lunes, 11 de octubre de 2010

De la crítica de la sociedad industrial a su gestión. Pierre André Taguieff




En los años 1960, el pensamiento crítico de vanguardia, fuera el neomarxista o libertario, privilegiaba la denuncia de la “sociedad de consumo”, que supuestamente integraba a los individuos como consumidores pasivos a la sociedad mercantil que los despolitizaba y los descerebraba por un inmenso sistema de seducción y de corrupción de los espíritus.
La idea de un nuevo servilismo en y por el bienestar se ha largamente difundido en el espacio intelectual.





Los teóricos marxistas de la alienación le han dado sus cartas de nobleza filosófica. El imperativo de consumo se ha vuelto el imperativo principal del pensamiento crítico, alimentado por el cuestionamiento de las innumerables “falsas necesidades” creadas por el sistema mercantil. La revuelta intelectual contra el Sistema apuntaba ante todo a la potencia de la uniformidad.
La nueva idea de una servidumbre en y por el bienestar se ha desde entonces largamente difundido en el espacio intelectual. Los teóricos neomarxistas de la « alienación » le han dado sus cartas de nobleza filosófica.



El imperativo de consumo se ha vuelto el blanco principal del pensamiento critico, alimentado por el cuestionamiento de las innumerables « falsas necesidades » creadas por el sistema mercantil. La revuelta intelectual contra « el Sistema » apuntaba ante todo a la potencia de uniformidad que le era atribuida, y a la artificialidad creciente de la vida que implicaba.
La uniformidad impuesta por una violencia simbólica indolora, tenía la imagen de una nueva represión sexual de rostro liberal o tolerante, he aquí lo que parecía marcar el surgimiento de un nuevo totalitarismo, común al paso uniformizante propio de las « sociedades industriales avanzadas».
El filosociólogo Henri Lefebvre denunciaba la «sociedad burocrática de consumo dirigido » ilustrada por el Estado- providencia a la francesa.
La « contestation » de los rebeldes radicales apuntaba sobre un conjunto de « reducciones » estigmatizadas como amputaciones, empobrecimiento, las privaciones no conscientes.
Reducciones «consumicionistas » en cadena : el hombre reducido a su apetito de consumir , el bienestar al consumo de objetos siempre nuevos, la cultura al consumo de productos estandarizados, de espectáculos divertidos ofrecidos por la « sociedad del espectáculo » denunciada en las letanías de Guy Debord y sus discípulos.
De ahí el examen de « el hombre unidimensional » por Hebert Marcuse, asimismo seguido por la “juventud contestataria” que se conocía en una mezcla de pesimismo y de utopismo “alter”(la salud para los jóvenes, los no Occidentales, los marginales).
El análisis crítico de la « industria cultural », según la expresión introducida por Theodor W. Adorno, se ha impuesto como uno de los principales útiles teóricos de este « gran rechazo » pronunciado ante la «sociedad de consumo ».
Este movimiento del pensamiento crítico « radical » ha culminado en mayo 68. Bajo las reivindicaciones festivas alardeadas se percibían sin embargo ciertas exigencias de austeridad y de vida frugal, el espíritu de igualdad y cooperación en el seno de pequeños grupos autónomos, donde la “vida en comunidades”, fuera de los límites del “Sistema” (trabajo asalariado, familia triangular, sentimiento nacional) había sido una tentativa de realización al principio de los años 1970
Pero cuando las utopías se realizan, son inevitablemente capturadas por un efecto perverso. Las “comunidades” utópicas se han disuelto, minadas por la fuerza de atracción del “Sistema”(el dinero en primer lugar). Revancha antropológica de la sociedad capitalista.Los contestatarios del 68, grandes consumidores de utopías, son integrados numerosamente en « el Sistema » desde los años 1970, y ocupan las postas del poder, lo cual podía hacer creer que ellos lo transformarían desde el interior.
Nada de eso ha ocurrido.
La « sociedad de consumo » ha logrado absorber a sus críticos más intransigentes y a neutralizar a sus enemigos más irreductibles, empujando a estos últimos al infierno de la acción terrorista o la criminalidad extremista (Acción Directa). Ella se ha asimismo reforzado por el ejercicio de su facultad de asimilar a todos los niveles de lo heterogéneo, el desviado, el refractario, el rebelde. Es así que, hecho discursivo emblemático, la expresión « industria cultural » ha perdido el aspecto crítico que tenía en sus usos izquierdistas, para transformarse en un banal término descriptivo del lenguaje administrativo y de gestión.
La despreciable y odiada « industria cultural » se ha vuelto una empresa inmensa subvencionada, una cuestión de Estado. La normalización se ha acelerado hasta hacer perder todo sentido a la oposición izquierda – derecha: por un cambio de lugar que nadie esperaba, la izquierda ha pasado insensiblemente al campo de la conservación y la defensa del statu quo (« defender lo adquirido »), en tanto que la derecha se afirma con júbilo como el cambio (« todo se vuelve posible »).
El socialismo ha cesado de obrar como una mística apta para sublevar las almas, para no ser sino una modesta técnica de redistribución de las riquezas que permite a los demagogos profesionales ganar elecciones. Cierto, la izquierda tiene una marca, pero su cotización ideológica está en baja. Pues la redistribución, último vestigio de la utopía socialista, ha sido reemplazada por la creencia en la « regulación” salvadora, celebrada de común acuerdo por la izquierda y la derecha.
¿Se puede sin embargo imaginar sin reírse el surgimiento de un entusiasmo militante de masa a favor de la « regulación mundial? »
Más significativamente todavía , en el curso de los años 1990 et 2000, el antagonismo entre extrema izquierda y extrema derecha se ha borrado progresivamente sobre el plan del discurso, ambos extremos coinciden sin embargo en el odio al capitalismo globalizado, de « el Occidente imperialista », de la América bajo control « sionista » y sobre todo a Israel.
Este nuevo campo de la contestación radical, agrupa los subversivos y los revolucionarios de todos los orígenes intelectuales, deriva a veces hacia dudosas alianzas con medios islamitas, que han recogido y reinterpretado la herencia del viejo tercer mundo marxista.
El balance global, para la sociedad francesa, puede ser resumido por una simple constatación, formulada triunfalmente, a fines de septiembre de 2009, por un comunicado periodístico: « Los servicios consumen tres veces más que hace cincuenta años » Tal es en efecto el resultado de un estudio de El Insensato sobre el consumo de los franceses entre 1960 y 2007. Informan que los servicios domésticos franceses consumen más, pero de otra manera: gastan menos para su alimentación o su vestimenta y más para su alojamiento, sus desplazamientos, su comunicación, su salud y sus « loisirs » (término a punto de reemplazar la palabra en desuso « cultura »). Los consumidores no se plantean preguntas, pero saben responder al menos a una: « ¿Qué elegir? ». La ideología « pro-elección » es la ideología espontánea de los consumidores enterados. Le consumismo está sin embargo en todas las cabezas, la utopía contestataria de los setenta, ha tenido que refugiarse en el residuo ultra marginal de los partidarios del « decrecimiento ». De ahí este comentario periodístico sobre el consenso: « El consumo sigue siendo el motor de nuestra economía » Se habría, luego, escapado a lo peor: los ciudadanos se han trasformado en consumidores.
Los únicos conflictos que los oponen verdaderamente apuntan sobre la desigualdad de su acceso a los bienes de consumo. La envidia, los celos, el resentimiento son en efecto pasiones que resisten a todas las conmociones históricas. La vigilancia igualitaria/consumista ha sustituido a la vigilancia antifascista. Tal es la triste realidad que se oculta detrás del diagnóstico de quienes piensan la posmodernidad como el “fin de los grandes relatos”: una individualización extrema. Una vez liberados de los metarelatos de liberación del género humano, los representantes hexagonales de este último no han hecho más que abonarse a 60 millones de consumidores (« La revista que les devuelve el poder a los consumidores»).
La « vida buena » buscada por Aristóteles ha encontrado su definición final: el « bien consumir » juntos, con igualdad o casi. Tal es el corazón sin alma de la sabiduría posmoderna. Queda por saber si este bienestar asistido resistirá a los efectos supuestamente previsibles del calentamiento climático no menos que a las medidas tomadas apresuradamente para combatirlo. El porvenir del bienestar es incierto.





Traducción: Luis Thonis

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