo que niega las “oposiciones fundamentales” : la vida y la muerte, la abyección y la gloria, entre ellas. Dan lugar a ritos y cultos exentrados por la magia parcial del verbo.
Así, un prostíbulo puede ser un templo y la corte de justicia un fastuoso lenocinio ; las mujeres del burdel, reinas o diosas; la virilidad, para ser parodiada o irrealizada, es exaltada hasta la hipérbole; la fantasía del fin de la procreación, lo lleva a concebir escatológicamente el fin del mundo, pero los desheredados le hacen reencontrar la caridad cristiana. Las relaciones pasionales, marcadas por el sadismo o una devoción fetichista, son narrradas con una ternura insólita. Y no puede negársele el reconocimiento de la propia iniquidad, de la cual muchos justos, si no son Job, no quieren saber nada. Genet, que no es ajeno a esta tradición, en cuyo camino se encuentran los místicos tiene como objetivo a la santidad; para alcanzarla, en su vía negativa, está dispuesto a desgarrar sus entrañas y sorber el cáliz del mal hasta las heces. Su obstáculo es el que le cabe a todo non serviam: el no poder llevar la destrucción hasta el fin, no sólo por su fascinación por lo excecrable sino por asumirse como alguien que pertenece a lo sagrado.
Así ocurre con el travesti Divine, que en su intento de probar a Dios y de producir un milagro, termina por cometer un ridículo sacrilegio con las hostias en el tabernáculo.
Genet es la clase de sujeto que asume a lo sagrado en sí, en su doble acepción de mundo y de inmundo. Es el tipo de persona que crea en torno suyo un círculo de silencio, que hace pensar en una acordada segregación para el infractor, aunque lo que en verdad se teme es la contaminación. En la antigua cultura romana, el homo sacer vivía en un estado de prescripción religiosa y civil, excluido de la comunidad humana, desposeído de todos sus bienes y como posible objeto de la venganza de las divinidades ultrajadas. Genet, que se ha eternizado en la condición de niño expósito, en contraste con sus personajes, declarará más de una vez que está muerto. Ningún héroe trágico - empezando por Orestes, Edipo o Ifigenia- accedió a la soledad ; las máximas desgraciadas tienen siempre el espejo de una comunidad.

Genet habla de singularidad inatacable a propósito de Giacometti, pero también se refiere a sí mismo, porque, como ha escrito María Zambrano, la soledad es una conquista metafísica- tal vez la única- de la modernidad: nadie está solo, sino que ha de llegar a ser la soledad dentro de sí, como en el caso de los místicos, en los cuales la soledad es la primera muerte que hay que morir.
“Vivir entre los vivos”, decía Montaigne, sin dar un crédito público a su enunciado. Para Genet y Giacometti esta expresión debió ser enigmática, hasta volverlos interlocutores de unos muertos que - a diferencia del espiritismo - están faltos de palabra. Giacometti , como sus mismas creaciones, ante esto se muestra muy próximo y muy lejano. La impasibilidad de sus figuras es prueba de que cierto duelo ha llegado a término.
Como un desafío a la dura virginidad de la piedra, la mujer surge en los humores de la conversación. Para Genet, la espalda de las mujeres es más humana que su cara: la nuca, la cavidad de los riñones, le parecen haber sido modelados más “amorosamente” . Escribe: “ Vista de tres cuartos, este va y viene de la mujer a la diosa es quizá esto que es más inquietante. La emoción a veces es insoportable. Porque yo no podría impedirme volver a este pueblo de sentinelas dorados- y pintados a veces- que, debajo, inmóviles, vigilan”.
Giacometti le cuenta a Genet sus amores con una vieja vagabunda .
Ella es lo contrario de las diosas reveladas por el autor: sucia, harapienta, pero encantadora, a Giacometti, que no podía estar sin ella, le parece que vale por todas las bellas mujeres. Genet le pregunta por qué no se casa y la convierte en Mme Giacometti.
El pintor sonríe, irónico. De hacer eso - se justifica - sería un tipo raro. Genet se pregunta por el lazo que debe existir en el gusto de Giacometti por las prostitutas y la vigilia de esas figuras severas y solitarias. El artista añora los burdeles desaparecidos. Genet sospecha que entraba allí como un adorador, al extremo de ponerse de rodillas ante la férula de divinidades implacables y lejanas: “ Entre cada puta desnuda y él, había quizá esta distancia, que no cesa de establecer cada una de sus estatuas entre ellas y nosotros”
Genet ve que esas estatuas retroceden para instituirse en una vigilia ante la muerte. Cada prostituta reencuentra una noche en la cual es soberana.
Es entonces cuando obra; no mediante diferencias de niveles o planos, sino desde una misma línea o conjunto de líneas que puede servir para “ la mejilla, el ojo o el párpado”.
Estos aspectos no existen separadamente para Giacometti: “ Para él los ojos no son azules, los cachetes rosas, el párpado negro y curvo: hay una línea continua constituída por la mejilla, el ojo y el párpado. No hay sombra de la nariz sobre la mejilla, o, si ella existe, esta sombra debe ser tratada como parte del rostro, con los mismos rasgos, curvos, válidos aquí y ahí”.
Lo femenino es un desafío a la escultura. La materia y la mujer son dos nombres de lo inefable: una porque resiste por su dureza, otra porque no se entrega en su ubicua fugacidad. Cuando lo femenino encarna en un rostro y un cuerpo se torna extranjero. Uno piensa que estos cazadores de formas, que con su extravagancia disimulan sus disciplinas severas, han tenido sensibilidades muy diferentes y en otro momento habrían sido ajenos el uno para el otro.
Pero que algún acontecimiento los ha aproximado en una prehistoria, como si pertenecieran a una grey desconocida, anterior a la infancia, que remota el origen de los tiempos para retornar al aquí y ahora de sus presencias.
En todo lo demás, cada uno es una incógnita para el otro. Como en Montaige, en Jean Genet, juicios y opiniones son hipóstasis de una subjetividad extrema. No encontraremos en sus iluminaciones la aplicación más o menos disimulada de tal teoría ni algo que se adose con pasividad a la historia del arte.
La palabra soledad, condensa como una mácula expansiva el conjunto de las obras de Giacometti. A diferencia de Montaigne no puede enunciar: mi oficio, mi arte, es vivir. El de Genet es reconocer las paradojas de la vida en la muerte y las transformaciones de la apariencia en podredumbre y viceversa. La belleza entrevista por Genet en sus obras no es algo dado sino una herida secreta y singular: “ La belleza no tiene otro origen que la herida singular, diferente para cada uno, que todo hombre guarda en sí, que el preserva y que se retira cuando el quiere dejar el mundo por una soledad temporal, pero profunda. Este arte está lejos de lo que se llama el miserabilismo. El arte de Giacometti me parece querer descubrir esta herida secreta de todo ser y asimismo toda cosa, a fin que ella los ilumine”.
Esa iluminación se suspende en el tiempo difunto que nace de su agonía: “ Sus estatuas parecen pertenecer a una edad difunta, haber sido descubiertas después que el tiempo y la noche- que las trabajaron con inteligencia- las han corroído para darles este aire, a la vez dulce y duro de eternidad que pasa. O bien todavía, ellas salen de un horno, residuos de una cocción terrible: las llamas extintas, él debería quedar así.
¿Pero qué llamas?
Giacometti me ha dicho que otras veces tuvo la idea de modelar una estatua y enterrarla( Se piensa asimismo: ‘ que la tierra te sea ligera’). No para que se la descubra, tal vez más tarde, hasta cuando el recuerdo de su nombre hubiera desaparecido?
¿ Enterrarla era proponerla a los muertos? ”
Este don y esta ofrenda le sirven al artista para que el mundo se vuelva ligero. Es ahí donde capta el silencio y la soledad de cada objeto. Un nicho verde, al ras de un muro y una luz verde cayendo sobre Osiris, en la cripta del Louvre.
Genet confiesa tener miedo, una masa lo lleva a hundirse en los milenios egipcios y le hace padecer una curvatura mental y a encogerse sobre esa estatua pequeña y de sonrisa dura. Genet ante cada escultura de Giacometti tiene una emoción próxima al terror y la fascinación de algo inexorable. Le resultan familiares por algo; las ve andar por la calle, la distancias entre ellas y él se despliega incesantemente y piensa que remontan hacia los orígenes de los tiempos hasta un pueblo de muertos inmemoriales. La escultura separa lo inexorable de la fatalidad en bruto que habita la materia. Le impide ser el fetiche de si misma. O la convierte en un fetiche sin solidez, ligero como el pie de una bailarina: “ Giacometi insiste todavía: su ideal sería la pequeña estatua de caucho que se vende a los sudamericanos en el hall de las Folies Bergeres”
Giacometti va por la calle y ve una chica atractiva. Cuando la tiene en su habitación, desnuda ante sí, contempla a una diosa.
Uno recuerda: Atenea, la única diosa que acepta encanar en un tiempo humano ayudando a Ulises, tiene que mostrarse disfrazada, para no manifestar su presencia divina. La epifanía se le manifiesta al escultor en el estudio. Ellas son diosas después de desvestidas.
Genet disiente: para él una chica es una chica desnuda. Pero cuando ve las estatuas de Giacometti puede ver a través de ellas lo mismo que el artista.
La inmovilidad de las figuras de Giacometti es soberana. Su epifanía es el renacer de algo inédito, la reiteración de algo que nunca ha sido, desconocido a los hombres y olvidado por la piedra.
Giacometti pincha ante él una flor blanca y Genet argumenta que lo que importa es su actitud ante su misterio y no el objeto que va a dibujar. Sus dibujos, le evocan la disposición tipográfica al estilo de Mallarmé. Escribe: “ Toda la obra del escultor y el dibujante podría ser titulada: “ El objeto invisible”.
Las estatuas no sólo retroceden en el horizonte; ellas se las arreglan para quien las mira esté más abajo. Ellas retroceden, pero también vienen y nos superan. Las líneas parecen huir partiendo de la línea mediana del rostro- nariz, boca, mentón- hacia las orejas y la nuca.
Un rostro alcanza su significación, dice Genet, cuando está de frente y hay que partir de este centro para fortificar lo que está oculto.
Genet experimenta un placer siempre nuevo en sus dedos al recorrer una estatua. Esto no puede extenderse a otras obras: “ -- Sin duda, me digo, toda estatua de bronce da a los dedos la misma dicha. A unos amigos, que tienen dos pequeñas estatuas, copias de Donatello, quiero recomendarles esta experiencia: el bronce no responde más, mudo, muerto. Giacometti o el escultor para ciegos”. Es un artista que no ha soñado sus figuras. Las ha experimentado. Lo dice en su voz pedregosa que Genet compara a la de un tonelero. Giacometti le pregunta si piensa que ellas pierden algo al pasar el yeso al bronce. Genet responde que no son ellas sino el bronce el que ha ganado algo.: “ tus mujeres- le dice- son una victoria del bronce. Sobre el mismo, quizá”.
Y el escultor está de acuerdo. La intriga alcanza a las cabezas : cómo unos sesos pueden habitar un cráneo de bronce ? Giacometti afirma que esto le hace tomar medidas más precisas. Genet observa dos telas en el estudio que muestran dos cabezas de una extraordinaria acuidad. Las cabezas parecen venir a su encuentro desde el fondo de la tela. Giacometti, en un acto inusual en él, quiere mostrarle unos dibujos. Genet se interesa por uno de talla pequeña, colocado debajo de una inmensa hoja blanca. No parece gustarle mucho. Al Giacometti dibujante tampoco: le confiesa que es la primera vez que intenta algo así. Genet se pregunta si ha querido dar valor a una vasta superficie blanca con la ayuda de un personaje tan minúsculo, o bien mostrar que las proporciones de un personaje resisten a la tentativa de aplastamiento por una enorme superficie. Concluye: “ este pequeño personaje, ahí, es una de sus victorias”
Se pregunta que ha tenido que vencer Giacometti para concretarlo. No sabe que es, pero tiene la certeza de que era algo amenazante.
Por este conjuro la multitud innumerable de los muertos puede en fin ver lo que no pudo contemplar cuando ella estaba viva. Esto exige un arte duro, no fluido, dotado del extraño poder de penetrar en el dominio de la muerte, “ de sudar quizás a través de los muros porosos del reino de las sombras. La injusticia - y nuestro dolor - serían muy grandes si una sola de entre ellas fuera privada del conocimiento de un solo de nosotros, y nuestra victoria bien pobre, si ella si ella nos hiciera ganar sólo una gloria futura. Al pueblo de los muertos, la obra de Giacometti comunica el conocimiento de la soledad de cada ser y de cada cosa y esta soledad es nuestra gloria más segura”.
Genet pretende atrapar esta soledad en su visión de la pintura. Su mirada es la que impide que tal o cual rostro se confunda, indistinto, con el resto del mundo. La mirada es la que corta y separa el rostro del mundo y en el cuadro alcanza su apoteosis, porque ahí cada objeto crea un espacio infinito que “ si quiere ser estético debe rechazar ser histórico”
La soledad de una persona o de un objeto son así restituidos en una experiencia discontinua. Genet ante el cuadro no obra de manera distinta a cuando compara la obra de arte con el robo: aísla, sustrae la significación del objeto - tela, cuadro - de tal modo que cese de pertenecer a la familia de la pintura y deje vislumbrar la soledad irreductible de cada rostro. Es una operación a través de la cual examina a Rembrandt y a Giacometti: “ Cualquiera que no haya sido maravillado por esta soledad, no conocerá la belleza de la pintura. Si lo pretende, miente”.
Esas figuras no quedan, sin embargo, totalmente aisladas; Genet las vincula a “ la misma familia alta y sombría. Familiar y muy próxima. Inaccesible”
Esta soledad paradojal de las figuras se realiza sobre el fondo de una noche donde cada figura reencuentra su origen nocturno, gracias al cual está bien situada en el mundo: se trata de un realismo paradójico que instituye esas estatuas de pies pesados que aligeran y encantan nuestra visión del mundo.
Un mundo donde los primeros invitados, tras una línea de separación que cae como un biombo, son los muertos. Las “oposiciones fundamentales” no sólo son abolidas en términos de poder- a Divine se le rompe la dentatura postiza y eso la inspira a ponerse la prótesis sobre la cabeza y prometer, aludiendo a la corona dental, que será reina -, sino en una zona que podríamos llamar metafísica: la de la identidad de los indiscernibles, que se sostiene, exalta y redime pasando por lo amorfo de una misma podredumbre.
Los seres vistos desde la rapidez de un colectivo no permiten que se capte por el movimiento del ojo, lo que tienen de irremplazable “ gracias a la soledad en que los sitúa esta herida de la cual ellos apenas tienen conocimiento y de la cual todo su ser rezuma” Se ve atravesando una ciudad pintada al carbón por Rembrandt, imaginando escenas de amores canallas, como ocurre en sus novelas, y concluyendo: “ La soledad, como yo la entiendo, no significa una condición miserable sino un reino secreto, incomunicabilidad profunda pero conocimiento más o menos oscuro de una inatacable singularidad”,
Examinará la pintura de Rembrandt en un libro posterior. Esta obra le parece de una infernal transparencia. Detiene su atención esa carne consagrada a la corrupción, a la podredumbre.
Pone el acento en Lección de Anatomía. La descomposición de la materia abre el paso a otra forma: su pintura no se confunde con el objeto o la mirada que está encargada de representar.
Es una materia que no se avergüenza de lo que es, “ como los campos de la mañana, humeantes”. Así como en Giacometti, Genet encuentra la resonancia peculiar de la soledad, en Rembrandt lo fascina el uso de los oropeles para la figuración de lo miserable y lo pútrido: sus retratos de la señora Trip muestran hasta qué punto la decrepitud puede ser bella. La línea de separación entre lo bello y lo feo, entre lo noble y lo innoble se ve de nuevo cuestionada a través de una aceptación del horror.
Santa Teresa pedía Dios el don extraño de ser despreciada por todas las criaturas. Para Genet, que no pocas veces tuvo un ruego semejante, la santidad es una obra de arte que, como señala Catherine Millot, exige que “ las vías que llevan a ella deben ser inventadas en cada oportunidad”.
Extraviando su centro de gravedad, Santa Teresa decía “vivo ya fuera de mí”, dispuesta a la levitación o a ser objeto de las injurias de la creación.
Genet está en esta vía, pero ante su travesía la de los místicos nos resulta lineal, no por que tengan menos intensidad sino porque la negación en Genet se dice en constelaciones múltiples: no es un místico sino un poeta, un hombre de letras, novelista y dramaturgo, situado en el tránsito imposible hacia la santidad.
Acaso a través de la visión de la obra de Giacometti y la de ese sucio viejo ha reconocido un obstáculo decisivo en este camino. Ahora, en el umbral de un desenlace, se plantea si ha de ser uno más entre los mortales o inventar en otra frontera una rebelión sin la cual, en sus propias palabras, no hay redención posible. Luego de ese encuentro, Genet mira con otros ojos los objetos.
¿ Qué es una mirada que intenta aproximarse a una zona poblada de equívocos, donde no hay señuelo ni trampa pero que se alejan en una súbita fuga desplegada?
Ante esa fijeza en fuga, Genet hablará de Giacometti, volviendo una y otra vez a ese centro desplazado que es esa herida, igual y tan distinta, que toda criatura lleva en sí.
Algunas tribus trasmiten la herida: hay mitos que narran que la cicatriz del padre reaparece como la herida abierta del hijo. En este caso no se da nada parecido. Se trata del diálogo de dos artistas que trabajan hasta abismarse en materias diferentes; la herida no es la misma, aunque su efecto pueda generar el diálogo con el cual se intenta hablarla. Esa herida para Genet se transmite no entre los artistas ni de éstos al público sino a un pueblo silencioso de muertos que nunca han estado vivos, que la aceptan o la rechazan. Este pueblo suele ser olvidado; Genet dice que a veces ellos aparecen en una orilla, hacen señas, que esperan un signo, ellos, que “ escapan al llamado de nuestros ojos para acercarse a nosotros”.
Este Genet que explora a Giacometti apenas recuerda el que nos presenta el inmenso estudio de Sartre. Hasta podría decirse que está en sus antípodas. Es que hacia 1950, Genet a través de la exégesis de Sartre se ha convertido en todo lo que se obstinaba en no ser: la consagración, el éxito, incluso la riqueza, convergen en la imagen aplastante que amenaza con despojarlo del objetivo que persigue su obra que no es ajena a la causa “injusta” de su deseo.
¿ Cómo ser el artista del Mal cuando el Bien, no por oficio de Sartre sino contra su mismo libro, está enterado y preparado para aplaudir de antemano lo que antes condenaba y seguramente volverá a condenar una vez terminada la función, en un mismo desconocimiento? Ahora Sartre aparece como una voz entre otras.
Genet, por otra parte, ya no puede concebirse como una particularidad aberrante, ni confundirse con la redención sacrificial de sus personajes. Esto no es ajeno a la paz que descubre en Giacometti.
El encuentro decisivo que narra el libro no es con el escultor sino con ese pasajero del tren, que desde el fondo de su fealdad, le revela por primera vez la presencia de otro. Suena a algo irrisorio. Pero tuvo que pasar una apariencia de eternidad - en su caso infernal - para que esto aconteciera: “ Hace aproximadamente cuatro años, estaba en el tren. Frente a mí, en el compartimiento, estaba sentado un espantoso viejo sucio. Sucio, y manifiestamente, malvado, algunas de sus reflexiones me lo probaron. Rechazando proseguir una conversación desagradable, quiero leer, pero, a pesar de mí, miraba a ese pequeño viejo: era muy feo. Su mirada se cruzó con la mía, y esto fue breve o sostenido, no sé más, pero súbitamente conozco el doloroso - sí, doloroso sentimiento de que no importa qué hombre “valía” exactamente - que se me excuse, pero es sobre el “exactamente” que quiero poner el acento - que cualquier otro”.
Reconoce que ese hombre puede ser amado más allá de su suciedad y necedad y aclara : “no se trataba de una bondad que venía de mí, sino de un reconocimiento. El reconocimiento no es tanto descubrir al otro como objeto de amor - o de odio - sino ante todo como un no enemigo, alguien que podría ser amado de mediar su elección. Pero, luego de leer la escena, uno se pregunta: ¿ no será también rebelarse no fijar al otro en su imagen, para luego conjurarlo, reducirlo y finalmente eliminarlo? Ese viejo sucio, después de todo, está de más en un mundo que se pretende sin contaminación de suciedad, enfermedad o de vejez.
No la pasa mejor que Jean Genet, ya en esos momentos un escritor consagrado entre los mejores de su tiempo. Curioso: lo que no pudieron los cientos de lúcidas páginas de Sartre lo logró ese pobre y marginal huésped, quien por su sola presencia decepciona su mito capital de niño expósito y lo arranca de su filiación a lo sagrado.
Podría, como otras veces, hablar de “un milagro de la nada y del no”. No lo hace. Informa que ese encuentro coincide con su interés por la obra de Giacometti: “La mirada de Giacometti ha visto esto hace mucho tiempo. El nos los restituye”
Un hombre vale lo mismo que el otro - en el universo humano - precisamente por esa herida secreta que sin que captemos el pasaje, reaparece en el arte como su inesperada rima.
Es como si esa evidencia se trastocase en un pasaje de datos, de noticias, de impresiones sin reducirse a ninguna de ellas.
Walter Benjamin en Dirección Unica ha escrito: “ Quien transmite la noticia de una muerte se ve a sí mismo muy importante. Su sensación le convierte - en contra incluso de cualquier lógica - en mensajero del reino de los muertos. Pues la comunidad de los muertos es tan gigantesca que hasta quien sólo anuncia una muerte, advierte su presencia. Ad plures ire, significaba para los antiguos romanos, morir.”
El morir todavía no ha acontecido, pero la muerte sin nombra reina en el pueblo de los muertos con las manos juntas sobre su regazo.
El mensaje que se envían es el de la evidencia que no puede comprobarse: quien ha perdido lo que no tiene, tendrá que ir hasta el fin. Aunque la muerte informe que no hay un final. La muerte es la posibilidad de echar una mirada retrospectiva sobre la propia vida. La muerte, decía Epícteto, sorprende al labrador labrando, al navegante navegando: “ ¿ y tú, en qué ocupación quieres que te sorprenda la muerte?”
El diálogo entre el artista y el filósofo persiste, tiene antigua data en la cultura occidental. En Genet se exacerba ese choque de vocaciones, que hablan de posiciones de deseo, en tanto los pensamientos - formas - brotan en los desvanes y las alcobas, en la inminencia de una próxima fechoría. Sin embargo, Genet piensa más que el reconfortante hombre del concepto que cree que es posible traducir un lenguaje como el del autor en otro, excluyendo las paradojas fundadoras que surgen cuando se arremete contra los límites del lenguaje.
La poesía para Platón no tiene derecho de ciudad porque los poetas alteran la dikaiosyne con la pintura del frenesí de las pasiones.
Hay una condenación moral y política de la poesía en nombre de una teología de Estado, aunque Platón fuera mejor poeta que sus contemporáneos. Uno imagina que no lo hizo con mentalidad de burócrata, sino como un sacrificio inevitable para us concepción de la ciudad. Parafraseando a Alcibíades, Platón puede decir : el precio para acceder a la ciudad es sacrificar a la poesía.
Este precio tiene, sin embargo, una ganancia, un rédito que no es otro que el aprendizaje de la muerte, que es el objeto mismo de la filosofía según Sócrates.
¿ Acaso - cabe preguntarse - la poesía amenazaba no sólo al estado perfecto sino a la misma inmortalidad del alma?
La luz es para el griego una forma originaria. Si la vida hubiera surgido con la luz, si la luz no hubiera surgido marcada por el estigma negro de una conflagración lejana, la muerte no tendría lugar y no se habría teorizado sobre la inmortalidad del alma. El tema de la luz original recorrerá el pensamiento occidental, negando o aceptando a medias la escisión que la constituye. Nada hay en Giacometti que evoque la blanca roca del Acrópolis; esa luz que es olvido de toda sombra fúnebre, como si su arquitectura no fuera obra de los hombres sino del dios del mismo Apolo, el dios de la luz y de tal modo que nada en ella está referido a la muerte. Nada en ella hace pensar en el descenso a los infiernos. Cuando esa luz se oscureció, comenzaron las epifanías, como secuelas de una plenitud instantánea y huidiza, que sólo el arte podía revelar.
Hay en Genet algo de las viejas morales rigurosas: lo que un Aristóteles llamaba impasibilidad. Contempla las estatuas con ciertos efectos de paralelaje- a una imagen de dos dimensiones agrega una tercera, mediante la ilusión óptica que produce la retina- ; ellas parecen surgir desde el horizonte, lo encuentran, y cargadas de fiebre, lo sobrepasan dejándole una sensación de paz. Genet trabaja como un investigador que devora los mismos indicios que se le presentan. Descubre algo que se sustrae a la misma evidencia : el espacio en blanco.
Platón supo algo de eso. En Filosofía y poesía, María Zambrano, escribe: “ Platón se anunció a su maestro, Sócrates, antes de su encuentro con él, en un sueño; en un sueño en forma de blanco cisne Reprimamos la sonrisa incrédula de los que han leído mucho y se han ensoberbecido por ello. Porque un cisne es un ángel castigado; un ángel inmovilizado que no ha perdido su pureza ni sus alas. Unas alas incoherentes, demasiado grandes para tan leve cuerpo, al que no consiguen, sin embargo, arrastrar hacia lo alto y que más que órgano son señal, nostalgia de una perdida naturaleza. Y alguien ha podido soñar con Platón sintiéndose detrás de dos criaturas las más diferentes: un toro y un blanco cisne. El toro de la sangre y de la muerte, transformándose en la pureza alada, pero problemática, de la filosofía”.
Esa pureza alada, inmarcesible o indeleble, alegorizada en el blanco, no permanece igual a sí misma luego de un Manet y de un Mallarme o un Rodin, cuyo Balzac dará lugar a interpretaciones que pueden constituir una enciclopedia. Pero la blancura- como la belleza- comienza a coexistir con el horror o identificarse a él
Maillot amaba más los dibujos de Rodin que sus esculturas por su despliegue erótico. Este hombre, amigo de Gauguin, que a los cuarenta años decide volverse escultor, que desmiente el mito del artista como buen salvaje - es un gran lector- afirma que cuando más inmóviles se muestran las esculturas egipcias, más parecen moverse y uno espera que las esfinges se pongan a volar. La esfinge es como una máscara de la escultura que se convierte en tal cosa cuando el aire pleno del día toca su frente. Cada escultura es un interrogante respecto del cual, a diferencia de Edipo, hay que tomarse tiempo para responder. A veces la respuesta no es una conclusión que ha de quedar en manos del especialista y sus precisiones. Pero en cuanto a esa línea que sinuosamente va de Rodin a Maillol y de éste a Giacometti cabe antes formular la pregunta acerca de los estilos en juego.
Lo griego en lo temático es ostensible en Maillol. Pero se trata de los paisajes de Grecia, semejantes a los campos de Francia. Pensaba que los escultores no son talladores de piedras. Sería decir que los hombres de letras son talladores de pluma. Es en las letras donde Maillol encuentra la flor del modelado - para decirlo con la expresión de Rodin- sus esculturas en torno a La Eneida son elocuentes. En lo romano se condensan y diversifican el arte bizantino, con reminiscencias de oriente, lo merovingio y lo carolingio, un fondo céltico, rasgos musulmanes y el aporte normando, como una necesidad del elemento bárbaro, impusieron esa forma lineal y abstracta que podemos llamar, pero nunca definir a causa de sus mixturas, la escultura occidental. El toro y el cisne no siempre están en lucha tensa; a veces, hasta llegan a fundirse y a invertir sus roles.
Por tratar con la misma materia de lo natural- la piedra - la escultura es la más impura de las artes. Ese estilo que podemos definir como lo romano es épico y parabólico; no pretende limitarse como en el siglo V en Siria y en la Mesopotamia a un arte puramente decorativo, tiene una tendencia hacia lo enciclopédico y lo armónico, representado en esos nueve tonos de la música gregoriana que ornamentan los capiteles de Cluny. La traducción de tres versos de Virgilio permitió hacia 1150 concebir El robo de Ganímedes en la iglesia de Santa Magdalena de Vézelay, o el naciente humanismo que presenta el portal central de esa misma iglesia, el de Los pueblos de la tierra- los hombres de grandes orejas, los pigmeos, los gigantes- donde, hacia esa misma época, la narración hace parábola y ésta se deja contar: un dictado la preexiste
En Giacometti no hay un dictado anterior que las esculturas, cuadros o dibujos ilustren; el espacio mismo es el que circula. Genet habla de cuatro dibujos : “ En ciertas telas ( Monet, Bonnard...), el aire circula. En los dibujos de los que hablo, cómo decirlo...el espacio circula. Sin ninguna de las convencionales oposiciones de valor- sombra - luz- la luz irradia y algunos rasgos la esculpen”.
Las esculturas de Giacometti parecen estar en las antípodas de esa figura definitiva, enunciada por el delegado de la obra teatral El Balcón, que en su primera edición de 1956 fue publicada con una ilustración de Giacometti: “ Tenemos una única preocupación: la de proponer a la posteridad una estatua definitiva, absurda o familiar, tierna o severa, amable o brutal, siempre impresionante, eterna. Desgraciadamente, nuestros ojos de vivos no lograran vernos en nuestra muerte real, ni nuestros ojos de muerto lograrán vernos en las conciencias futuras, y por lo tanto, hemos inventado y perfeccionado esta amable farsa: inmovilizarnos en esta vida en una actitud eterna.¿ Está claro?”
Está claro que los hombres quieren ser parte de una genealogía segura, que una misma luz celebre sus figuras, conjurando toda sombra; los habita la utopía de un poder sobre la misma muerte. Cuando el fracaso se yergue sobre la farsa de la falsa apariencia que urden los personajes del balcón- el Obispo falso es más real que el verdadero, al igual que el juez-, bajo la veña del jefe de policía, como seres de un burdel babélico, se empeñan en erigir un falo que es la negación de sí mismo y tornan irreal sus hiperbólicas proporciones.

El jefe de policía, que hará de él su signo de legitimidad, explica: “ Las técnicas nuevas, nuestra industria de la goma, permitirán los más logrados milagros”. Lo único real está en ese “ el texto de ley”, híbrido, con las sentencias que en él escriben el obispo, el juez, el general, verdaderos por falsos y al que podría suscribir todo el universo de las “personas decentes”.
Un falo verdadero puede ser el más mentiroso y un falo falso, de goma y obseno puede decir la verdad de la confluencia, simbólicamente imposible entre la ley y el goce, realizando en una liturgia invertida la caída de la oposición fundamental. Es la caída de la ley misma que hace ostensible un goce que, por su misma lógica, en este mundo, nunca habrá de decir. Ahí reside su concepción de la poesía, como una verdad tautológica, que no está obligada a confrontarse con la realidad vigente.
Si lo hace es para desdoblarla, como en el caso de ese falo porno, a la vez abyecto y glorioso que equivale a ese trozo de inmundicia que en Les Paravents es el inconfesado sostén de todo orden social. En ese aspecto, puede inferirse que muchas de las cosas que escandalizan a Sartre se deben a que la subversión que plantea Genet es mucho más efectiva - aunque imperceptible - que cualquier revolución en lo social.
A sus figuras, Giacometti les asegura sólo una cosa: la soledad, otra vez. Sólo pueden ampararse en esa familia singular en que no querrían reconocerse. La escultura tradicional , obediente a un dictado histórico y mítico, tiene como función perpetuar la imagen de los hombres para una posteridad que las corrobora como su reflejo. Las obras de Giacometti obran en sentido contrario: la belleza está habitada de podredumbre y la muerte nunca está en su lugar.
En su prólogo de Las Sirvientas, Genet anota: “ Las actrices no deben mostrarse sobre la escena con su erotismo natural, imitar las damas del cine. El erotismo individual en el teatro, arruina la reprentación. Se le pide a las actrices, como los griegos, no posar su estupidez sobre el tablado”. Comment jouer Les Bonnes, es la introducción de un autor teatral que no es. ajeno al escultor; la suspensión, el movimiento, el gesto de los personajes evocan su lectura de las estatuas; incluso reconocemos a las poules- chicas ligeras - que surgen en los diálogos con el pintor: ellas no tendrán senos ni culos provocativos; “podrían dar lecciones de piedad en una institución cristiana”; una imagen de pureza las gana por las tardes en sus rituales masturbatorios; la misma señora tiene algo de poule: tiene “ un peu de cocotte y un peu bourgeoise”. Esto toca también al resentimiento de sus diálogos: “ Pues las sirvientas no hablan así sino en ciertas tardes: hay que sorprenderlas, sea en su soledad, sea en aquella de cada uno de nosotros”.
Habla de sus enriedos con un rostro japonés, el del profesor Yanaihara, del cual nunca se mostraba satisfecho y recomenzaba cada día. Su problema: cómo retratar un rostro grave pero dulce, sin asperezas. El rostro se defiende, se niega a pasar por la tela. Esto genera un comentario con Sartre, que dice que eso no marcha, que Giacometti está desesperado y Genet piensa que nunca estará contento. Tal vez porque se trate de lo blanco, de otro blanco y escribe: “ Quisiera decir que los blancos dan a la página un valor de Oriente - o de fuego - siendo los trazos utilizados no para que ellos tomen un valor significativo, sino con el fin de dar toda su significación a los blancos”. Genet habla de lo elegante: no es el trazo del dibujo, sino el espacio blanco contenido por él: “ No es el rasgo que es pleno, es el blanco”.
¿ Cómo pensar el pasaje del pleno aire de Maillol a este blanco pleno que Genet reconoce en Giacometti como una diadema invisible ?
Tal vez en cierto eclipse sobre us atrevida celebración por las curvas femeninas : luz de una perpetua primavera. Hay que pensar el cincel sobre la página en blanco. A propósito del poema de Mallarmé acerca de la muerte de su hijo, Silvio Mattoni recuerda que para el poeta el trabajo de toda su vida consistía en esculpir su propia tumba. Ese tema que no es un tema, el blanco, signo de un hijo muerto, es otro nombre del goce entre la vida y la muerte. A diferencia del estilo romano la paternidad y con ella el origen, se ha vuelto incierta : esto mismo es motivo de júbilo en Maillol, para quien la forma humana es anterior a la aparición del hombre, en otros irrumpe como enigma angustiante.
Expósito desde el inicio, para Genet el blanco es alusión al goce entre la vida y la muerte, una ley huérfana que conspira en su línea de separación y encanta a los máximos desheredados, los muertos. Insiste en el escultor que ha querido enterrar sus esculturas. Acaso piensa que el universo puede disolverse sin esa granítica adustez, o en colores nacidos de un charco de diferentes grises.
El blanco existe para Giacometti por la gracia de la hoja, lugar propicio de la herida donde sin reconocerse a veces se enuncia la singularidad.
A excepción de una, apunta Genet, todas las estatuas de Giacometti tienen los pies pesados, como sostenidos en un pedestal. Los pies parecen estar cargados de toda la materia que se ha desembarazado la cabeza: “ Extraños pies o pedestales! Vuelvo a eso. Tanto como ( en todo caso , a primera vista) hay una exigencia de lo estatuario y de sus leyes ( conocimientos y restitución del espacio), parece aquí que Giacometti- y que me perdone!- observa un ritual íntimo según el cual el dará a la estatua una base autoritaria, terrestre, feudal. La acción de esta base es mágica para nosotros...( se me dirá que toda figura es mágica, sí, pero la inquietud, el hechizo que nos viene de este fabuloso pie plano, no es del mismo orden que el resto. Francamente, creo que aquí, hay una ruptura en el oficio de Giacometti: admirable en sus dos maneras, pero contrario. Por la cabeza, las espaldas, los brazos, la pelvis, él nos ilumina. Es por los pies que nos encanta.”
Esos pies pesados de Giacometti pueden ser mucho más etéreos que los pasos de una bailarina y conjurar la oscilación de lo épico y lo parabólico afín al estilo romano. Lo que es inconfundible en esta obra que no responde a ninguna tradición fija y que puede vincularse con otras, es la impronta egipcia que le viene con su trato con los muertos.
Al igual que las estatuas de Rodin o de Maillol, las de Giacometti “ están listas para eructar, después de dormir!”.
Esas formas no evocan ningún pasado. Concebirla, dice Genet, supone un el esfuerzo excepcional de desprenderse de toda historia. No prometen demasiado, salvo esa caridad que a Genet le despiertan los seres más desposeídos, o el enigma sereno de la sonrisa de Giacometti, que es el cuadro de fondo de sus investigaciones. No obstante no ir en su sentido y surgir de lo que se rechaza, nos hablan del encuentro personal con la historia cuando una soledad, precisamente por ser incomunicable, puede reflejarse en otra para que no se confunda con una pesadilla indistinta y sin interrupción.
Las esculturas de Giacometti, irónicas con la tendencia humana de hacer ídolo de la propia imagen, cargadas de fiebre y por eso mismo ostentando una inédita serenidad, vigilan como guijarros que han sido convertidos, por una cocción terrible, en diamantes de resplandor funerario.


Publicado en Tokonoma N 6, Noviembre, 1998.


martes, 3 de agosto de 2010

Demoledor

Ver detalles Para Luis Thonis
De: Lucia Cavicchioli (lucavicchioli@gmail.com)
Enviado: viernes, 26 de septiembre de 2008 06:56:52 a.m.
Para: Luis Thonis (luisthonis@hotmail.com)

Acerca de Una generaciòn de granito.


Luis, gracias por mandarme tu ensayo, en principio quiero decirte que es excelente, pero prefiero hacerte un comentario más profundo, espero que me tengas paciencia. En primer lugar, creo que tocaste un punto central, que es el problema de la "superioridad moral" de la izquierda que continua utilizando los mismos argumentos sin ningún pudor. Aunque no coincido en llamarla izquierda compasiva para mí es darle un calificativo que no tiene, principalmente porque ha despersonalizado a los fufrientes, no hay ningún co-padecimiento de su parte (lucy la profe). Como lo has demostrado, sin lugar a dudas, en cada párrafo esa superioridad moral no tiene fundamento, se ha fundado sobre escombros y cadáveres. El capital simbólico de la izquierda se sostiene en función de lo que llamás el "estado universitario global" y que tiene sus simpantizantes en otros grupos sociales que se limitan sólo a leer los diarios, entre otros panfletos sin mucha información. El problema es que esos tipos son protangonista del mundo universitario e imponen sus ideas a jóvenes con cero información, y ese cuento se convierte el juego del teléfono descompuesto, aunque con graves consecuencias.
Hay que admitir que lo que podríamos denominar "derecha" en Argentina es de lo más patética y lamentable, sobre todo cuando intentan explicar esa época. Ahora, criticar a la izquierda para la izquierda significa ser de derecha, y ahí veo el otro problema: el de la descalificación inmediata. De todas maneras, para quién lea tu ensayo nada podrá pasar desapercibido, como loco o como genio, les arrancaste una vez más el disfraz.
Sigo más tarde, un beso, Lucy

martes, 20 de julio de 2010

Comienzo del genocido en Darfur

¿Cómo comenzó la crisis en Darfur?


La violación sistemática de mujeres es un arma de las milicias árabes, según acusaciones.

Esta región pobre y árida en Sudán es escenario de luchas armadas desde inicios de 2003, cuando un grupo rebelde comenzó a atacar objetivos gubernamentales.

Los rebeles acusaban al gobierno -dominado por los árabes del norte del país- de oprimir a la población negra.


Milicias árabes a favor del gobierno, conocidas como Janjaweed, respondieron lanzando ataques contra la población negra. Se las acusa de ejecutar una campaña de limpieza étnica, buscando expulsar a la población negra de grandes extensiones de tierra.

El acceso a tierras y áreas de pastoreo en Darfur ha generado históricamente disputas entre los nómadas árabes y los agricultores negros de los grupos étnicos Fur, Massaleet y Zagawa.

En Darfur hay dos principales grupos rebeldes: el Ejército de Liberación de Sudán, y el Movimiento por la Justicia y la Igualdad.

Además, hay cerca de una decena de grupos menores, lo que dificulta en extremo la realización de negociaciones de paz.

¿Qué dice el gobierno?

El gobierno del presidente Omar al-Bashir reconoció haber movilizado "milicias de autodefensa" luego de los primeros ataques rebeldes en Darfur.



Pero niega cualquier vínculo con las milicias Janjaweed.

Al-Bashir ha acusado a los integrantes de estas milicias de ser "ladrones" y "matones".

Sin embargo, refugiados provenientes de Darfur describen ataques aéreos lanzados desde aviones del gobierno, seguidos de hordas de milicianos montados en caballos y camellos, que llegan a las aldeas para matar hombres, violar mujeres y robar todo lo que encuentran a su paso.

Muchas mujeres dicen haber sido secuestradas por los Janjaweed y mantenidas como esclavas sexuales.

¿Qué dice la comunidad internacional?

Estados Unidos y otros países han presionado a la ONU para que imponga sanciones económicas a Sudán.


Minni Minnawi (centro) encabeza la mayor facción rebelde, el Ejército de Liberación de Sudán.

El Consejo de Seguridad acordó imponer restricciones de viaje y congelar los fondos a quienes cometan atrocidades en Sudán.

La ONU, sin embargo, ha sido criticada por negarse a calificar la situación en Darfur como "genocidio".

De haberlo hecho, los países que han firmado la convención de las Naciones Unidas al respecto estarían obligados legalmente a emprender acciones para poner fin a los abusos.

Grupos de derechos humanos, el Congreso de Estados Unidos y el ex secretario de Estado de ese país Colin Powell, han dicho en diferentes momentos que la situación en Darfur puede ser calificada de "genocidio".

Ante la presión internacional y la amenaza de sanciones, el gobierno de Omar al-Bashir prometió desarmar a las milicias, pero hasta ahora no hay evidencias concretas de que estoy haya ocurrido.

La Unión Africana, por otra parte, ha intentado sostener negociaciones de paz, y tuvo éxito en levantar la prohibición de vuelos militares y de ayuda sobre Darfur.

Más de 9.000 soldados de la Unión Africana y la ONU han sido desplegados con un mandato limitado, y se espera que este número ascienda pronto a 26.000.

¿Qué está sucediendo con la población civil?

Se cree que más de 180.000 personas han muerto en el conflicto, o por hambre o enfermedades.

Más de dos millones de personas han huido desde sus aldeas a campamentos en centros urbanos, donde no hay suficientes alimentos, agua o medicinas.

Testigos aseguran que las milicias árabes patrullan los alrededores de los campamentos matando o violando a quienes se aventuran en busca de agua o leña.


Azotados por la violencia y el hambre, muchos niños han muerto de desnutrición.
Muchos niños han muerto de desnutrición y las agencias de ayuda advierten del riesgo de hambruna en los campamentos.

Según las agencias de ayuda, un millón de niños están en riesgo de desnutrición.

Por otra parte, las fuerzas de seguridad han sido acusadas de intentar expulsar a los refugiados de los campos y obligarlos a regresar a sus hogares.

Las agencias se quejan de falta de apoyo por parte de la comunidad internacional. También acusan al gobierno de bloquear su acceso a Darfur con exigencias de visas especiales y trabas burocráticas. Sudán dice haber levantado esas exigencias.

Por otra parte, más de 200.000 civiles han buscado refugio en el vecino Chad o se encuentran acampados en una franja de 600 kilómetros a lo largo de la frontera, donde siguen siendo blanco de posibles ataques.

El gobierno de Chad teme una explosión de violencia en su propio territorio, ya que la composición étnica en el este del país es similar a la de Darfur.

lunes, 19 de julio de 2010

Por qué defiendo a Israel, por Bernad.H.Lévy

Dr Zvi Tenney

Yo evidentemente no he cambiado de posición. Continúo juzgando "estúpida", como lo he dicho el mismo día en un duro debate con un ministro de Netanyahu, la manera en que ha sido llevada, a lo largo de Gaza, el asalto contra el Mavi Marmara y su flotilla.
No me queda la menor duda de que la persuación del 7 navío, ese sábado, sin violencia alguna, habría terminado de convencerme que había otras maneras de operar para evitar que no culmine, así, en la sangre, la trampa táctica y mediática tendida a Israel por los provocadores de Free Gaza.
Dicho eso y reiterado, no se puede aceptar menos la ola de hipocrecía,de mala fe y, al fin de los fines, de desinformación que parece no tener sino ese pretexto para, cada vez que el Estado judío comente un error y tropieza, abismarse en la brecha y desplegarla en los medias del mundo entero.
Desinformación, la fórmula asida, hasta la náusea, del bloqueo impuesto "por Israel", en tanto que la honestidad más elemental exigiría que se precise: por Israel y por Egipto, y con la bendición de todos los estados árabes moderados- demasiado felices para ver endilgar a otro, para la cuenta y la satisfacció de todos, la influencia de este brazo armado, de esta base avanzada, un día, quizá, este portaviones de Irán el la región.

Desinformación, la idea misma de un bloqueo "total e implacable"(Laurent Joffrin, editorial de Liberación del 5 de junio, tomando "como rehén"(Dominique de Villepin, Le Monde del mismo día), "la humanidad en peligro" en Gaza, es mentir decir que se "mueren de hambre" en las calles de Gaza City, que el bloqueo militar sea, o no, una buena opción para debilitar, y un día, abatir el gobierno fascislamita de Ismael Haniyed, eso se puede discutir. Pero lo indiscutible es el hecho que los israelíes que ofician, día y noche, en los puntos de control entre los dos territorios, son los primeros en hacer la elemental pero esencial distinción entre el régimen( que hay que intentar aislar) y la población( que se guardan de confundir con este régimen, ni, todavía menos, de penalizar porque la ayuda no ha dejado hasta ahora dejar de pasar).
Desinformación: el silencio en Francia, como en otras partes, sobre la increíble actitud de Hamas que, ahora que la carga de la flotilla ha complido su oficio simbólico, ahora que ha permitido tomar en falta al Estado judío y relanzar como nunca la mecánica de su diabolización( en Liberación todavía, este título terrible y que, si las palabras quieren decir alguna cosa, no puede ir sino en el sentido de la desligitmación del Estado hebreo; "Israel, estado pirata"), ahora, en otros términos, que son los israelíes que, inspección hecha, intentan encaminarse a la ayuda de los destinatarios supuestos- el silencio se hace luego, sobre la actitud de Hamas que bloquea la llamada ayuda al sheik de Kerem Shalom dejándola pudrirse dulcemente: al diablo las mercaderías tocadas por las manos de los aduaneros judíos!, a la basura los "juguetes" que hacen llorar a las buenas almas europas que se han vuelto impuras por las horas pasadas en el puerto israelí de Ashdod!. Los niños de Gaza no han sido otra cosa para la banda que ha tomado el poder hace tres años, que escudos humanos, carnes de cañon o viñetas mediáticas, sus juegos o sus deseos es la última cosa que cuenta- ¿pero quién lo dice?¿quién se indigna?, ¿quién se arriesga a explicar que si hay en Gaza un secuestrador de rehenes, un aprovechador sin escrúpulo y frio del sufrimiento de las gentes, y en particular, de lo niños, es decir, un pirata no es Israel sino Hamas?
Desinformación,todavía:el lamento de idiotas útiles que caen,ante Israel, en la trampa de extraños "humanitarios", que son, como el IHH turco, adeptos de la jihad, fanáticos de apocalipsis antisraelí y antijudío, hombres y mujeres, algunos de los cuales, antes del asalto, decían "querer morir en martirio".(Guardian,3, junio, Al Aqsa TV, 30 de mayo:¿cómo un escritor del temple del sueco Henning Mankell ha podido dejarse usar así? ¿Cómo, cuando nos dice que piensa prohibir la traducción de sus libros al hebreo, puede olvidar la sacrosanta distinción entre un gobierno defectuoso y la multitud de aquellos que no se reconocen de ningua manera en él y que asocia en el mismo proyecto de boycot insensato?
¿Cómo la red de salas Utopía, puede, en Francia, exactamente de la misma manera, decidir quitar del programa el estreno de un film(A cinco horas de París) por el único motivo de que su autor(Leonid Prudovsky) es ciudadano israelí?
Desinformadores, en fin, los batallones de tartufos repudiando que Israel se sustraiga las exigencias de una investigación internacional cuando la verdad, es, de nuevo, mucho más simple y más lógica: lo que Israel rechaza es la investigación exiguida por un consejo de los derechos del hombre de las Naciones Unidas donde reinan estos grandes demócrata que son los Cubanos, Los Pakistaníes y los Iraníes. Lo que Israel no quiere es una gestión como aquella del famoso reporte Goldstone ordenado, después de la guerra de Gaza, por la misma simpática comisión y donde se vio a cinco jueces, donde cuatro nunca habían ocultado su antisemitismo militante, abrochar en algunos días unas 575 páginas de testimonios de combatientes y civiles palestinos(herejía absoluta, sin precedentes) bajo la vigilancia de los comisarios políticos de Hamas, algo que Israel ha previsto(¿Y cómo reprochárselo?)al no aportar su caución a la mascarada de justicia internacional que sería una búsqueda apurada, con conclusiones conocidas de entrada y que no apuntan sino a arrastrar, como es habitual, de modo perfectamente unilateral, la sola y única democracia en la región
al banquillo de los acusados.
Una última palabra. Para un hombre como yo, para alguien que se honra de haber, con otros, ayudado a inventar el prncipio de ete tipo de acciones simbólicas(Barco para Vietnam, Marcha por la sobrevivencia de Camboya en 1979, boycots antitotalitarios, todavía,recientemente, por la violación deliberada de la frontera sudanesa para romper el bloqueo al abrigo del cual se perpetraban las masacres en masa en Darfour), para un militante, en otros términos, de la ingerencia humanitaria y el alboroto que va con ella, hay en esta epopeya miserable como una caricatura, o una gesticulación lúgubre del destino.
Razón de más para no ceder. Razón de más para resistirse a este desvío de sentido que pone al servicio de los bárbaros el espíritu mismo de una política que fue concebida para detenerlos. Miseria de la dialéctica totalitaria y sus inversiones miméticas.
Confusión de una época donde se combaten las democracias como si se tratara de dictaduras o Estados fascistas.
Es Israel el que está en cuestión en este remolino de odio y de locura- pero también, que se lo tenga en cuenta, algunas de las adquisiciones más preciosas, de la izquierda precisamente y del movimiento de las ideas de treinta años se han puesto en peligro.
A buen entendedor, salud.

domingo, 13 de junio de 2010

Como ser poshitleriano sin saberlo

Leí en The New York Times del 5 y 6 de mayo de 2002, la selección semanal presentada por Le Monde, un artículo firmado Susan Sachs, titulado “Age-Old Anti-Semitism gets an Islamic Twist” (el antisemitismo secular toma un giro islámico). Se leía allí que en los hoteles cinco estrellas, de Jordania a Irán, se pueden comprar Los Protocolos de Los Sabios de Sión. Leí que la imaginería del judío con nariz ganchuda pulula en los manuales escolares árabes. Amalgama de la imaginería cristiana del judío usurero y pueblo deicida con la imaginería nazi, como la amalgama entre israelí y judío transforma una guerra aparentemente territorial en una guerra de las religiones.

También se leía que en el pasado abril el diario saudita AI Riyadh publicaba un artículo firmado por un universitario, retomando la acusación de homicidio ritual, que se habría creído de otro tiempo, como un “hecho bien establecido”: sangre de niño cristiano (esta vez, encima, musulmán) para consumirla en la fiesta de Purim, para hacer el pan ácimo (ah, tiempo atrás era solamente en Pascuas). Pero una vez el artículo traducido al inglés, el editor del diario lo había desmentido, agregando que no tendría que haber aparecido.

Así va el discurso. Doble. Para el uso interno cumplió con su trabajo. El trabajo hacia el exterior consiste en denegarlo. La denegación, para el Occidente y en sus lenguas, la exacerbación máxima, en árabe. Doble juego, doble lenguaje, doble lengua. Y el juego continúa, que no engaña más que a los “idiotas útiles”. Expresión de Taguieff. Igualmente para cada atentado suicida, una condena; nuevo atentado, nueva condena. Así indefinidamente.

El recurso constante a Los Protocolos de Sión, como un homicidio ritual, acapara una nazificación y una islamización, o más bien la islamización integra todo un pasado múltiple de temas pasados por el nazismo. Es la islamización del antisemitismo. Recupera todas las vulgatas, incluso la vulgata cristiana del pueblo deicida.

Pero no leeremos estas cosas en la gran prensa francesa, esta islamización del conflicto israelí-palestino. A tal punto que ese silencio de la prensa parece extraño.

Ese silencio mediático resulta ser posthitleriano sin saberlo, o sin querer saberlo. Hay que ver lo que hace el poder de desinformación de la mediocracia. O la prensa es incompetente, y debería saberlo. Los libros especializados y documentados no faltan. O sabe y no dice nada. Entonces, es que acepta. Es cómplice. Pero va enseguida a denegar. Ese silencio se apoya sobre diecisiete siglos de entrenamiento cultural de cara al judío. Toda una cultura, que es una incultura. Y acomodamientos con la ética.


Hacer Céline

Ya que esta propaganda funciona. Su principal suceso tal vez es haber ganado para su causa, bajo el manto de justicia y de antiimperialismo, el imaginario de una izquierda idealista. La omnipresencia del complot judío mundial tiene por corolario una omniausencia en la prensa de izquierda. La hazaña: ser a la vez postcomunista y posthitleriano. Comedora de estereotipos. Hacer Céline sin saberlo: el colmo. En tiempos de Paul Morand, estaba situado a la derecha. Ahora, está a la izquierda.

En nombre de una “solidaridad con las víctimas”, como se expresaba el director de las ediciones Fata Morgana, el 7 de octubre de 2001, y se han visto poetas sumarse a esa piadosa comunión. Se vio esta cosa cuyas paradojas y contradicción pasan desapercibidas: una comunión con el odio, que cree comulgar con el amor. Siempre Hegel, la religión del odio, la religión del amor.

Es hermoso, el amor. Ese propalestinismo da muestras de una sordera muy específica y ni siquiera escucha, contrariamente a lo que aparenta, su propia causa. Es un conformismo parecido a la buena consciencia, excepto que es una inconsciencia.

En apariencia, es la causa del oprimido, del humillado. Pero la generosidad no ve los Protocolos de Sión, el mito del homicidio ritual, como tampoco el prefacio de Arafat a Mein Kampf, Mein Kampf que se encuentra en los kioscos de libros y diarios del aeropuerto de Amman. Un prefacio a Mein Kampf. No esta mal, ¿no? Nadie habla de eso. ¿Por qué? Es que no parece dejar ver la representación del palestino como víctima. Lo que ciertamente es, pero tal vez no como se cree. Y la “palestinolatría” como dice Bat Yeor (en Nouveaux visages de l’anti-sémitisme, ed. NM7, 2001) rehabilita el “muerte a los judíos”. Por otra parte, lo vi escrito en mi barrio: “MUERTE A LOS JUDÍOS” (sic). Pero no hay que verlo, no hay que decirlo.

Algunos saberes no pasan. Aquello que exponía en detalle Pierre-André Taguieff en Los Protocolos de los Sabios de Sión, Falsificados y uso de documentos falsificados (Berg International, 1992): que son constantemente reeditados por la Universidad Al-Azhar de El Cairo, y primero traducidos y difundidos a comienzos de los años veinte por árabes cristianos. Traducidos al árabe y al persa, presentados como pruebas.

Reeditados en Damas en 1983, como estaba allí editado El pan ácimo de Sión, en 1985, por el ministro sirio de la defensa: el homicidio ritual, como Taguieff lo precisa en La Nouvelle Judeophobie (ed. Mille et une Nuits, Fayard, 2002).


La Amalgama

Es Los Protocolos de los Sabios de Sión, detrás del padre Pierre, que incriminaba el “lobby sionista internacional”. El mito de los judíos reyes del mundo, por la judaización generalizada del mundo occidental. Para Vichy Francia estaba “enjudiada”. Ahora es la amalgama con un mismo objetivo, los “intereses” americanos o franceses en una cruzada anticapitalista. Por lo tanto los mismos atentados. Sin embargo no se matan “intereses”, sino seres vivos.

Y en principio, cronológicamente, la cruzada fue cristiana luego islámica. Es un odio teológico. Y los odios teológicos son insaciables. Se trata de una demonología. Y esta paranoia, que empezó con el cristianismo “verdadero Israel”, termina por excluir a los judíos de la humanidad; “Our war is with Jews”, dice un video de Ben Laden. La amalgama judío-sionista se prolonga en judío-Occidente. Pero ahí donde la islamización muestra el Occidente, el hombre de izquierda no ve más que el palestino víctima. Así a la causa palestina se la transforma en su interior en antioccidentalismo radical, contra todos los impíos, para que no permanezca sobre la tierra más que el islam, pero los ojos del hombre de izquierda no quieren verlo.

El hombre de izquierda quiere una conciencia tranquila. A lo políticamente correcto no le gusta que le agiten antecedentes molestos. Prefiere el discontinuo a un continuo con relaciones islámicas al nazismo. Ya estaba ese muftí de Jerusalén condenado por el tribunal internacional en 1945 y que de Gaulle, extrañamente, protegió.


Un Néohitlerismo

Prestado de Mein Kampf, el tema de los judíos maestros de la mentira. De donde toma también el negacionismo. Ahí está la izquierda que faurissona sin saberlo tampoco. Decididamente, qué negligencia… Metáforas a la Mein Kampf: los judíos “como un absceso”. O “parásitos”. La metáfora patológica o animalista: “simios” y “puercos” (lo que ya quería decir marranos), radicalizando un pasaje del Corán. La modernidad, un cáncer. De ahí depuración, limpieza. Por la salud. Otro tema hitleriano de la islamización: subhombres. Todos impíos. Pero los judíos, farsantes, traidores, codiciosos. Lo que venga. Y las falsificaciones históricas, para vaciar al judío de toda identidad histórica y geográfica. Abraham es musulmán, y tiene sólo un hijo, Ismael. La eliminación del Estado de Israel no es más que un detalle. La aniquilación completa del judío es el motor y el fin.

Misma amalgama que en Hitler entre la judería, el imperialismo (americano) y el comunismo internacional – salvo que a éste se lo reemplaza por la democracia y los infieles. La victimización maniquea junta un postmarxismo y la guerra santa. La argumentación antiimperialista motiva la simpatía de los herederos de la izquierda, que cierran los ojos ante la utilización de todas las antiguallas del antisemitismo contra el Estado sionista.

Se sierran los ojos ante la enseñanza del odio y de la negación del otro en los manuales escolares palestinos, de la pequeña a la gran escuela (como lo muestra con precisión Yohanan Manor en Nouveaux visages de l’antisémitisme). En Allah aqbar, “Alá es el más grande” resuena el eslogan franquista: “Viva la muerte”.

No obstante esa cultura del odio y de la muerte perjudica la causa palestina. Muestra sin decirlo que tampoco quiere un Estado palestino más que un Estado de Israel. Es finalmente, un falso palestinismo. Un video-juego irrealisante, que ubica al jugador occidental que allí participa en una posición donde esta él mismo desrealisado.

Y ese neohitlerismo es consubstancial a la islamización del conflicto. Es imperioso denunciar esta “islamización del mundo” (Taguieff) que alcanza al reino de mil años de Hitler: un totalitarismo del odio. Un diario saudita presentaba en 1987 a Alá como cumpliendo aquello en lo que Hitler había fallado con respecto a los judíos.

La mundialización del islamismo no es separable de ese recurso constante a los Protocolos de Sión que lo descalifica. En el nombre de Dios: “Hesbollah” significa “partido de Dios”. Politización máxima de lo teológico-político. Que arrastra también con ella “una islamización de la teología cristiana” (Bat Yeor). En lo que agrega, al complot de la humanidad de los Protocolos de Sión, un complot contra Dios. El odio llevado a lo cósmico. Pero el hombre de izquierda no lo ve. El hombre de derecha, por su parte, sigue siendo antiárabe.


Una retórica de la inversión

Hay una retórica en esta maquinaria. Una retórica de la inversión. Y funciona. Esta retórica pone en escena una conspiración judía contra el islam, mientras que se asiste a una maniqueización islamista del mundo. El gran Satán es el agresor. Inversión de posturas, de víctima en verdugo: la cruz gamada sobre la bandera israelí, y el palestino víctima del neonazi israelí. Asimilación del sionismo a un racismo en 1975 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, antes de que esta resolución sea abrogada en 1991. Sin que ningún término aquí siga siendo inocente, ni el de “Palestina histórica” como tampoco el de “colonos”. Y si el sionismo es un racismo, es una amenaza para el mundo entero, un genocidio de musulmanes. Esas ultranzas retoman la causa hitleriana: son los judíos quienes empujan a la guerra. Antes, era la segunda, ahora, la tercera guerra mundial.

Es la inversión del “atraso” musulmán en antimodernidad. Aquí se haría bien en leer, releer, la conferencia de Renan en 1883, “El islamismo y la ciencia”. Ya que permanece sorprendentemente moderna, disociando civilización árabe e islam, mostrando que la civilización árabe es grande cuando el islam es débil, y que ella se debilita cuando él es fuerte, y que “los musulmanes son la primeras víctimas del islam”, oponiendo el fanatismo al “respeto del hombre y de la libertad”.

Pero esos aspectos, no obstante ostentosos, siguen siendo silenciados en los medios a la francesa. Y allí se muestra más a un niño palestino muerto que a un niño israelí muerto. Los muertos no tienen la misma valencia mediática, según el campo en donde están muertos. Es verdad que los palestinos tienden a exhibirlos, no así los otros.

Amalgama fanatizante por un lado, silencio sobre esta amalgama del otro. Dos consensos complementarios. No hay por qué asombrarse que ese pantano vea hacerse público un enano que niega ser antisemita pretendiendo que hay demasiados judíos en ciertos medios, y que están por todas partes. ¿Antisemitismo? No. Solamente una vieja tradición francesa.

Pero estos silencios son estruendosos. Y la solidaridad manifestada se vuelve una solidaridad con toda esta construcción fantasmática. Siempre el viejo socialismo de los imbéciles – el antisemitismo – que toma posturas ventajosas.


Un fascismo de un nuevo tipo

El colmo de lo grotesco es que, de hecho, el hombre de izquierda aplaude el llamado a una guerra de los mundos en la que Huntington con El choque de las civilizaciones es el profeta. El hombre de la laicidad favorece una guerra de las religiones, en donde la democracia, asimilada al ateísmo, es sospechosa de todos los vicios. El racionalista se vuelve el acompañante de una cultura del odio y de la muerte que mitifica la historia. Cómplice pasivo, complaciente. Espectador de una ficción heroica y victimaria, demorada en un sueño revolucionario, el alma bella ve solamente lo que quiere ver.

Versión nueva de lo que Sartre llamaba el “demócrata abstracto”: de ahí una prohibición de la crítica, lo islámicamente correcto. No se critica al islam, sino se es islamofóbico. Todo el lugar al rechazo islamista de toda pluralidad-diversidad. Nada mal para un laico.

Pero es un fascismo de un nuevo tipo que así se deja instalar, creyendo que se lo reprueba. Una pasividad postmuniquesa, un pacifismo blando, por ende una complicidad con “el infame”. Primeramente, el negacionismo: según un diario palestino, es “la ficción del Holocausto”. Y el negacionismo es un postnazismo.

Una vez más el hombre de izquierda es un tonto, como para aportar su solidaridad al rechazo de la democracia. Se toma por un humanista, pero es amigo de la oumma, la comunidad de creyentes, se volvió sin saberlo un oumanista.

Como el estatus que se reserva a la Revolución Francesa lo demuestra, hay una solidaridad histórica entre los enemigos de la democracia y los enemigos de los judíos. No se puede a la vez condenar el terrorismo internacional y no escuchar todo lo que dice. Es no entender la permanencia de la advertencia de Saint-Just: “No hay libertad para los enemigos de la libertad”. Que provoca en algunos aires de espanto. Si se deja hacer no habrá en efecto más libertad. En lo que no se trata de ninguna manera de oponer una intolerancia a una intolerancia, sino de desenmascarar e impedir la intolerancia en su trabajo de odio y de muerte.

El enemigo de la humanidad es lo teológico-político. La ética, teologizada. Lo político mitologizado. Y el humanismo de izquierda, durmiendo sobre su anticapitalismo, mitologiza en coro con el anticapitalismo islamista. No hay peor ciego que aquel que no quiere ver. Mientras que en el nombre de Alá se enseñan Los Protocolos de Sión.

El discurso palestino se deshonra y se autodestruye recurriendo a ese posthitlerismo. El discurso propalestino, lejos de ayudarlo, lo hunde en el horror. La única cosa que queda ilesa, en esa carnicería, es su buena conciencia.

Así hay una demagogia del silencio. El amplificador de la prensa no está enchufado. Lo insostenible es pues inaudible. Ante ese silencio hay un deber de resistencia. Es la libertad, el pensamiento, la vida como un solo conjunto inseparable que está en peligro. Para todos. Incluyendo a los palestinos.


Henri Meschonnic

(Publicado bajo el título La demagogie du silence: le devoir de resistence en Information juive de julio-agosto de 2002).

Traducción: Rodrigo Grimaldi.