martes, 9 de diciembre de 2008

La fuente turca: la guerra de 2006. El conflicto palestino-israelí.



“Para mí, hay dos medios de llegar a alguna cosa: la América y los judíos”; Paul Claudel, Journal, 1950.

Hasta 1970, el Líbano era llamado "la Suiza del Oriente Próximo", el país del cedro era un vergel hasta que Arafat, expulsado de Jordania, lo ocupó ese mismo año volviéndolo cárdeno y ensangrentándolo definitivamente, inventando el mito palestino y utilizándolo como base para atacar Israel. Aquí damos dos versiones distintas de los hechos que desencadenaron la última guerra del 2006. Mi toma de partido es por los hechos concretos que cuenta Claude Lanzmann.
La versión que dan Chomsky y sus amigos es tan falaz que resultaría tan cómica como los elogios que en su momento Saramago hizo de Pol Pot - si no se tratara de un genocido comprobado sobre los cráneos de dos millones de personas en tres años – o Chomsky ( que desfachatadamente niega hasta hoy ese genocidio) que afirmó que Fidel Castro era un héroe para América Latina, “independientemente de lo que uno pueda pensar”.
No hay nada independientemente que uno pueda pensar: pero los ideólogos del estado universitario global forman parte de una mafia que trabaja para lavar y tranquilizar las buenas conciencias.([1])
El documento que se publica abajo- Israel es el verdadero responsable- es una inversión de la cara de la prueba y un monumento universal de la infamia firmado por Noam Chomsky, José Saramago, Harold Pinter y Jhon Berger, dementido por el propio Hezbollah. No es ajeno a los métodos de Mein Kampf que practica Irán para tantear la opinión mundial desde un enunciado "loco"- hay que borrar a Israel del mapa- y produciendo una serie de hechos y efectos donde la guerra de informaciones toma la delantera con la complicidad de los bienpensantes del mundo. Tienen a su favor la tradición del nihilismo occidental y lo que llamo " el negocio de los pueblos oprimidos", del que la enseñanza de nuestras universidades dan prueba.






Se trata en último término de sustituir la Shoá por la Nabka palestina. En la guerra de los mundos - primera plano- Jerusalem es el blanco y la madre de todas las batallas.







Nada fue tan evidente como la guerra de 2006, incluso fue anticipada en nuestros medios por un artículo de Claudio Uriarte, Esto significa guerra, cuando Hamas ganó las elecciones en Palestina.
La declaración de Chomsky y Cía ha sido escrita especialmente para Chomskylandia, o el gran Kindergarden construido a la medida de los apaciguadores. Así la historia denomina a los que mantuvieron contra toda evidencia un pacifismo ciego y suicida ante Hitler que dio lugar al vergonzante Munich donde Europa sacrificó a los checos. Hoy se quiere sacrificar a Israel como prenda de paz. Ni bien tuvo en sus manos a Checoslovaquia, Hitler preparó la invasión a Polonia y recién entonces se le declaró la guerra. Sin ir más lejos, la paz de Dayton, 1995, posiblitó el genocidio de Sbreninca. Que la guerra sea lo contrario al genocidio, no el Mal sino un mal que se hace para evitar males mayores es algo impensable para los consumidores contestatarios de los citados ideólogos.






Hoy los ideólogos del estado universitario global – Chomsky, Vattimo, Agamben, Zicec, Ignacio Ramonet, Alain Badiou – preparan un gran Munich pintando el mundo a medida de un Kindergarden: si el existe el mal es porque hay un estado que molesta, Israel, y unos yanquis malvados que quieren quedarse con el agua y el petróleo en el mundo y por eso llevan la guerra a países de culturas diferentes. La tarea de los ideólogos es atribuir cualquier catástrofe a Estados Unidos e Israel, dos democracias de sólidas instituciones. Una visión contraria a la de Claudel en pleno ascenso del nazismo.






La situación de Cuba, por ejemplo, se explica por un supuesto bloqueo – es sólo un embargo comercial, que por otra parte supone el hecho grotesco de que a ese país le va mal por no negociar con el “imperialismo”- y las desgracias de los palestinos, objetos de la mayor ayuda internacional que se conozca, se deben a Israel, nunca a sus dirigentes.
Consecuencia: Castro puede matar y encarcelar a gusto y Hamas y otras organizaciones mandar a sus jóvenes mártires a hacerse explotar, previo lavado de cerebro. Estarán obrando a favor de los oprimidos.
Así de miserable y abyecta es la argumentación de los ideólogos que han transformado las universidades en grandes ratoneras donde los retratos del Che se mezclan con el “ todos somos Hezbolá” que gritó gran parte de la izquierda argentina ante la embajada de Israel. Nótese el tema de las armas: si se disparan continuamente, incluso bajo el proceso de paz, cohetes “artesanales”, ¿qué sucederá cuando dispongan de armas de destrucción masiva? ¿Tendrán que alcanzar la proporción ideal? Es uno de los interrogantes centrales de la nota de Lanzmann. Los ideólogos ya han dado la respuesta en la guerra de Irak: hay que esperar que las usen contra las poblaciones civiles para comprobar su existencia. Luego, no hay que impedir los avances del programa nuclear iraní y dejar que Hezbolá consiga artefactos más letales.
Para estos ideólogos no existen los hechos objetivos. Lo ilustran los conceptos que Gianni Vattimo pronunció en el Festival internacional de literatura, auspiciado en el Malba por la revista Ñ en noviembre de 2008. Para él no existen los “hechos objetivos” y la “verdad objetiva” es una construcción de quienes dominan el mundo. No lo dominan, por supuesto, el régimen criminal de Sudán, Jartum, que desde 2004 inició un genocidio en Darfour que lleva ya entre doscientas y trescientas mil víctimas ante la mirada “multilateral” de la ONU – esta vez EEUU no intervino, de haberlo hecho hubiera sido acusado como en Bosnia o Kosovo – ni los Tribunales islámicos en Somalía – que lapidan mujeres – ni los chinos que llevan a cabo un programa de represión – tras genocidio – en el Tibet, ni los fundamentalistas que hacen limpieza étnica en Tailandia, entre otras regiones. No, el poder malvado, que se niega al diálogo que todo lo salva, son los militarizados Estados Unidos.
Vattimo, por supuesto, está en contra de la dominación y responsabiliza a Platón de eso porque en el filósofo griego el maestro es poseedor de la verdad objetiva. Yo reprocho a Platón que haya cerrado las puertas de su República a Esquilo por el matricidio de Orestes pero no puedo culparlo de los atentados del 11 de septiembre y la larga serie que se extiende hasta las 180 víctimas de Bombay. Vattimo está contra Platón, Badiou a favor pero es el mismo combate por destruir las pocas neuronas que quedan en Occidente. Por cierto que uno puede engañarse respecto de la verdad objetiva, pero aquí se trata de la mentira calculada, voluntaria y de una maquinaria aceitada en la producción de lo falso por lo falso: “la fuente turca” es prueba. El gran matriarcado es hoy una matriz ideológica donde todo lo que suena a judío o a cristiano es objeto de exorcismo y donde un Occidente totalmente femeneizado y pacifista debe contribuir silenciosamente a su propia desaparición.
Sin pelos en la lengua, Michel Houellebecq ha enunciado este programa: “ Todo enemigo de la libertad individual puede devenir un aliado objetivo. Yo no tengo un enemigo sino el libertario, el liberal”.
Casi todos los asistentes a nuestro Festival de literatura podrían adherir a la consigna que explica el tipo de nihilismo pseudo festivo que es hoy la medida de la cultura de Occidente. Por eso no “existen” los escritores que se niegan a desaparecer como tales, por ejemplo, Maurice Dantec, y no participan en este colaboracionismo sórdido y general que diezma a los sujetos.
El gran Kindergarden y su clausura monástico progre tiende a ocultar que el desierto crece entre explosiones. Nadie quiere enterarse.
El poder lo tiene sólo Occidente, mejor dicho, Estados Unidos, y el terrorismo sólo es usado para denunciar la “violencia disciplinaria” en este país. Este bienpensante ignora que ya se han impedido varios atentados en los Aeropuertos, algo que como saben los israelíes a veces es cosa de segundos.
Veamos algunas consecuencias del método de lectura de Vattimo: los atentados del 11 de septiembre no fueron un hecho objetivo, usted puede inventar a gusto la fábula que quiera, que fueron un autoatentado, por ejemplo, para robarle el petróleo a países que se va a explotar o un sueño del “espectáculo” como lo sugirió un lector de Debord que sin embargo celebraba el hecho que negaba. O que Bin Laden era un socio de Bush que se dio vuelta y que al fin de cuentas los yuppies aplastados no pertenecían al género humano.


La filosofía de Agamben, Zizec, o Vattimo insiste en el tema de la militarización de la sociedad norteamericana – lo que es totalmente falso - pero no dice una palabra de los que se pudren en las cárceles de la Cuba castrista o en el Belarús de Lukachenko, país donde la desaparición de personas fue indiferente a Rafael Bielsa, que votó en contra de la investigación en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, representado al gobierno de Kirchner. Hizo lo mismo con Cuba: las violaciones de los derechos humanos: dijo que no le constaba pese a que sea la dictadura más criminal de toda la historia latinoamericana, blanqueada por sucesivamente por generaciones de intelectuales financiados desde La Habana por míseras prebendas y honores culturales.
Sucede que los ideólogos del estado universitario global – que manejan un complejo sistema de becas, subsidios, la intimidación y las formas más sordas de chantaje – operan para lograr la inmunidad diplomática – o “revolucionaria”- de las peores dictaduras que simplemente no existen.
Ya que Vattimo quiere dialogar sin el estilo autoritario occidental no estaría mal que le reclame al gobierno iraní los funcionarios vinculados a los atentados a la Amia y la Embajada de Israel, o vaya a Zimbaube o Corea del Norte a exigirles a Mugabe o a Kim Il Jong que no dejen morir de hambruna a miles de personas o al presidente de Sudán que detenga el genocidio porque no hay mejor cosa en el mundo que el diálogo. Bin Laden en Tora Bora está ansioso de esperar una propuesta, incluso si está muerto, tan dialogista es este defensor de los oprimidos. También Ayman al Zawahiri, que desde el primer momento declaró la guerra a muerte a cruzados y judíos, se muere por asistir al Boillon de Culture, el hombre es democrático, sin duda, pero para dialogar la culture piensa más Francia que la Argentina, incluso un periodista como Pívot parece más inteligente que algunos de nuestros periodistas cultos que sucumbirían de un ataque cardíaco, habida cuenta del pánico que demuestran cuando se roza estos temas. Irán, Hezbolá, Hamas y los Hermanos Musulmanes, Siria y Sudán ya se están cansando de tanto esperar una oportunidad de paz, que, como en los tiempos de Munich, tiene como condición primera la desaparición de Israel. Después de todo, como dijo un ministro francés, es un pequeño país de mierda.
Vattimo, Chomsky, Badiou y toda la nueva runfla de negacionistas pop son el vómito más nihilista y rastrero que ha conocido en su historia Occidente. Usan los métodos de Goebbels – como la UNESCO en sus programas para los niños palestinos – pero para un público cautivo que se aturde con sus consignas descerebradas para no reconocer la depresión profunda que los trabaja. Y que repite y reproduce sus mentiras a escala global.
Los pensadores de Chomskilandia no reconocen que la política de seguridad de Bush logró evitar un nuevo atentado en Estados Unidos.
De haber ocurrido, lo habrían acusado precisamente de lo contrario. Vattimo y Agamben se muestran extremadamente liberales con los países democráticos y extremadamente tolerantes con países donde la intolerancia es ley, es decir, hay terrorismo de Estado u organizaciones terroristas más poderosas que los estados mismos. Los únicos estados de excepción para Agamben existen en los países democráticos y las dificultades para entrar a un país por razones de seguridad lo convierten en un régimen tan concentracionario como Cuba o Corea del Norte donde no existen los derechos más elementales.
Son, además, increíblemente permisivos con las petromonarquías árabes y no hablan de los intelectuales, que como Robert Redeker en Francia tienen que vivir en las sombras por haber criticado al terrorismo islámico. Más que un estado de excepción se trata de un estado en el interior de un estado. Un individuo, Robert Redeker, filósofo y colaborador de Le Temps Modernes, vive como una rata por haber defendido por la libertad y el silencio de la prensa y los intelectuales del mundo es sugestivo: el pánico ha ganado la batalla. Los Redeker y las Hirsi Alí – la valiente somalí que escribió el argumento del film del asesinado Teo Van Gogh sobre la situación de las mujeres musulmanas – deben vivir prisioneros por haber hecho uso de las facultades constitucionales que le otorgan sus respectivos estados. Agamben sin embargo no vacila en identificar Occidente con estados de excepción y a estos con los totalitarios. Con lo cual borra de un trazo al mismo tiempo al totalitarismo lenino soviético y al terrorismo islámico bajo el eufemismo de “culturas diferentes”.
El siniestro método de Chomsky y Cia es de uso común en parte de la prensa argentina.
Para Claudio Mario Alsicioni ([2]), el atentado de noviembre en Bombay se debe a la “guerra antiterrorista” de Bush, con lo cual repite la misma lectura que se hizo de todos los genocidos desde Bosnia en adelante atribuibles a cualquiera que no fuesen sus autores. Del mismo modo que el ataque de Putin a Georgia la tuvo la independencia de Kosovo – como si esto fuera un grave pecado – según las pautas de lectura de Le Monde Diplomatique, Alsicioni, pasa por alto que esto sucede en momentos de un hecho inédito: por primera vez el gobierno de Pakistán- que salió de una dictadura - se mostraba dispuesto a dialogar con la India. El atentado surge precisamente no por la falta de diálogo sino porque lo hay, India es una democracia y Pakistán comienza a serlo y como sucede con la paz entre Israel y Palestina al terrorismo, en retirada gracias a la guerra, no le interesa que ocurra eso. En parte, se debe a la guerra antiterrorista de Bush, es decir, a la victoria en Irak – es decir la estabilidad de una democracia en la región - porque Al Qaeda ha sido derrotado y el eje se desplaza al eje Afganistán – Pakistán - India.
La India es un blanco propicio porque es una democracia estable que respeta a las minorías musulmanas que se han beneficiado con el crecimiento de un país cuya población adhiere a la economía de mercado. La India ha hecho avances enormes y ha contribuido al cambio de la economía global. A diferencia de China, gobernada por una dictadura, en la India existe una creciente sociedad civil que se ha ido independizando del estatismo burocrático de Nehru, un tipo de estado corporativo jacobino que en la Argentina es idolatrado. La economía Pakistaní depende de la India y el nuevo gobierno pakistaní apunta a una reconciliación mediante una comunidad económica única.
El periodista se pregunta que hará el nuevo ocupante de la Casa Blanca que ha nombrado a un asesor de la anterior administración en el aspecto militar y en ciertos aspectos plantea una estrategia más ofensiva. No necesita una fuente turca para enunciar lo que le viene dictado por los ideólogos. Ellos son la fuente.
Obsérvese que la perversidad más abyecta recorre todos los párrafos de la denuncia de Chomsky y sus pares: el conflicto habría sido causado porque el día anterior hubo un secuestro israelí que sólo informó la “prensa turca”, algo que por la gravedad del caso hubiera necesitado de mayor precisión. Ni el mismo Hezbolá, que se enorgulleció de haber iniciado la guerra – violando los acuerdos que obligaban al estado libanés a desarmarlo – reconoció estos hechos.
Ese “día anterior” funciona como un tiempo mítico: una fuente turca se dice, dijo que los israelíes hicieron un secuestro y ahí están las consecuencias. Es el mismo método con el cual Hitler justificó la invasión a los Sudetes – mil veces prometió que era su único y último reclamo -, para salvar la sufrida minoría alemana, afectada por hechos producidos desde Berlín por agentes infiltrados.


En 1937, Chamberlain adhirió a la política del “apaciguamiento” propiciada por los ideólogos del momento –el exquisito Litton Strachey pedía la abolición del ejército inglés como prueba de buena voluntad ante Hitler – que se basaba en concederle al Tercer Reich todo lo que éste exigía. De marzo a septiembre de 1938 se va gestando un proceso que culmina el 15 de marzo de 1939 con la ocupación de Praga, que viola de modo flagrante el acuerdo de Munich. Arafat y secuaces harán escuela de esa política de promesa y ruptura, apuntando a su objetivo final.
En ningún momento Chomsky y Cia toman en cuenta que el hecho ocurre cuando el proceso de paz estaba avanzado y la ONU debía tratar el programa nuclear iraní. O que la ocupación “ilegal” de Cisjordania se debió a ese intento de genocidio que se intentó en la Guerra de los Seis Días. Y que Israel devolvió Gaza reprimiendo a su propia población como hoy sanciona a los colonos de Hebrón que han hecho burlas a Mahoma. Dos pesos, dos medidas: la justicia no existe para los pobres palestinos y nunca existirá mientras los Chomsky y sus secuaces sigan invirtiendo las pruebas, exceptuando de crítica a quienes el mismo Mahomud Abbas consideró terroristas. En efecto, tras la entrega de Gaza, las facciones palestinas no han cesado de matarse entre sí y mantener con sus aliados de Hezbolá a la población bajo el terror.
Albert Cohen señaló que Churchill fue el primer político que se atrevió a insultar a Hitler. El hoy considerado genio maligno del mundo, George W. Bush, se atrevió a insultar a los talibanes y, tras un momento de falsa piedad tras el atentado a las Torres tuvo a todo el mundo contra sí al pronunciar la palabra guerra.
El lacano revisionista Zizec – un negacionista flagrante de los crímenes documentados en el Libro Negro del comunismo – llegó a pedir que se torture a Bush por Guantánamo, aunque los talibanes prisioneros prefirieron quedarse ahí antes de caer en manos de Putin como lo demuestra el trabajo de Eric Marty sobre Agamben. Ninguna mención para Bin Laden o Moqtada Sadr ni para Nasrallah. Ni cómo la presencia de Israel activa por sí sola la guerra de los mundos: estados que no tienen conflictos de ningún tipo con él como Irán preparan un programa nuclear para borrarlo del mapa.
Hay lacanianos que confuden a Lacan con Badiou que simula el significante- que no es sino un conjunto de sinonimias- y piensan que “el terrorismo es una palabra vacía”, pero entran en pánico ni bien oyen un petardo navideño.
A estos denunciantes les importa muy poco el tema de la tortura, de lo contrario no hubieran defendido regímenes donde se la practicó sistemáticamente como en Cuba - y todavía – sino que el odio a Bush tiene que ver con el estallido de las ilusiones que significó ver a un político que decide dar un paso adelante – en vez de defenderse como en la Guerra Fría ante el avance soviético en tres continentes – a favor de la soberanía occidental, modificando el mapa del mundo para siempre, irreversiblemente, demostrando que el tercermundismo y su cuento de los pueblos oprimidos sólo servía para imponer dictadores – la serie es innumerable, Castro es solo un ejemplo –o defenderlos – el genocida Saddam Hussein convertido en mártir pese al genocidio de kurdos y chiitas - pasando por alto instituciones siniestras tipo ONU que ha favorecido o sido indiferente a los últimos genocidios del pasado siglo.
Bush es responsable de muchas cosas, por ejemplo, del enorme déficit fiscal de EEUU – aunque no de la crisis ya que la Reserva Federal es independiente y en ella tuvieron mucho que ver las clases medias americanas y europeas- pero en cuanto política internacional ha tenido algunos logros: acercándose a China neutralizó el programa nuclear norcoreano, aliviando a Japón, solucionó el tema Taiwan por una salida democrática y pacífica, terminó con el régimen de los talibanes en Afganistán y la posibilidad de la expansión del baasismo ( la mayor fuerza militar de la zona entonces)con la invasión de Irak, apoyó los procesos democráticos en Georgia, Ucrania, Kirguistán, la independencia de Kosovo y la alianza con toda Europa del Este donde es considerado un personaje popular vivado por las multitudes, sostuvo a las repúblicas bálticas como Estonia y Lituania contra el centralismo zarista de Putin, el apoyo militar al presidente Uribe – que periodistas parafraseadores de Le Monde Diplomatique como Oscar Raúl Cardoso asociaban a los procesos del setenta – alejó a las Farc de Bogotá hasta arrinconarlas y derrotarlas casi definitivamente rescatando rehenes.
Pepe Eliaschev, solitario mentor de hechos objetivos, en un extenso reportaje a un militar colombiano demostró que el ejército de Uribe nada tiene que ver con los militares entrenados durante la llamada guerra fría que dejó más víctimas que la Segunda Guerra Mundial. La historia con más distancia reconocerá el arte diplomático de Condolezza Rice y el genio militar del general David Petraeus que dio un giro decisivo a la guerra a partir de los refuerzos del 2007.
Bush logró buenos acuerdos con México, entró en excelentes relaciones tecnológicas y económicas con Brasil según Alexander Adler. Si se le atribuye la culpa de la crisis actual, también habría que reconocerle que el mundo en ocho años creció a un ritmo vertiginoso, nunca visto, arrancando a poblaciones enteras de la hambruna – en Vietnam, Nigeria, China e India – y favoreciendo a la Argentina que , además de atribuirse el mérito del llamado viento de cola – de no haber habido un golpe de estado, el gobierno radical hubiera hecho un gobierno brillante con esos precios internacionales - desaprovechó la bonanza a diferencia de Brasil y Chile: ni siquiera pudo hacer una política agropecuaria sensata que favorezca las exportaciones como los hermanos de la región. Nadie dijo una palabra del proceso que depuso al criminal dictador Charles Taylor en Liberia ( festejado por la población) y de la política última de armar al ejército del Líbano, país tomado como rehén por Hezbolá luego del retiro de las tropas sirias y los asesinatos del ministro de industria y el primer ministro Rafiq Hariri que Siria con otros aliados impidió investigar en la Onu. Hariri fue asesinado el 14 de febrero de 2005 por la explosión de un coche bomba y estuvieron implicados los servicios sirios: tres días antes de hacerse público el informe de la ONU, el principal implicado, Ghazi Kanaan, se suicidó. Estos asesinatos desencadenan las multitudinarias manifestaciones que dan lugar a la revolución del cedro.

Por la movilización de la gente sumada a la presión de Estados Unidos, Siria retiró desde marzo hasta abril los 14000 soldados que ocupaban Beirut. El jefe de Hezbollah, Hasan Nasrallah, convocó a una gran manifestación para el martes 3 de marzo "en agradecimiento a Siria por las cosas positivas realizadas en el Líbano". Y rechazó la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU, que suponía el retiro de los soldados sirios y el desarme de las milicias, algo que Hezbollah debía haber cumplido desde la paz del año 2000 y lejos de haberlo hecho siguió armándose con el apoyo de Siria y de Irán y preparando una infraestructura para resistir los bombardeos: no hubo nunca la mínima vocación de cumplir la paz firmada. El 12 de julio de 2006 capturan dos soldados israelíes- Ehud Goldwasser y Eldad Regev- incursionando en territorio de Israel, en la ciudad fronteriza de Aitta al-Chabb y bombardeado varios poblados y asentamientos agrícolas israelíes, hiriendo a cinco civiles, y atacando una patrulla israelí. Resultado: ocho soldados israelíes muertos y otros dos capturados.


No hay que dejar de lado que los integrantes de Hezbollah se consideran iraníes. Estaban vencidos por la revolución del cedro y la guerra contra Israel fue un modo de recuperarse hasta tomar como rehén el país. Actuaron en combinación con Hamas que arrojó todo el tiempo sus cohetes Quassam y cruzó la frontera de Gaza mediante un túnel de 250 metros para atacar un puesto de control israelí donde murieron dos milicianos palestinos y dos soldados israelíes, y se produce el secuestro del cabo Gilad Shalit. La ONU consideró desproporcionado el ataque a las bases militares de Hezbolahh en el Líbano. Los Chomsky hicieron su trabajo utilizando las técnicas de Mein Kampf. Ningún intelectual argentino se dignó a leer la carta fundacional de Hamas donde se puede leer que quieren comerse a los judíos que "se esconden detrás de los árboles". Así se fue revirtiendo la situación en la gran Matriz de la opinión mundial: Israel era el culpable. La ola anti fundamentalista de la revolución del cedro fue apagada por el comprensible nacionalismo: Hezbollah apareció como defensor de la nación y fue ganando cada vez más poder hasta tomar el país como rehén.


La obomanía que se apoderó del mundo es un efecto de la hegemonía de los ideólogos de estado universitario global. En Estados Unidos, Obama ganó por el 53% de los votos, es decir, sucedió algo habitual en un país democrático. Obama y su rival tuvieron entre ellos más elogios que críticas, pero en la escena mundial los charlatanes planteaban una guerra de vida o muerte y tuvo un apoyo que va del 80% para arriba. Esto indica que la población letrada mundial ha abdicado de todas las responsabilidades respecto del terrorismo y quiere una política de brazos cruzados. Los ideólogos de la gran dimisión la justifican, incluso la exaltan. De ahí el furor que despertó Obama. ¡Se va Bush y el mal desaparece del universo, podemos volver a los añorados setenta! .

En busca de una “causa justa” que pueda venderse a un público de sonámbulos como en esa época siniestra, recordada nostálgica y depresivamente como un tiempo de nobles ideales. Carlos Fuentes presentó al candidato negro como al mismísimo Mesías. Luis D´ Elía posa con su foto, satisfecho de encontrar con alguien que supuestamente va a aliarse con Chávez.
Obama mismo lo reconoció la victoria en Irak:– victoria que fue lograda en gran parte por la población iraquí que al principio asistió mayoritariamente a las urnas y luego enfrentó a los terroristas - al nombrar a Robert Gates como secretario de asuntos militares, lo que reafirma la política de la administración Bush a la que hará modificaciones, por ejemplo, terminando con la base militar de Guantánamo, aunque el retiro prematuro de las tropas de Irak puede comprometer la victoria. De todos modos, temo que el progresista Fuentes y el fascista D´ Elía pronto no verán a Obama rubio y de ojos celestes.
Volvamos a Chomsky y Cia.
Estos sujetos han sido cómplices objetivos de las mayores masacres y genocidios de los siglos XX y XXI pero gozan de buena prensa. Es tiempo que algunas voces los expongan a la deshonra que largamente tienen merecida. Para lo cual deberán enfrentarse a la farsa de la cultura UNESCO y su apoyo al un nihilismo cultural que apunta a desarmar a Occidente y rifar sus libertades por nada, es decir, por argumentos como la “fuente turca” que muestran los mecanismos ideológicos de la producción de lo falso por lo falso con técnicas afines a Mein Kampf.




Jhon Berger, Noam Chomsky, Harold Pinter y José Saramago ([3])

El último episodio del conflicto entre Israel y Palestina se abrió con el secuestro en Gaza de dos civiles, un médico y su hermano, por las fuerzas israelíes. Al otro día, los palestinos capturaron un soldado israelí, después propusieron negociar el cambio contra cierto número de soldados palestinos – son alrededor de 10.000 en las prisiones israelíes.
Que el “secuestro” de un soldado israelí sea considerado como un escándalo mientras que la ocupación ilegal de Cisjordania y la apropiación sistemática de recursos naturales – en particular de su agua – por las fuerzas de defensa(!) israelíes sean aceptadas como un hecho repudiable pero objetivo: he aquí algo que es típico en la política de dos pesos, dos medidas que Occidente practica como medida sistemática ante esto que resisten, luego de sesenta años, los Palestinos sobre las tierras que les han sido concedidas por acuerdos internacionales.
Hoy, los escándalos se responden, los misiles artesanales cruzan en pleno vuelo los artefactos altamente sofisticados. Estos últimos van a alcanzar su objetivo en las zonas donde los más desheredados se amontonan esperando esto que en otros tiempos se llamaba la Justicia. Las dos suertes de misiles despedazaron los cuerpos de manera muy horrible- ¿quién, aparte de los jefes militares, podría olvidarlo un solo instante?
Cada provocación y contraprovocación es montada en espina y da lugar a lecciones de moral. Pero los debates que resultan, las acusaciones y los juramentos no sirven sino para desviar la atención del mundo de una práctica militar, económica y geográfica a largo plazo cuyo objetivo político no es otro que la liquidación de la nación palestina.
Esto debe ser dicho con voz alta e inteligible pues dicha práctica, solamente expresada a medias palabras y ejecutada secretamente, progresa justamente estos días, y es un deber, a nuestro entender, resistirla y denunciarla siempre donde ella está.

(Traducción: Luis Thonis)












¿Qué queda de las esperanzas nacidas de los acuerdos de Oslo?([4])

Claude Lanzmann

Sabra, Chatila, Jenin, Cana hace cuatro años, Cana todavía hoy, es el mismo clamora desencadenado, en las calles árabes, en nuestras calles, sobre nuestras radios, sobre nuestras pantallas, en las columnas de los diarios, es la misma voracidad casi gozosa ante la palpable evidencia de la criminalidad del pueblo judío, el mismo hipócrita espanto susurrado como una misa por los ciegos de ojos al fin desengañados, el mismo empeño en condenar, a responsabilizar sólo a Israel, a considerar negligentes las muertes israelitas, y también la lluvia de bombas – los llamados cohetes o Katiouscas-, que se abaten cotidianamente y por primera vez en semejante escala sobre la población de un pequeño país como Bélgica, obligando a a 350.000 de sus ciudadanos a refugiarse “más al sur”, ahí donde otras bombas los alcanzarán quizá en los próximos días puesto que Israel está desprovisto de profundidad estratégica.
En el momento en que escribo esto, dudas razonables son emitidas sobre la implicación de Israel en Cana donde lloramos las víctimas. Pero si revela que Israel es el responsable se trata de una impresión borrosa, deplorada y no como las voces estridentes que gritan con júbilo que es un crimen de guerra: “ Nosotros no enseñamos a nuestros soldados a matar inocentes. No es la doctrina del ejército de Israel”, a declarado Ehoud Olmert. Sé, por haber conocido este ejército de cerca que ejemplos innumerables confirman la verdad de sus propósitos.
Israel, antes de estos días, había advertido, por tracs y por radio, a la población a dejar los lugares que la aviación bombardearía, y está visto que Hezbolá oculta en sus camiones plataformas lanza misiles en las ciudades chiitas pobladas, que las dejan para tirar sus salvas y replegarse enseguida. Una palabra extraña se ha pronunciado en mil voces políticas, la de “desproporción”, que Bernard Henri Levy ha sido el primero en revelar como era necesario. ¿Qué desproporción?
Israel, se dice, destruye el Líbano por tres desdichados soldados secuestrados, uno por Hamas, otros por Hezbolá. Se olvida de decir que los cohetes caían ya en Sderot y el sur de Israel antes del secuestro del cabo Shalit y que los soldados capturados por el Hezbolá lo han sido mediante una emboscada donde nueve de sus camaradas encontraron la muerte: ellos patrullaban la frontera norte de Israel, en territorio israelí. Se olvida de recordar que antes de la emboscada, los misiles comenzaban a explotar en los kibuts de la alta Galilea.
El secuestro de Hezbolá sellaba en verdad una declaración de guerra a Israel, que nada tenía que ver con el conflicto israelí – palestino: Mahmoud Abbas y Ehoud Olmert, siguiendo en esto la vía abierta por Ariel Sharon, se dieron el espaldarazo en Amman, ante el rey de Jordania, y el no estaba de un lado ni del otro, un beso de Judas. Los dos querían la paz. Pero esta paz judeo palestina, verdadero suplicio de Tántalo, siempre por lograr y siempre llevada fuera de alcance, preocupa al jefe de Hezbolá de barba florida. No la quiere por nada del mundo, él se preparaba, luego que Israel ha dejado el Líbano sur, para su gran ofensiva, construyendo una formidable red de fortificaciones subterráneas y acumulando las armas más temibles: además de los misiles que dispone profusamente gracias a Siria e Irán, posee cañones antitanques capaces de horadar los blindajes más espesos.
Le Monde a recientemente reporteado al presidente de la República, en particular de sus visiones con Irán y el rol que podría jugar este ”gran país que no se puede ignorar”, según sus propios términos. Extrañamente, nadie le ha preguntado qué pensaba de las más recientes declaraciones de su homólogo iraní Ahmandinejad.
Aquél, en el transcurso de la última Conferencia Islámica, afirmó que el único problema fundamental del mundo musulman era la erradicación del Estado de Israel y del sionismo.¿ Se trata de una manía que no hay que tomar en serio, que no vale la pena ni que se plantee la pregunta?
Nasan Nasrallah, el jefe del Hezbolá, ha dado la respuesta. Esto que se juega es actualmente el primer acto, la gran abertura de esta guerra, cuyo blanco final como hace sesenta años tiene la solución del mismo nombre, es la destrucción del Estado de Israel.
Hete aquí hace largo tiempo que Israel no existiría más si no reaccionara con “desmesura”. El Hezbolá no ignoraba nada de lo que iba a ocurrir: sabía que Tasal aprecia la vida de sus hombres y tendía una trama en la cual Israel no podía no caer. Los bombardeos y sus inevitables víctimas civiles eran parte de esto y Hezbolá ganaba sobre dos frentes: la propaganda y la falta de preparación militar de Israel para afrontar esta guerra de tipo nuevo: a pesar de la alta tecnología israelí, y según una constante de la doctrina del ejército, son los conscriptos de 18 años quienes son enviados a desmantelar las fortificaciones enemigas al precio de pesadas pérdidas.
La sorpresa y la dificultad no eran ciertas ni menores al principio de la guerra del Kippour. Israel, no lo dudemos, tomará la delantera. En eso al menos: los enemigos de Israel tienen la libertad de armarse hasta los dientes y de hacerlo libremente.
[1] En Una generación de granito doy detalles sobre el funcionamiento de dicho « estado » como institución supranacional. Se observa que una verdad que enunciada a título personal por Oscar del Barco suscitó en Buenos Aires oficios que grotescamente parodian los procesos de Moscú.
[2] Claudio Mario Alscioni, Un ######## explosivo en una región clave del planeta, Clarín, 27/11/2008. Es curioso que este diario en política internacional siga los delirios antiamericanos de Le Monde Diplomatique – escuela del negacionista Hobsbwaum – y en la política local, luego de un tiempo de romance, critique la destrucción de las instituciones republicanas llevada a cabo por el gobierno de Kirchner.
[3]C´est Israel le vari responsable, Jhon Berger, Noam Chomsky, Harond Pinter y José Saramago, Le Monde. 26/7/2008.
[4]¿Que reste-t-il des espoirs nés des accords d´Oslo?, Claude Lanzmann, Le Monde, 3/8/2008

domingo, 23 de noviembre de 2008

Guantámano y Auschwitz. Reflexiones de Eric Marty


Éric Marty – Con respecto al “Estado de excepción” de Giorgio Agamben[1].

Guantánamo y Auschwitz

El libro de Giorgio Agamben, Estado de excepción[2] – cuasi homónimo de aquél de Saint-Bonet (El estado de excepción, PUF, 2001), del cual toma además numerosas informaciones sobre las diversas teorías jurídico-políticas del pasado –, podría de cierta forma leerse como la larga exposición de las diferentes maneras que tuvo el derecho de esquivar la cuestión de su suspensión – incluso de su anulación – por lo real político. La intención erudita tiene no obstante una “meta” (p. 145) extremadamente singular, y en la cual el objeto es considerar la “excepción”, el estado de excepción, como la norma mundial, el régimen planetario, la regla permanente de nuestra realidad política en occidente.
La exposición de mil y una teorías del estado de excepción es larga y sinuosa. Podríamos, por esto, estar tentados de remitir simplemente al lector al artículo que lleva el mismo título y publicado por el mismo Agamben en Le Monde del Jueves 12 de diciembre de 2002[3]; allí se encuentra la sustancia de sus palabras, pero esa tribuna es más sabia que el libro, más prudente y el lector no tendrá por lo tanto bajo los ojos las verdaderas apuestas filosóficas y políticas que el libro, solo, recela. Hay por lo tanto que, para alcanzar su verdad, pasar por los resúmenes de debates jurídico-políticos de juristas alemanes, franceses, italianos que constituyen la mayor parte del libro de Agamben el cual, sin ellos, hubiera podido en efecto reducirse a un artículo o por lo menos a un corto folleto.
La exposición es larga y sinuosa no solamente porque se trata de una compilación de tesis que se asemejan mucho sino que también y tal vez sobre todo porque el libro está construido de forma curiosa. El pensamiento se detiene ahí sin cesar por extrañas miradas hacia atrás que nos hacen ir y venir de Carl Schmitt al derecho romano y del derecho romano a Carl Schmitt, sin que esas circunvoluciones tomen en ningún momento la apariencia de un método interpretativo, y uno de los misterios de ese volumen es por lo tanto, más allá de la recopilación repelente de las tesis, esa construcción que no avanza sino para retroceder mejor.
La exposición de Agamben es larga y sinuosa, en el fondo, porque es incapaz de ir más lejos que su tesis inicial, a saber que si no hay teoría satisfactoria del estado de excepción, es porque el estado de excepción se sitúa en el límite entre el derecho y la política, y, también porque Agamben no puede superar una cuestión lancinante: si lo propio del estado de excepción es una suspensión (total o parcial) del sistema jurídico, ¿cómo una suspensión así puede estar aun comprendida en el orden legal? (p.42).
Esta cuestión es en evidencia puramente sofística ya que supone que la regla sería lógicamente incapaz de pensar la excepción, pero le es indispensable a Agamben para mostrar y mostrar sin cesar ad nauseam que es la excepción la que domina al derecho y no a la inversa, que la excepción es lo impensado y lo real del derecho que por lo tanto se encuentra sin fundamento. En realidad, el estado de excepción no es en modo alguno una contradicción lógica interna al derecho mismo, pero da testimonio solamente de una contradicción objetiva en la situación del derecho, lo que no es lo mismo.
Para dar cuenta de ese libro, no es sin duda necesario entrar en el detalle de un cierto número de discusiones ociosas y aparentemente eruditas llevadas por Agamben sobre ciertos textos jurídicos de Roma o de la Grecia antigua y donde rompe inútiles lanzas contra la “habitual miopía filológica”, no más que lo inútil de examinar con lupa la exactitud relativa con la que trae de nuevo tal o tal tesis de Santi Romano, de Biscaretti, o de Carré de Malberg; todo aquello no tiene a decir verdad mucha importancia sino una función decorativa. Sólo nos detendremos por lo tanto sobre dos cuestiones, en primer lugar sobre la manera en la que Agamben resume el grandioso texto de Benjamin Crítica de la violencia[4] luego sobre el estudio concreto de un caso contemporáneo en donde se aplica el estado de excepción: Guantánamo.

El nombre de Walter Benjamin aparece en el capítulo IV del libro en el contexto que se describió, a saber rodeado de dos exégesis de la cuestión de la excepción en la antigüedad romana. Agamben sólo resume un aspecto del texto de Benjamin donde éste propone una tipología de la violencia que define por un lado la violencia fundadora del derecho, por otro lado la violencia que conserva el derecho y finalmente la violencia más allá del derecho, la violencia pura, revolucionaria. Esa violencia que Benjamin quiere apartar del derecho, Carl Schmitt la piensa por el contrario incluida en el derecho en razón misma de su exclusión. El debate es claro entre Benjamin que quisiera emancipar la violencia del derecho y Schmitt que desea mantener un lazo con el derecho y que no soportará que la suspensión de la Constitución de Weimar por Hitler no de lugar a una nueva constitución a pesar de todos sus esfuerzos por producir los fundamentos de la misma.
Benjamin aparece por lo tanto como el apologista de una violencia pura en el sentido en que ésta no sería nunca un medio en relación a un fin y en el que sería exposición y manifestación puras al cortar el lazo entre derecho y violencia; violencia que puramente actúa y se manifiesta (p. 106).
Esa violencia conduce a la desactivación del derecho y a su “ociosidad” y entonces da acceso a la era del juego, de una liberación, de un estadío cuasi utópico donde según Agamben, extrapolando el pensamiento de Benjamin, “un día, la humanidad jugará con el derecho como los niños juegan con los objetos inservibles…”(p. 109): en el fondo el libro de Agamben hubiera podido terminar ahí ya que, en su último párrafo, es la tesis neobenjamineana que triunfa pero en el condicional en tanto el futuro de estilo utópico sería sin duda un poco ridículo bajo la pluma de Agamben: “A una palabra no constrictiva, que no ordena ni impide nada, pero se sostiene solamente en ella, correspondería una acción como medio puro que se expone solamente a sí misma, sin relación a un fin.” (p. 148): el epíteto “puro” es sin duda alguna tomado de Benjamin, pero su abuso hiperbólico por Agamben nos llevaría gustosamente a aconsejarle meditar las numerosas exégesis irónicas que hizo Luis Althusser del mismo en su autobiografía póstuma El porvenir es largo.
La lectura que Agamben propone del texto de Benjamin es una lectura débil, muy débil. Débil en primer lugar porque omite un cierto número de declaraciones paradójicas que amenazarían con enturbiar su tesis. Por ejemplo, cuando Benjamin escribe, con respecto al derecho de huelga en tanto que es reconocido por el Estado y legalizado por él, en tanto pues perteneciente al orden del derecho: “Los trabajadores organizados son hoy, al lado de los Estados, el único sujeto de derecho que posee un derecho a la violencia[5]”, ahí se ve un aspecto de las cosas que el unilateralismo de Agamben habría tenido dificultades para enunciar; o aun cuando Benjamin habla de la pena de muerte y explica que al atacar la pena de muerte, es al derecho mismo que se ataca en su origen en la medida misma en que la pena de muerte no castiga una trasgresión sino que otorga un poder al derecho[6]. Este último ejemplo es particularmente interesante en la medida en que la pena de muerte fue abolida en Europa occidental como también en un gran número de Estados de los Estados Unidos y que su supresión incluso se convirtió en un criterio del derecho en Europa para la integración de un nuevo Estado: fenómeno que evidentemente relativiza de gran manera la idea obsesiva de Agamben según la cual, nosotros los occidentales, vivimos bajo el reino del estado de excepción.
Pero hay más que esa miopía en lo que toca a los detalles angulares del pensamiento de Benjamin. Lo que Agamben omite igualmente, es, en primer lugar, la importancia de las referencias a Sorel, el Sorel anarquista y nietzscheneano, que de este modo distingue la huelga general de tipo socialdemócrata y la “huelga proletaria” de tipo revolucionaria, o sea una oposición muy importante ya que sólo la primera es caracterizada como violenta en la medida en que mantiene la violencia del Estado y del derecho al no proponer sino una simple sustitución de amos (los amos socialdemócratas que reemplazan a los amos liberales) mientras que a la segunda se la caracteriza como “medio puro”, es decir “no violento”, en el sentido en que no se propone retomar el trabajo luego de las concesiones sino sólo retomar un trabajo completamente transformado, no impuesto por el Estado[7]. Benjamin va incluso más lejos, a través de Sorel, ya que establece que toda huelga fundadora de derechos es violenta (chantaje, bloqueo, toma de rehenes) y que se opone en eso a la no-violencia de la “huelga proletaria”. La “violencia” de la huelga proletaria es no violenta porque está fuera de la violencia jurídica (fundadora o conservadora) que es, según él, la única violencia.
Ahí se ve en lo que falla Agamben y que es sin embargo lo esencial, a saber que hay un afuera de la violencia y del derecho – en tanto que son identificables – y que ese afuera es lo que Benjamin llama el “medio puro” que es precisamente no violento. No es sino en la continuación de su texto que Benjamin habla de “violencia pura” pero aun allí esa violencia pura es sistemáticamente descripta en términos de no violencia. Es con respecto a la idea de “medio puro” que Benjamin define entonces a la acción como lo que cambia las relaciones de los fines y de los medios y que la describe como pura manifestación.[8] Y es también con respecto a esto que Benjamin es metafísico –lo que Agamben no deja nunca entender – al definir una esencia metafísica del derecho que hace de ella la hermana gemela de la violencia, y en la que los fines –sean cuales fueran – están íntimamente ligados a la violencia de manera necesaria e interior; metafísico también en lo que para él el derecho –y por lo tanto la violencia originaria que se le asocia – no es sino la forma eterna de los privilegios de los poderosos; esa esencia metafísica, y ahí está lo esencial, hace de la violencia del derecho la única violencia real.
Si lo esencial se le escapa a Agamben, es que ese desarrollo a través de Sorel y del ejemplo de la lucha de clases conduce a Benjamin por uno de esos saltos en los que tiene el secreto –y que es el secreto de toda dialéctica verdadera –, pero del cual Agamben no nos hará partícipes, de una definición puramente judía de ese “por afuera del derecho”, de ese “afuera” de la violencia. Esa omisión causa tanto más estupor cuanto que Agamben, a pesar del uso comúnmente prudente de ese tipo de epíteto, calificó con anterioridad a Benjamin de “filósofo judío” (p. 89). ¿Qué sentido puede tener este adjetivo en un comentario que precisamente hace desaparecer el segundo arco del texto de Benjamin, la exégesis bíblica de una escena tomada del Antiguo Testamento, de los Números[9], que va a constituirse como paradigma del antiderecho y de la antiviolencia?
A la violencia mítica del derecho que es fundadora, que impone la falta y la expiación, que amenaza y es sanguinaria, se opone la violencia pura e inmediata de Dios que es destructora de derecho, destructora sin límites, que castiga y lava simultáneamente la falta. ¿Cómo funda Benjamin esa noción de “violencia pura” que se exceptúa en el fondo de la violencia? Simplemente en eso que, si es sin duda destructora de vidas, de bienes, de derechos, no lo es nunca, agrega Benjamin, “de manera absoluta con respecto al alma del viviente[10].” Pero es también (y tal vez sobretodo) alrededor del hecho de la imprescriptible prohibición mosaica de matar y por lo tanto en la Ley judía como tal que Benjamin encuentra el modelo mismo de una palabra justa que se sitúa, según él, en un paradigma totalmente opuesto a aquél del derecho natural o del derecho positivo que se creen sus herederos, y que son, a ese título, fundadores de la mala violencia del derecho[11]. La Ley judía no es el derecho en el sentido por el cual el “No matarás” no es en nada un juicio, un artículo jurídico, sino una palabra: “Está en la persona o en la comunidad en su soledad, ajustarse a ella y en casos excepcionales asumir su responsabilidad de no tomarla en cuenta[12].” Se ve a que altura se sitúa Benjamin y en que lugar: en el desierto, semejante a Abraham o Moisés y también en el aquí y el ahora de toda decisión humana, y por lo tanto siempre en la soledad de una interlocución con lo divino, es decir con el lenguaje. Definir el estatus real de ese “divino” en el Benjamin de los años 1920-1921 requeriría sin duda más que estas observaciones[13], pero lo que hay que retener aquí, es desde luego esa inscripción de la interlocución y la decisión ética enteramente anudada al lenguaje en tanto que es, según Benjamin, un espacio inaccesible a la violencia[14].
Esta idea es fundamental ya que Benjamin, en los últimos párrafos de su texto, vuelve precisamente al aquí y al ahora de la situación política alemana de los años 1920-1921 que vio –no lo olvidemos como Agamben – el aplastamiento sanguinario de la revolución proletaria por el Estado socialdemócrata. Si es verdad que entonces Benjamin, con un acento que de pronto anticipa a George Bataille, escribe que la violencia divina –que no es nunca “medio” sino “insignia y sello” – puede ser llamada “soberana”, enuncia también, con una prudencia más talmúdica, que no es “ni igualmente posible, ni igualmente urgente, decidir cuando una violencia pura fue efectiva en un caso determinado[15]”, ya que “la fuerza de la violencia, aquella de poder lavar la falta, no salta a la vista para los hombres[16]”. En el fondo, el programa de Benjamin entonces parece ser por el principio mismo de esa violencia “pura”, “divina” y “revolucionaria”, el de batir en brecha la violencia disimulada, mítica y engañosa del derecho, en resumen de afianzarse sobre la violencia pura para desactivar y poner al desnudo la única violencia que existe, la única violencia real, la violencia del derecho, a saber la violencia del orden, en resumen de mostrar silenciosamente que la esencia de la Ley judía –como palabra – es de ser trasgresión de todo orden, es decir de toda violencia.
Podemos por lo tanto sorprendernos de que Agamben haya omitido mencionar el modelo hebraico de la “violencia pura” en Benjamin, esa violencia pura a la que le da, en lo que se refiere a él, una especie de color utópico en el cual se reconoce vagamente a Deleuze, Foucault, el último Althusser. Si había algo para ahondar en la obra de Benjamin, era esa irrupción del texto bíblico en su propio texto e intentar comprender el poder hermenéutico, inspirador y fundamentalmente escatológico de la palabra divina presente en la tradición judía. Y además, ¿por qué calificar a Benjamin de “filósofo judío” con motivo de alusiones a su admiración por Schmitt el “teórico fascista del derecho público” y simultáneamente callar la dimensión propiamente judía de su pensamiento[17]?

El ocultamiento por Agamben de todo el análisis inspirado en el Antiguo Testamento presente en el texto de Benjamin puede difícilmente ser tachado de insignificante. Toma una dimensión singular si se la refiere al enunciado más sobresaliente del libro de Agamben: al tratarse de la situación de los seiscientos ochenta talibanes retenidos como prisioneros en la base de Guantánamo, situada en la isla de Cuba, Agamben escribe: “La única comparación posible es la situación jurídica de los judíos en los Lager nazis, que habían perdido, junto con la ciudadanía, toda identidad jurídica, pero conservaban al menos la de judío” (p.13-14). La declaración es extraña por más de una razón ya que no se sabe si peca por ingenuidad o por obscenidad. Lo es en primer lugar por su final “pero conservaban al menos la de judío”; no se mide inmediatamente el carácter inconmensurable de la equivocación de Agamben y la primera reacción crítica sólo toca en primer lugar el aspecto trivial del enunciado: por ejemplo, no se ve en qué los talibanes aprisionados estarían, en lo que se refiere a ellos, privados por su encarcelamiento de su identidad de talibanes, de afganos, de sauditas, de australianos, de musulmanes, y se intenta, en vano, imaginar, a la inversa, en qué los judíos de Auschwitz, por su parte, conservaban su identidad, en qué consistía ese extraño privilegio. Pero al releer el enunciado, se mide de pronto el abismo en el cual la ausencia de pensamiento, como tal, puede precipitar al discurso filosófico, porque, en efecto, los judíos de los Lager “conservaban su identidad” ya que era precisamente la condición misma de su exterminio, ya que es en la medida misma en donde la identidad de judío se conservaba a los judíos por medio de innumerables procedimientos (genealógicos, prácticas identificatorias de todo tipo yendo en un cierto número de casos, ligados a la locura antisemita, a la medición de los cráneos, de las narices, de los pies, sin hablar desde luego, para los muchachos y los hombres, de la marca de la circuncisión), que eran conducidos a las cámaras de gas luego definitivamente aniquilados en los hornos crematorios. A la inversa, se registra, en efecto positivamente, el hecho de que los prisioneros de Guantánamo no tengan la alegría de probar ese privilegio: aquél por el cual a la identidad de un prisionero se la garantiza el carcelero ya que un privilegio así no puede sostenerse a no ser que sea precisamente la razón misma de su aprisionamiento.
De hecho, los detenidos de Guantánamo no conservan su identidad simplemente porque no es en tanto musulmanes, en tanto árabes que se los aprisiona sino de hecho porque se los interpeló con las armas en mano en el curso de un conflicto y en el momento de violentos combates militares consecutivos al estado de guerra que se desencadenó por los atentados del 11 de septiembre, de manera que no podemos sino regocijarnos de que su encarcelación no sea, a la inversa de los judíos de Auschwitz, el guardián de una identidad. Ahí se ve lo que, precisamente al nivel del derecho, distingue un Estado democrático de un Estado totalitario, es que una medida de excepción tal como la que el gobierno norteamericano tomó al autorizar la detención sin procesamiento de prisioneros, no trasgrede nada de lo que funda metafísicamente el orden jurídico occidental, a saber la distinción entre la identidad de una persona y los motivos que le hacen merecer el ser encarcelado.
Agamben establece de manera radical su incomprensión de lo que fue Auschwitz ya que por esa equivocación[18] traiciona su creencia de que es a pesar de su encarcelación que los judíos podían conservar su identidad de judíos, mientras que es por el contrario porque conservaban su identidad de judíos en Auschwitz mismo que serían allí exterminados: cuando conservar su condición de judío en Auschwitz es la condición misma de la muerte y que la esencia de Auschwitz es simplemente aquello.
Otras extrañezas caracterizan esa declaración, el empleo de la palabra Lager, por ejemplo, cuyo significado en alemán es campo: ¿cuál es el sentido de este uso? ¿Por qué Agamben hace uso del eufemismo? ¿Por qué no escribe “campo de exterminio”? Se adivina sin esfuerzo que al emplear el término exacto, lo absurdo de la comparación entre los prisioneros de Guantánamo y los judíos de Auschwitz saltaría a la vista, en tanto que la palabra Lager engaña ya que en cierta medida los talibanes también están en Lager. En fin, podemos sorprendernos por la hipérbole del comienzo (“la única comparación posible…”): ¿Realmente? ¿No hay en la historia de los hombres un sólo ejemplo de combatientes aprisionados sin ser procesados, ya que tal es el estatus de los detenidos de Guantánamo? ¿Auschwitz es en verdad la única comparación posible? Muy evidentemente la situación de los seiscientos ochenta talibanes en Guantánamo y la de los millones de judíos en los campos de exterminio nazis no tienen medida en común, pero al escandalizarnos demasiado con respecto al carácter espectacularmente chocante de la declaración sin duda satisfacemos su carácter puramente perverso.
Poco después de la aparición de su libro en Francia, Agamben publicó una tribuna en la primera plana de Le Monde, titulada “No al tatuaje biopolítico[19]” donde comparaba la huella digital que piden las aduanas americanas con el tatuaje infligido a los detenidos de Auschwitz. Agamben amenazaba con anular el curso que debía asegurarle a la Universidad de Nueva York si una medida así se mantenía. No comment…

El punto de vista jurídico que Agamben utiliza de manera exorbitante para disolverlo mejor conduce de este modo a caracterizar al III Reich como un “estado de excepción que duró doce años” a causa del decreto del 28 de febrero de 1933 (que se cuida mucho de analizar y detallar) al suspender los artículos de la Constitución de Waimar relativos a las libertades personales (p. 11). Más allá de la insignificancia misma de una descripción semejante y de su no pertinencia ya que conduce a definir el totalitarismo de manera puramente relativa al derecho, ese tipo de análisis autoriza entonces a Agamben a aproximar y a identificar todas las situaciones y así a comparar la América de Bush con la Alemania de Hitler. Tan pronto como el Estado nazi es definible como estado de excepción a partir del simple hecho de haber suprimido tal o tal artículo de su constitución, toda suspensión del mismo género debida a un Estado democrático – incluso si no se la declara en el sentido técnico – puede, en derecho, someterlo a la misma grilla de análisis. En realidad, todo el proyecto de Agamben es el de crear una identificación estructural entre Estados democráticos y Estados totalitarios con la misma puerilidad que le permitió comparar Guantánamo con Auschwitz. Esta identificación pasa por seudo genealogías históricas que hacen así del estado de excepción una creación de la tradición “democrático-revolucionaria” combinación relativa al léxico muy extraña visto que designa al Estado napoleónico (un decreto de Napoleón de 1811) y el Consulado (un artículo de la Constitución del año VIII). Y, desde luego, esas seudo genealogías (desde las leyes de excepción de la guerra de 1914 hasta el artículo 16 de la V República francesa[20] pasando por el título de “commander in chief of the army” de Bush, p. 41) testifican que el estado de excepción es el régimen crónico de Occidente desde que instauró repúblicas y democracias y que rompió con el absolutismo[21]. La identificación del totalitarismo y de la democracia le permite a Agamben hablar como de una sola secuencia jurídica del periodo que, en Francia, va de los plenos poderes votados en diciembre de 1939 hasta la V República, o lo autoriza a escribir que el advenimiento de Hitler al poder es “incomprensible” sin un análisis de los usos y abusos del artículo 48 de la Constitución de Waimar entre 1918 y 1933[22]. Esta identificación de la democracia y del totalitarismo no es posible sino porque, para Agamben, el hecho de que la suspensión del orden jurídico sea parcial o total, provisoria o permanente, no tiene ninguna importancia[23].
Si lo provisorio y lo permanente, si la parte y el todo, si lo parcial y la totalidad son una sola y misma cosa, se entiende entonces porque el Estado nazi y el Estado americano son muestra de un mismo paradigma de análisis. Es por eso que, con respecto al combate llevado por los Estados Unidos de cara al terrorismo, Agamben puede escribir: “Es justamente en el momento en que quisiera dar lecciones de democracia a culturas y a tradiciones diferentes, que la cultura política de Occidente no se da cuenta que perdió totalmente los principios que la fundamentan” (p. 35): nos quedamos intrigados con la idea de saber que realidad política y cultural disimula la dulce expresión de “culturas y tradiciones diferentes” y nos quedamos pensativos con la idea de que Occidente habría perdido los principios que lo fundamentan ya que Agamben nos mostró que el Estado de derecho es un mito (p.17). En fin, extremando radicalmente el sentido de sus palabras, Agamben escribe, “en la urgencia del estado de excepción en el que vivimos”, que la maquina que contiene en su centro al estado de excepción “siguió funcionando casi sin interrupción a partir de la Primera Guerra mundial, a través del fascismo y del nacionalsocialismo, hasta nuestros días. El estado de excepción alcanzó incluso hoy su más amplio despliegue planetario” (p. 145 -146).
Se entendió, el arma por la cual Agamben se autoriza la confusión entre el Estado totalitario y la democracia depende de la ficción jurídica en la cual finge encerrarse para destruirla mejor. Pero ese encierro lo lleva de este modo a declaraciones absurdas tal como la de definir el totalitarismo como estado de excepción, es decir como suspensión del derecho, cuyo ejemplo esta dado por la Alemania nazi, ya que Agamben no puede ignorar que a la URSS se la dotó de una constitución de un formalismo jurídico extremo y caracterizado por la mayoría de los juristas como garante de todos los derechos de los ciudadanos y no ignora que a esa constitución soviética se la ratificó en 1936[24], es decir en el momento precisamente en que la represión entró en su fase más radical, la del terror de masas. No ignora tampoco que ese terror para aplicarse no tuvo ninguna necesidad del estado de excepción. Se podría decir en relación a esto y como entre paréntesis que el hecho de decretar o de hacer votar “leyes” de excepción – que son para Agamben el equivalente al estado de excepción –, como las leyes antidisturbios de los años 70 en Francia, la ley Gayssot contra el negacionismo, la “military order” de Bush, es a la inversa la garantía de su excepcionalidad, de su carácter parcial y temporal y la garantía de que la regla general del derecho constitucional se mantiene, de manera que una vez más se verifica la validez del aforismo convertido en proverbial según el cual, es la excepción la que confirma la regla[25]. Por esa razón, por ejemplo, el Patriot Act que se promulgó luego de los atentados del 11 de septiembre tuvo que, para prolongarse, ser objeto de una votación que tuvo lugar en el Senado el 2 de marzo de 2006: el Patriot Act es una ley de excepción en el sentido en que debe permanentemente ser confirmada democráticamente.
El ejemplo soviético (o chino, cubano, albanés, rumano, norcoreano o camboyano), que Agamben no toma nunca seriamente en cuenta, aniquila finalmente la idea de una solución de continuidad entre el Estado democrático y el Estado totalitario[26], ya que el golpe de Estado bolchevique de octubre de 1917 – como más tarde el golpe de Estado nazi – muestra que el Estado totalitario se burla de los medios que el Estado de derecho le concede o no, según el estado de lucidez de sus garantes políticos, y opera siempre según los procedimientos de una violencia fundadora que supone una cesura histórica y jurídica absoluta con el régimen de derecho anterior.
La ficción jurídica en la que se encierra Agamben con gula lo lleva a rechazar con desdén todos los elementos que justifican que una democracia, con o sin razón, suspenda provisoriamente tal o tal derecho constitucional o bien autorice actos de policía contrarios a las leyes (tales como las ejecuciones extrajudiciales que practicó Israel en contra de terroristas) como el estado de necesidad, el estado de urgencia, etc., y es por eso que Agamben identifica a los seiscientos ochenta combatientes de Afganistán con los millones de niños, mujeres, ancianos, hombres civiles aniquilados en los campos de exterminio.
Aun ahí, Agamben parece omitir algo fundamental que nos mostró el informe del Congreso de los Estados Unidos sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001, es que, además de lo aficionado de las fuerzas de vigilancia y de coerción americanas (lo que por otra parte relativiza en gran medida la imagen de los Estados Unidos como eje esencial del estado de excepción planetario), es precisamente la aplicación escrupulosa de la constitución americana por las fuerzas de policía lo que permitió a los terroristas escapar del FBI y llevar a cabo un asesinato en masa: así, entre otros ejemplos, a Zacharias Moussaoui, detenido por falta de visa el 16 de agosto y pudiendo estar bajo sospecha por mil indicios de estar a punto de llevar a cabo un acto terrorista de gran magnitud, no se le pudo revisar sus efectos personales, al no permitirlo el delito del cual era culpable[27]; de este modo, las medidas de vigilancia, las medidas de retención de talibanes, las medidas de control reforzadas que decidió el gobierno americano, si pueden, desde luego, criticarse en razón de eventuales amenazas que ciertos desvíos podrían tener con respecto a los derechos de los ciudadanos, no pueden por eso describirse de manera aislada como lo hace Agamben.
Es, además, sorprendente que Agamben quien apela al pensamiento de Foucault específicamente sobre la “biopolítica” y que toma de él, al menos formalmente, tantas palabras, objetos teóricos, conceptos, oculte el hecho de que este último haya, en 1978-1979, en el curso que precisamente se titula Nacimiento de la biopolítica, criticando muy severamente una continuidad entre el Estado democrático y el Estado fascista, y aquello para destruir los contrasentidos ligados a su famoso curso de 1976 “Hay que defender la sociedad” sobre las tecnologías de dominación que, en efecto, están presentes en el funcionamiento del Estado moderno y eso particularmente por lo que él llama el “biopoder”. En 1980 por otra parte, Foucault, para disipar las confusiones, explica que si es verdad que los “campos de concentración” son una invención inglesa, eso no permite de ninguna manera decir que Inglaterra haya sido una sociedad totalitaria, ya que hay una autonomía, relativa, de las técnicas de poder[28].
Para Foucault, la idea misma de una “parentesco” o de una “continuidad genética” entre diferentes formas de Estado acaba en el “crecimiento del intercambio de análisis” y por lo tanto “pérdida de su especificidad”[29]. Foucault entonces, criticando anticipadamente las confusiones de Agamben, ironiza sobre aquel que resbalaría de un análisis de la Seguridad social al de campos de concentración. Pero hay otra dimensión en sus palabras, y que de antemano condena la empresa de Agamben y, de manera más general, la corriente neoizquierdista de la radicalidad, es cuando resulta que ese procedimiento lleva a una “descalificación general por lo peor”. Foucault denuncia entonces el “gran fantasma del Estado paranoico y devorador”[30].
Más importante aun, Foucault demuestra la profunda discontinuidad entre el Estado llamado totalitario y el Estado democrático que no tienen ni la misma forma, ni la misma matriz, ni el mismo origen, ya que el Estado totalitario paradójicamente no se caracteriza por la intensificación endógena de los mecanismos de Estado sino al contrario por una limitación y una disminución de éstos en provecho de una gubernamentalidad de partido[31].
Pero sería fastidioso utilizar ese admirable curso de Foucault para el único uso de descalificar la declaración de Agamben.

Así se podrían rechazar una a una las argucias desarrolladas por Giorgio Agamben; es a veces molesto hacerlo ya que se tiene el sentimiento de que entrar en ese tipo de discusión es inútil de tal manera, a todas luces, éste maneja la exageración sin preocuparse mucho de convencer a quien sea, incluyéndolo a él mismo, pero con la única inquietud de volver a entrar en las casillas de la radicalidad que parece, hoy, ser indispensable al intelectual europeo que aspira a una posición de maestría, a menos que no se trate, en el caso preciso de Agamben, de un simple dandismo: palabra hiperbólica como lo hemos visto, profetismo charlatán sobre la guerra civil mundial a la cual nos conduciría Occidente (p. 147), analogías rudimentarias y masivas, el todo superpuesto a una erudición de pequeño mandarín, una retórica que exhibe los signos formales del rigor, y un estilo que, maniáticamente, retoma todos los tics conceptuales del momento.
La crítica de esa radicalidad no tiene más nada que hacer, pero el libro de Agamben da la oportunidad de poner en evidencia dos de sus características esenciales.
La primera característica se dice en dos tiempos: primer tiempo, el fracaso de la empresa comunista en la que la URSS fue el paradigma se admite pero, segundo tiempo, nunca se lo trata[32], aun cuando el concepto de Estado totalitario permitiera sin embargo numerosas e instructivas comparaciones que, desde hace una decena de años, los historiadores multiplican. En realidad, si la URSS y la secuencia comunista soviética o china ya no tienen crédito posible y si es obviamente indecente querer salvar lo que sea de esa secuencia, sin embargo no se pensó nada de esa catástrofe y eso por una razón muy simple, es que el modelo político en el cual Agamben cree es simplemente el mismo, es decir el del Terror: “La política sufrió un eclipse duradero porque fue contaminada por el derecho” (p. 148). Para Agamben, ahí se ve la catástrofe, y a lo que aspira – ¿pero aspira a eso realmente? – es al regreso de la política que el derecho no restringiría más, es decir por lo tanto el Terror.
Es verdad que Agamben, como ya se dijo, habla entonces de “acciones puras”, tan puras que son “un medio puro que se expone solamente a ellas mismas”: simple paráfrasis de las palabras de Benjamin sobre la “violencia pura”. Sin embargo, todo nos hace entender que ahí se trata de una fraseología vaga que disfraza torpemente cualquier otra cosa, y que la “pureza” a la que Agamben apela tan a menudo es una manera cómoda de no admitir nunca su nostalgia de la epopeya sanguinaria del Terror. Estas sospechas se deben desde luego al tratamiento tan discreto de la catástrofe comunista que permanece inanalizada pero igualmente a la complacencia de la que Agamben da prueba con respecto al terrorismo totalitario que, suavemente, describió como “las culturas y las tradiciones diferentes” y como pura víctima a través de los seiscientos ochenta prisioneros de Guantánamo y, en fin, el hecho de que a sus ojos, la “guerra civil mundial” de la cual ese terrorismo es el actor principal tiene al Occidente como único responsable.
En fin, si no se puede creer en la seriedad de Agamben cuando finge encarar las “acciones puras”, la “violencia pura” como una especie de liberación del orden, del derecho y de la violencia, es simplemente que una violencia tal es en efecto sinónimo del terror más terrible, el terror arcaico, en cuanto, como Benjamin nos prevenía de eso, que se sitúa apartada de lo divino y que se sitúa fuera de la Ley como palabra. En efecto, Benjamin, en el momento en que encara esa “violencia pura”, escribe esto: “[…] Se objetará que en buena lógica deja a los hombres el campo libre para ejercer los unos contra los otros la violencia que otorga la muerte. Es lo que no admitiremos. Ya que a la pregunta: ¿Se me permite matar? la imprescriptible respuesta es el mandamiento: No matarás[33].” Sigue entonces, en Benjamin, la admirable reflexión que opone la Ley al derecho que ya comentamos. Pero, en Agamben, nada de eso. A pesar de la presencia del nombre de Benjamin, a pesar de la paráfrasis que se hace con sus palabras, a la violencia pura se la encara en tanto tal, en una extraña fascinación de lo “puro” y de la “violencia” que en efecto no puede desembocar sino en el Terror en tanto que el Terror es siempre puro, siempre arcaico, apartado siempre de la Ley y cuyo goce maniático tiene actualmente como emblema la explosión apocalíptica de las dos torres del World Trade Center de Nueva York.
La segunda característica de la radicalidad de la que Agamben es el testigo atañe al término “judío” al que le echamos mano en dos oportunidades en su libro, una primera vez como calificativo de Benjamin y una segunda vez como el compareciente de la suerte a la que a seiscientos ochenta talibanes se los deja en la base americana de Guantánamo. El proceso retórico que caracteriza a esos dos empleos es el mismo, a saber el de la denegación: la palabra judío se emplea para vaciarla mejor de eso a lo que se refiere; se califica a Benjamin de filósofo judío pero simultáneamente se borra lo que tiene de específicamente judío en su pensamiento y de hecho, la “violencia pura” de la que Agamben se apropia tan groseramente es incomprensible fuera de esa referencia judaica. De la misma forma, se habla de judíos de “Lager nazis” pero es para negar mejor la realidad de su situación al reducir la excepción que fue su regla a una simple situación jurídica que los identifica con los seiscientos ochenta prisioneros de Guantánamo. Mientras que a la catástrofe comunista se la admite para ocultarla simultáneamente, a la cuestión judía se la integra como un supuesto retórico al que se recurre para hacer de ella objeto no de un simple ocultamiento sino de una pura falsificación.
Se dirá entonces que lo que caracteriza a los filósofos de la radicalidad, son dos contrasentidos cruciales; el primero concierne a la cuestión del fracaso histórico y metafísico del comunismo, el segundo atañe a la cuestión judía que, de parte en parte, atravesó el siglo XX. Al fracaso del comunismo, lo hemos visto, se lo pasa rápidamente por pérdidas y ganancias y no se hizo de él, en ningún momento por parte de esos filósofos, objeto de un verdadero análisis: a la lucha de clases a nivel mundial que la existencia de la URSS podía mantener como un simulacro que aspire la manía revolucionaria, se sustituyeron combates emancipadores de toda clase de los cuales ninguno tiene realidad histórica profunda y que son los señuelos que disimulan una fascinación que crece sin cesar por el único terror de alcance verdaderamente planetario, el islamismo radical, por el cual se encuentran todas las razones de entenderlo especialmente cuando la cuestión de Israel esta explícitamente en juego.
Si la cuestión del exterminio de los judíos por los nazis durante la Segunda Guerra mundial no es objeto de una reposición en causa, en cambio la obsesión de la radicalidad filosófica es la de disolver su singularidad y de secularizarla para hacer de eso el equivalente de cualquier represión: la ejemplaridad de la Shoah ya no se convierte en una ejemplaridad de la excepción sino en la ejemplaridad de la banalidad de lo político: se recuerda con respecto a esto como Alain Badiou, en una tribuna publicada en Le Monde del 9 de diciembre de 1997, comparaba los procedimientos de regulación de los inmigrantes indocumentados por el gobierno de Jospin con la obligación que se les hizo a los judíos de hacerse registrar en las prefecturas por el gobierno de Vichy, bajo el pretexto de que se trataba de un archivo que podía conducir a expulsiones o despidos[34].
La analogía en la que procede Badiou es idéntica a la de Agamben. En los dos casos, se trata de una analogía puramente formal en la que la realidad operatoria es de hecho nula salvo desde luego en lo que aniquila la realidad del exterminio de seis millones de judíos.

Si Guantánamo tiene por único equivalente a Auschwitz según Agamben, entonces ¿cómo no tomar como un efecto cómico, que sólo lo real puede desplegar en su intensidad trágica de ironía máxima, la información de que los “talibanes” rusos que allí están detenidos se nieguen a ser extraditados hacia Moscú porque consideran que son tratados en ese Lager americano “con respeto[35]”? La obra de Agamben se revela así como el ejemplo mismo de un pensamiento que, girando sobre sí mismo con la complacencia de vanidades avejentadas, no produce sino disertaciones opacas a todo real y en las cuales sería tal vez tiempo de preguntarse de que tiempo de indigencia son el oscuro y patético testigo.
Las tareas del intelectual en Europa son simples. Están estrictamente a la inversa de todas aquellas que un libro como el de Agamben deja traslucir.


Traducción: Rodrigo Grimaldi.


[1] Texto publicado en los anexos del libro del mismo autor, Une querelle avec Alain Badiou, philosophe; Gallimard, 2007. [Nota del traductor]
[2] État d’exception, Editado en Éditions du Seuil en 2003, traducción de Joël Gayraud.
[3] Es un texto que se extrajo de la conferencia pronunciada el 10 de diciembre de 2002 en el Centre Roland-Barthes (Université Paris VII-Denis-Diderot, dirección Julia Kristeva).
[4] Critique de la violence. Este texto, publicado en 1920 y 1921, esta disponible en la traducción de Maurice de Gandillac en Œuvres, t. I, “Folio-essais”, 2000.
[5] Op. cit., p. 216.
[6] Ibid., p. 222-223.
[7] Ibid., p.230-231.
[8] Ibid., p. 234.
[9] Se trata del episodio de Coré (Números XVI, 1-35, ver Benjamin, op. cit., p.238).
[10] Benjamin, Œuvres, t. I, op. cit., p. 239.
[11] Aquí hablamos de la Ley judía y del judaísmo pero es desde luego sin desconocer que a esa tradición la retomaron algunos cristianos de los cuales los más importantes son Pascal y Péguy y es en un sentido puramente benjamineano que hay que entender la famosa frase de Péguy “Tengo tanto horror del juicio que preferiría condenar a un hombre que juzgarlo” (Victor-Marie, comte Hugo, Œuvres en prose complètes, edición establecida, presentada y anotada por Robert Burac, Bibliothèque de la Pléiade, 1993, t. III, p. 325).
[12] Benjamin, Œuvres, t. I, op. cit., p. 240.
[13] Para una introducción a esta cuestión radical y compleja, no podemos sino remitir al lector al capítulo dedicado a Benjamin en el libro notable de Pierre Bouretz, Témoins du futur, philosophie et messianisme, Gallimard, 2003.
[14] Benjamin, Œuvres, t. I, op. cit., p. 227.
[15] Ibid., p. 242.
[16] Ibid., p. 243.
[17] Es verdad que un párrafo en el que ya no se trata más de Crítica de la violencia, Agamben comenta una carta de Benjamin a Scholen de 1934 y su texto sobre Kafka del mismo año, del cual resalta que, por Kafka, quedaría en Benjamin la idea de que “El derecho que no se practica más sino que se estudia” es “la puerta de la justicia” porque según Agamben estaría entonces sin fuerza y sin aplicación (p. 108 y ver Benjamin, Œuvres, t. II, p. 452). Pero las preguntas que la obra de Kafka plantea al derecho y a la violencia, y que Benjamin en efecto comentó admirablemente, solicitarían sólo ellas todo un análisis y no pueden servir de epílogo a las planteadas más de diez años antes en Crítica de la violencia, no son además de ninguna manera una “imagen enigmática” (p.108) sino que fueron enlazadas directamente por el mismo Benjamin a la práctica talmúdica de la Thora (op. cit., p. 426-427 y 452-453).
[18] Empleamos aquí la palabra “equivocación” en el sentido fuerte, en el sentido lacaneano del término en el cual el contrasentido trágicamente lleva en sí una forma de verdad a la manera de un lapsus o de un acto fallido.
[19] Le Monde, domingo 11 – lunes 12 de enero de 2004.
[20] Recordemos que el artículo de 16 sólo fue aplicado una vez.
[21] Ya que el estado de excepción no tiene, nos dice Agamben, relación con el absolutismo (p.16) pero por otro lado, define al estado de excepción como un “umbral de indeterminación [sic]” entre “democracia y absolutismo”.
[22] Agamben va incluso más lejos, escribe: “Es importante no olvidar ese proceso de transformación de las constituciones democráticas entre las dos guerras mundiales cuando se estudia el nacimiento de esos pretendidos regimenes dictatoriales en Italia y Alemania” (p. 29, la bastardilla es nuestra).
[23] “Si lo propio del estado de excepción es una suspensión (total o parcial) del sistema jurídico…” (p. 42). No obstante, Agamben al sentir que esa cuestión es problemática decide que el carácter temporario de tal medida de excepción no debe ser retenido ya que “la excepción se convirtió en la regla” (p. 22), en donde se ve a Agamben utilizar un argumento de hecho (que por otra parte sólo existe a sus ojos) para destruir un elemento del derecho.
[24] A esta constitución que respeta todos los derechos y todas las libertades del ciudadano se la ratificó el 26 de noviembre de 1936, una nueva constitución igualmente liberal se votó, bajo el gobierno de Berejnev, el 7 de octubre de 1977.
[25] El carácter extremadamente frágil de los estados de excepción se testifica por varias decisiones de la Corte Suprema: aquella del 28 de junio de 2004 que reconoce a los detenidos la posibilidad de impugnar su detención frente a los tribunales americanos. A los pseudo tribunales que creo la administración Bush para responder a ésta decisión un juez federal de Washington los juzgó inconstitucionales, prueba de que no hay “implosión del derecho”.
[26] A esta tesis, Agamben intenta ilustrarla en relación a la República de Weimar y al régimen nazi so pretexto del artículo 48 de la antigua constitución que autorizaba al presidente de la República a “suspender la totalidad o parte de los derechos fundamentales” establecidos por una serie de artículos.
[27] Una parte de ese informe se tradujo y se publicó en Le Monde (el 16 de Julio de 2003), ver especialmente p. 10- 11.
[28] Dits et écrits, t. II, editado bajo la dirección de D. Defert y F. Ewald, Gallimard, “Quatro”, 2001, p. 910.
[29] Naissance de la biopolitique, curso del Collège de France 1978 -1979, editado bajo la dirección de F. Ewald y A. Fontana por Michel Senellart, Hautes Études-Gallimard-Seuil, 2004, p. 193.
[30] Ibid., p. 193- 194. Foucault había percibido bien esa deriva “antiautoritaria”, esa “fobia” pueril del Estado y a partir de 1977 en una entrevista sobre la seguridad y el Estado, la denuncia vigorosamente (Ver Dits et écrits, t. II, op. cit., p. 386- 387).
[31] Ibid., p. 196- 197. Sobre la cuestión de la discontinuidad entre las diferentes formas de gubernamentalidad, ver en Dits et écrits, t. II, op. cit., especialmente p. 910- 911.
[32] Agamben alude por ejemplo en su libro a la tesis de Kantorowicz sobre los dos cuerpos del rey (p. 139- 140) e intenta ilustrarla a través de Hitler y Mussolini, pero nada sobre Mao o Stalin.
[33] Op. cit., p. 239.
[34] “¿Cómo nombrar esta práctica gubernamental? Una práctica de mentira y registro. Y cualesquiera que sean las diferencias en lo que se refiere a las consecuencias, hay que admitir que está en la tradición que fijó el gobierno de Vichy, cuando llamó a los judíos a registrarse como tales en las prefecturas” (la bastardilla es nuestra); esa tribuna tenía igualmente por signatarios a Sylvain Lazarus y a Natacha Michel (Le Monde, del 9 de diciembre de 1997). La diferencia entre la practica de registro de los judíos por el gobierno de Vichy y los procedimientos de regulación de los indocumentados no concierne solamente a las consecuencias (pero el gran lógico Badiou, fascinado por Lacan, nos probó sin embargo mil veces que el después es siempre consecutivo al hecho en su misma génesis), las diferencias atañen al procedimiento mismo: el de Vichy convocaba a los judíos en tanto judíos, es decir identificados por características raciales, la gestión de Jospin sólo apuntaba desde luego a sujetos en situación sorprendidos en una infracción jurídica, ilegalidad de la estadía; el verdadero escándalo jurídico, en el primer caso, se debe sin duda, como lo escribía Badiou sin entenderlo, al hecho de que a los judíos se los llamaba a “hacerse registrar como tales”: por lo tanto, además de la existencia de leyes discriminatorias ya operativas, se trataba sin duda de una operación contraria a la esencia misma del derecho propia de las democracias.
[35] Le Monde, 14 de Agosto de 2003.


Luis Thonis

Un relámpago oscuro

A propósito de Obra reciente de Eduardo Stupía

Existen estrellas contractas que no dejan salir la luz que las hace visibles: se las llama cuerpos negros. La pintura obra en las fronteras del origen para arrancarlo de sí, desplazarlo, remontarlo no hacia un lugar puro, sin huella ni rostro sino hacia cuerpos luminosos en su misma negritud. El dibujo es uno de esos pulsos, la poesía una dicción de sus ritmos. Recordando a Thelonius Monk: es porque hace noche que hay necesidad de luz. Round midnight.
Los teóricos cosmológicos de la dark energy tendrían algo que decir al respecto. Se trata de un retorno por la vía cuántica – partículas y antipartículas que se procesan a cada momento – a la cosmología que los griegos habían pensando desde los elementos: agua, tierra, aire, fuego. Y un quinto elemento desconocido que llamaban quintaesencia.
El Sol reina como astro tautológico. La luz nunca es solar en los dibujos de Eduardo Stupía: las estrellas son el Otro, en este caso todo el universo desconocido que angustiaba a Pascal y la mano traduce unas formas en otras, no en el pasaje de lo familiar a lo desconocido sino en una dimensión que transforma la percepción y la memoria en la mirada misma, siempre fugitiva.
Lo solar se dice en los poemas de Eugenio de Andrade, los dibujos concentran energía negra en un proceso de crecimiento y metamorfosis continua. El negro y el blanco. Lo solar no puede prescindir de su lado oscuro, esa jauría negra. El dibujo no acepta la paráfrasis. La poesía tampoco. Pero ha sido uno de sus destinos contemporáneos. Y algunos filósofos son responsables.
Stupía está lejos de las vertientes del esencialismo o el substancialismo filosófico contemporáneo. Heidegger se ciega filosóficamente ante la visión de un cuadro de Van Gogh que representa un par de zapatos de un campesino. Heidegger trata de su filosofía, de lo que sabe, nunca del cuadro.
Van Gogh ha hecho diversos cuadros con el mismo tema y no se sabe de qué tela habla. Queda atrapado en su tema y poetiza el referente. El mundo campesino, el referente del cuadro, el llamado silencioso de la tierra al que ese producto pertenece al abrigo del mundo campesino. El cuadro se reduce a la imagen de un Ser filosófico donde no hay lugar para un sujeto. En el seno de esta pertenencia protegida, el producto reposa en él mismo. Así podría seguir infinitamente.
Ha omitido el cuadro, al que sustituye por una “ antología de la sentimentalidad heideggeriana, evocación kitsch de la vida campesina” según Henry Meschonnic que analiza que esta “ esencia” de la obra es la vía que asume una ideología de lo sublime que conduce a una desconfianza general respecto al arte moderno.
Lo primitivo en Heidegeer está en relación a un Origen puro – representado por la vida campesina, por los zapatos -, a un origen fundador que hace de éste un concepto antropológico y no artístico, lo que le hace desconocer que el arte del siglo XX ha redescubierto el primitivismo desde la visión artística. Los desmentidos de la historia del arte no cuentan para él.
Lo mismo sucede con el substancialismo de Alain Badiou en Logique des Mondes. El caballo para Badiou como para Platón existe eternamente en el pensamiento: “la caballeidad” que se representa en las grutas prehistóricas es la misma que aparece en los cuadros de Picasso, o para dar un ejemplo próximo, en los caballos de la exposición La batalla de las calesitas de Bettina Bonifatti, donde cada uno gira provisto de una energía y un color propio, entre la fragilidad y la furia.
El universo humano está afectado del termodinamismo que está en la base de todos los nihilismos conjugados. Las criaturas ruegan un poco de energía para mantenerse de pie, “metafísica o políticamente correctas”. Heidegger y Badiou. Las consecuencias políticas de ambas lecturas, “reaccionaria” o “revolucionaria”, las he analizado en otra parte. Afectan a la inhumana capacidad de nombrar que constituye el sujeto y que en arte es no saber qué se está nombrando o haciendo porque se trabaja respecto a que no tiene nombre.
Los artistas se llevan mal con los filósofos: Francis Bacon termina prácticamente echando a Deleuze al escuchar sus teorías.
Tampoco cuentan los desmentidos de la historia: las masas del maoísmo a Badiou le hacen evocar el cielo de Mallarmé, no los más de cincuenta millones de muertos civiles, ni las masacres en el Tibet sino un movimiento masivo y poético que intentó, exterminando los libros y toda forma de arte, instaurar un analfabetismo total.
Un analfabetismo que reaparece hoy, “ilustrado” en la gran matriz de lo indiferenciado posmoderno que apunta a la destrucción festiva-angustiada de toda forma de percepción que no esté digitada por la Sociedad cuyo ideal es progresar hasta convertirse en Babilonia misma.
El paródico clown posmoderno entra en una fase depresiva terminal. Los ideales se han vuelto desfachatadamente pornográficos de la mano de los Pangloss contemporáneos: hay que cultivar perpetuamente el jardín, destruyendo toda forma de percepción y escucha que no reproduzca una voz grave y falseada que tiene como objeto impedir todo contacto con lo real Otro filósofo, otro Pangloss, Gianni Vattimo, dice que lo que falta a Occidente es el “diálogo” cuyos partícipes sólo son el público que su mismo discurso apunta a descerebrar. Un diálogo donde de antemano está excluido todo enunciado o interrogación peligrosa. No hay verdad objetiva: todo es relativo, incluso la agonía de este pensamiento terminal. La verdad objetiva es una construcción del poder que atribuye sólo al mundo occidental donde puede decir sus disparates, no a Rusia, Irán o Siria ni a las millonarias petromonarquías árabes ni los genocidas como Mugabe o el gobierno de Sudán. Esos poderes no tienen que existir para que el universo se vuelva un jardín cultivable como quería el filósofo de Voltaire. Sólo le falta decir que los judíos dominan la Reserva Federal. Hasta un director de orquesta por tomar la vara podría ser “autoritario” para el igualitarismo nihilista de Vattimo. El mundo se reduce a un gran kindergarden, modelo del lavado de cabeza actual. ¿Las voces silenciadas? Están excluidas, por ejemplo, las opiniones de las mujeres afganas, los que caen por miles en Darfour bajo las milicias fundamentalistas, las lapidadas en Somalia, los que se ahogan tratando de escapar del gulag habanero o se pudren en las cárceles por no haber hecho nada( el terrorismo de Estado es tal porque elimina por nada), las mujeres musulmanas asesinadas por adoptar formas de vida occidentales y los muertos en brutales atentados. ¿De qué diálogo me hablan, señores Vattimo y Agamben?
Al Quaeda, los talibanes y Hezbolá se volverán nuestros hermanos si nos cruzamos de brazos. La negación de la guerra, la preparación de un gran Munich a escala global por parte de los ideólogos, necesita destruir la percepción y la memoria para consumar la negación en acto de los hechos más evidentes como forma de cultura y el pasaje de lo políticamente correcto a lo políticamente abyecto como visión del mundo. No hay peor forma de “violencia disciplinaria” – que el filósofo atribuye sólo a las democracias occidentales, en particular al diablo yanqui - que la de los filósofos del estado universitario global que apunta a producir al sujeto como zombie terminal. Se dirá que hablo de historia o de política pero es de lo teológico político y su retorno devastador sobre el sujeto de lo que estoy hablando. Parece que ellos son los únicos que pueden hablar de política, la que va de la mano con los estetas que ocupan su lugar, diciendo lo que hay que decir, en función de un jardín siniestro.
El dibujo puede ser un pasaje jerárquico a otra política como lo muestra Clemente de Alejandria en Admonitio ad gentes respecto del pasaje del chorus griego a las milicias cristianas en el Apocalipsis de San Juan.
Los poemas de Andrade pueden tomarse como formas alegóricas pero también hablan de esa falta de nombre a que lleva en su límite un proceso creador que capta movimientos fugitivos que se perderían, o serían traducidos a sustancias o cosas circulantes como la “cabelleidad” o la “arborescencia” ( la imagen de una foresta feraz, unas lianas cayendo sobre el cuerpo de una mujer semioculto es sugestiva)si el artista no los tomara al vuelo para fijarlos para una visión que ya no será suya.
Encuentro de formas con formas en una informalidad que se dispara hacia lo desconocido y que cada espectador deberá dar nombre.
Más un poema o una música que un pseudo argumento socorrido.
Lector prematuro de Lezama Lima, el pintor deseoso huye de su mirada madre: “ Las grandes hojas pesarosas/ con la lluvia disfrazan/ la ridícula anchura de sus frentes/ La jauría orquestal/ va alimentando cada final de fruto: la forma inalterada de la poma/ su sabor, ancho punto en lengua leve” .
La madre de Sófocles a Lezama ya no es.
La gran matriz de la Babilonia, programada por los ideólogos del kindergarden planetario, es ahora la que se traga las formas y los nombres, los ritmos y los colores. Silenciosa ligereza de una lengua leve como la de los poemas portugueses, cada figura es comentada por una cadencia. No hay traducción posible fuera de una imaginación curva. Los brazos de las sierpes geométricas se extienden hacia una zona de extravagancia innombrable.
La mirada tiene parte y arte en un proceso donde la mano orquesta una metamorfosis interminable. Dejamos la pregunta sobre el origen del dibujo: ¿qué fue primero, la mirada o la mano? Sin relámpago oscuro no habría necesidad de día. Las imágenes se inscriben en la frontera del origen para producir un aparente caos que desde su misma asimetría afecta al cuerpo y la palabra.

Mattise: delimitación de lo interminable. Por Bettina Bonifatti



Al final ya sólo podía trabajar desde la cama. Tenía como quien tiene una bandeja, una mesa de escultura para modelar arcilla. Atrás de la almohada, objetos de arte. La manta de color. Una escalera cerca de cuando subía a pintar la Ninfa en el bosque. Un dibujo al costado, el que anticipó los cuadros de una década de blusas eslavas en la década del ’30. (La blusa azul, blusa eslava con butaca, fondo violeta, La blusa rumana). Sintaxis simplificada que empezaba a entusiasmarlo (quería cambiar blusas de estas por buenos dibujos suyos). No fue ajeno al tema del pintor y la modelo. Después reticuló los fondos, (Vestido de gala azul y mimosas, Desnudo rosa). Condición superficial manejada en medio de una complejidad en todas las escenas. Terminó en una sobrecogedora economía de medios. Autonomía. Criticado por no ser provocativo, al costado pero en lo suyo por aspirar a un arte que semejara un buen sillón –la frase le valió algunos dichos de quienes no comprendieron ese pretendido segundo plano. Confinarse es a veces abrir, ser libre, saber estar en los límites de la pintura en una trayectoria discreta. Uno piensa si él sabría para qué. Veremos que estallará en la otra mitad del siglo y en otro continente. No es que no lo perturbaran los acontecimientos graves como dicen algunos críticos (sus problemas de salud en los últimos años tienen relación con la ocupación alemana que llevó meses a la cárcel a su hija y a su mujer). Matisse no decae sino que abraza el plano, y el plano deja de serlo. Orden y rigor pero en asuntos circenses, fantásticos, marinos, acuáticos, y un aviador derribado y sutil (Icaro). El cowboy, La laguna, El Destino, Caballo, caballista y payaso (Ilustraciones para Jazz). El Museo de Arte Moderno de Nueva York estaba casi recién inaugurado cuando incorpora sus colecciones y le hace una retrospectiva enorme en 1951. Territorio específicamente pictórico, -dicen- por esa reserva ante la vanguardia histórica. Figura decisiva la de Matisse, hombre de vocación tardía que había pasado por el derecho hasta que su madre le regala una caja de pinturas (en 1890) mientras se reponía de una apendicitis a los 21 años. Bastó el obsequio. Más tarde aconsejaba a sus alumnos: “No se deben establecer relaciones de color entre el modelo y el cuadro; únicamente considerarán la equivalencia que exista entre las relaciones de color de sus cuadros y las relaciones de color del modelo”. ¿Cómo se llega a ser Matisse? A menudo sorprende la elección de un objeto ¿es la blusa búlgara, la alfombra persa, la tela estampada, las tapicerías? ¿La luz marroquí? Un desnudo esclavo que es casi un Cezzanne, algo que prueba y deja, como el divisionismo, hasta que empieza con algo, el uso arbitrario del color, podría situarse comienzo de la serie propiamente dicha el fauvismo, el cuadro La raya verde, y desde allí guiarse por cuadros de las mujeres, los marinos, alegorías mediterráneas y lo que sigue: se puede situar, fechar, firmar, y aparece en las superficies de color: incorpora y organiza lo que no sabemos si encuentra o lo persigue. Y un tema toma cartas en el asunto y no lo abandona hasta el final de la obra. Cuando un tema se puede quedar, hasta el final, que parece una obsesión pero no lo es, es porque ya no hace falta cambiar de tema. No es de la voluntad. Ni la involuntad. Es la conquista. Un encuentro, un hallazgo, es inicial. Lo que sigue es batalla. Sobresalta al autor o lo calma, o lo incomoda. Una brecha no es directa a una desembocadura. Impermeable al cubismo no dejó su rumbo preciso. Pero un rumbo no se sigue porque se sepa la dirección que se debe tomar. En Matisse ese rumbo fue llevar la decoración a un estatuto impensable. La serie sigue, y hay que verla en las odaliscas, entonces “La cortina amarilla” ya no reclamará traducirse. Esas imágenes estaban allí, todo el mundo las miraba, las usaba, cualquiera puede pintar eso dicen algunos. No prima la habilidad, no es demostración ni espectáculo. Recortó papeles, pintó con la tijera cuando ya era viejo, nada lo detuvo, ni la guerra. Se fue a Niza y una monja fue su enfermera. De ella vino la posibilidad del encargo de su última obra: La Capilla del Rosario en Vence. Una vez le dijo a Picasso: “Cuando todo sale mal nos refugiamos en la oración para volver a encontrar el clima de nuestra primera comunión”. Noción de lo sagrado en estilo lagunar. Matisse parece ocuparse del vacío en medio de los ornamentos y los arabescos. Hace una delimitación con lo que es interminable. Llevar el estilo del arabesco y el ornamento a un lugar único. Preguntar por un decir del pintor es casi periodístico. Eso no impide hablar de pintura. Cezzanne decía que se contentaba con volver la mirada un poco a la derecha, y que podía pintar años en un mismo sitio. Libertad y audacia. Desde su primera fascinación por los frescos del Giotto (El juicio final 1303- 1310), en la capilla de la Arena en Padua: allí hay dos hombres y dos mujeres, pecadores desnudos, suspendidos por la parte del cuerpo mediante la cual han ofendido y un diablo que castra a otro con unas tenazas. Supongo que Matisse se fascina no con la violencia, tampoco con el erotismo entendido como representación medieval salvaje o sangrienta, sino que ve allí otra cosa que la que ven todos, solamente él la ve: la forma de trabajar, por eso quizás hay una manera que él no abandonó, trabajando igual y al modo de los fresquistas: no en modelos más pequeños porque decía que era como seguir un avión con una cámara en vez de estar piloteándolo en el cielo. Matisse es una suerte de contrafigura de Picasso, como quien trabajó a la sombra del siglo. Su obra es el antecedente de la abstracción norteamericana después de la Segunda Guerra Mundial.

Posar es una confusión perfecta Bettina Bonifatti


Al pintar ¿qué se mata? La pregunta por la identidad
La firma del pintor es la aclaración de un recuerdo

El que posa vive algo de irrealidad y de protagonismo anónimo. En pose fija es una cosa. En croquis con poses de cinco segundos el modelo que sabe posar está en pos de ofrecer su contorno -sabe que en 5 segundos no hay tiempo para más que unas líneas tiradas a toda velocidad. Es un objeto que se mueve solo, se presta a un dictado rápido. Pruebas, ejercicios - apurar la línea -, y suele ser modelo de talleres donde hay pintores todos preparados alrededor.
El modelo personal es elegido. Hay gente que se ofrece como si nada y uno no quiere porque no depende del cuerpo que tenga. ¿Qué condiciones puede tener? Hay algo parecido a lo que llaman transferencia, a veces sólo basta un rasgo, gente que parece un cuadro de alguien, por ahí puede ir. Pero no tanto por la persona. Tener una buena nuca puede ser más que suficiente. Con una nuca se puede trabajar mucho. En pintura es lo irreal lo más concreto. Lo ilusorio es lo básico.
El modelo queda un poco “pagando”, queda fuera, es un medio, se usa y se puede usar mil veces como un paisaje o una berenjena, un trozo de carbón o un jarro. No sabe bien para qué está ahí, supone unos motivos. Es mejor que no sepa. Esa intriga lo hace estar. No participa, porque aunque hable, incluso charle con el que pinta nada pasará la barrera de los ojos.
El pintor baja la barrera para ver. Y ve. El modelo puede hablar y desconcentrar como hablar y ayudar a concentrar, puede callar pero un buen modelo tiene que obedecer a las órdenes veloces, no tardar y no perder ángulo ni subir el mentón ni cambiar la geometría que está mostrando en esa estructura en la que se convierte para el ojo. Sí puede mover los ojos. Otras veces se puede hacer que se mueva completamente todo lo que quiera y uno intentar captarlo como a los transeúntes desde la ventana -aconsejable que sea desde un primer piso porque de planta baja te ven y de más arriba uno no ve bien. Hay buenos balcones por Avenida de Mayo, con 200 modelos caminantes -algunos adorables que se paran a conversar bastante quietos por unos minutos- o albañiles trabajando con herramientas como palas y taladros, son robustos y de cuerpos marcados. Vialidad. Las piscinas serían convenientes si no fuera algo tan fuera de contexto dibujar allí. Salvo raras excepciones el agua y el dibujo no se llevan bien. Lo seco. O en todo caso y a falta de modelo hay una oportunidad de principiante que uno puede mantener: el suplemento deportivo que, aunque tenga el plano resuelto tan inconveniente de la fotografía, está llena de escorzos de futbolistas, nadadoras y otros cuerpos esforzados en posiciones impensables, a veces 2 ó 3 en una toma, remos, estiramientos del tenis y el hockey que ayudan a ejercitar. En la necesidad puede uno dibujar a alguien mientras duerme. No es agradable hacerlo porque no se le pueden dar indicaciones. Lo mejor es encontrar a alguien dispuesto, que como para todo trabajo donde es uno el que tiene que hacer, -por ejemplo domar caballos para polo o levantar una pared- conviene que sea alguien obediente y sin mucha experiencia el que colabora y con ganas de hacer de modelo para una cantidad de bocetos. Se le puede prometer un par de regalo. También pagarle con dinero, y a veces es bueno preguntar en cuál dibujo de encuentran más a sí mismos. Y por qué.
Testimonios de quienes posaron forman un texto en preparación. En el libro retrato de Giacometti él habla de la sensación de indefensión del modelo -relativa inmovilidad- y es notable que algunos se ponen como si uno los fuera a fusilar.
El problema es que una mirada DICE. Una visión NO DICE sino en el modo en que ve- recibe- escucha. Lo de Claudel es axacto. Escucha con los ojos. No con la mirada. Hablar y escuchar a la vez es como leer.
La lectura permite esa simultaneidad. Pensar en pintura.
Leer es como escribir. Ver es pintar. Ver es no mirar. Mirar y ver a la vez no es posible en un punto, y en otro sí es posible. No hay que separar estas dos actitudes demasiado -ver y mirar- sino pensar cómo se las usa para pintar. Es periférico y jamás existencial, no es para nada eso que dice Paris del ser -no. Tampoco lo que dice Paris de la profundidad y de la intención, dos enemigos. Aunque intención tomada como lo decidido es otra cosa, es actitud y nunca atmósfera. Eso de que tiene atmósfera es preocupante como la capa de ozono. Que sea superficial quiere decir apoyado en geometría y no en sentimientos. La geometría es algo caliente.
Los que la consideran fría a la geometría o creen que es reproducir figuras geométricas o similares no ven nada. Geometría es desde un dedo hasta un hueco pasando por el planeta Venus y regresando por la oscuridad hasta la vida. Si hay una cuestión pesada con uno mismo no se puede ir al producto ni sacar lo que no sirve. Se incurre en pretensiones que, una vez teniendo ojo pueden volver a usarse en cierta medida pero no de entrada.
No hay cualidad o condición esperable de un pintor. Puede ser cualquier cosa pero no hacer cualquier cosa. Ser cualquier cosa porque total ese no va a incidir porque si puede hacer nunca hará por lo que es sino a pesar de lo que es. Se trata de cómo pudo saltar sobre eso para hacer lo que hizo -cómo pudo agrandar el agujero del que habla Giacometti y pasar.
Si algo de lo que parece ser aparece en general es lo que la gente quiere adjudicar. Está lleno de gente que muere sola a la vera de un camino o se tira un tiro en el pecho. Por eso me interesan los diarios de los pintores más que sus finales o dramas. Su trabajo.
¿Y qué decide a un pintor? No sé. Pero eso que lo decide -pintar durante once años unas bañistas –Cézanne- no es pintar durante once años unas bañistas sino cambiar la pintura moderna.
Pintar durante un día un cuadro, elegir un rostro y agotarlo en versiones, dibujar con la tijera como Matisse, obstinarse con tazas o con bailarinas o tomar los temas más riesgosos -las marinas- los bebés, los perros, incluso la nieve como Oscar Kokoshka o lo que fuera decidido, no importa qué. Los cambios ya no dependen de eso. Ya no es una taza. Es Morandi. Ya nunca va a haber tazas pintadas sin pensar en él. Como ya no se puede decir “luz”, no es luz lo tuyo, luz es Rembrandt y nos quedamos a oscuras. Hablar de luz en pintura es un abuso. La luz se la llevó él. Ganó, como quien gana una partida de naipes por dinero y se lleva el pozo, los pintores ganan. El dominio de todas las tazas del universo se lo llevó Morandi. Va con firma. Si uno toca eso sabe que es territorio ajeno. propiedad privada.
Se podrá presentar batalla a Bacon con su carne, y a Giotto con su Juicio Final que al revés del tiempo parece un Matisse desgastado. No son influencias. Es por ejemplo que Matisse vio a Giotto y eso hace que vea y mire en parte como él, decididamente y en el punto que se cuela no. Como Turner mejorando la naturaleza. Buscate otra cosa. No se puede reinventar. No es el amor. Sí hacer experimentos como ejercicio personal: intentar copiar a los maestros. Es entrar en tierra conquistada. Para mí los pintores son como los conquistadores. Colonizan. Algunos son más como piratas o filibusteros. Pero no porque pintaron para reyes como los que robaban para la corona -cosa que no me molesta- los pintores se roban un sector del mundo y dejan mudo al resto y roban para el cuadro aunque pinten para el Papa.
Andan por ahí con pocos cañones. Las armas merecen otra extensión.
Otros directamente sabían –no de entrada- dónde estaba el mayor tesoro: Cezanne. Y el dominio queda bajo un nombre, un dialecto, pero el dominio no es el de las cosas, ni de los objetos ni menos el de los temas: cualquiera puede tratar esos temas nuevamente -no me refiero a los cuadros de cacería ingleses con perritos ni a esos motivos sino a temas. Los temas son invenciones nada originales: ver donde todos miran, lo que nadie vio. Decir donde todos hablaron, lo que nadie dijo. El ojo no es inofensivo. Es a propósito. No pintar ni lo que se siente ni lo que se piensa -por eso no me gustan los muralistas mejicanos ni Frida Kalo ni Berni aunque sean de finísima factura no critico la técnica digo no me gusta a mí que el tema se coma el cuadro. El gusto cuenta. Como en literatura ¿Por qué me tiene que gustar Hemingway? No me gusta a mí.
Hay que obligar al ojo a desconocer dijo Paul Klee. Habrá que obligarlo tanto para pintar como para ver pintura. Pero obligarlo ¿es un trabajo? ¿Es disciplina? Ser duro con el ojo y no dejarlo tomar confianza. Dejarlo solo al ojo, ajeno y nuevo, sin historia. Que vea. Esto va en la dirección de no dedicarle tanto a la mirada y su intención.
Hay que escuchar a los pintores y escultores. Hay frases famosas y repetidas.
La obra es la persona como cuando cae el cuadro y el pintor pide perdón al modelo por el golpe. El modelo no es la persona: eso se mantiene constante.
Los pintores hablan mucho más del ojo que de la mirada. Los críticos al ojo lo mencionan como un órgano ¿cómo el ojo va a ser un órgano?
¿A quién se le ocurriría pensar que el oído es un órgano cuando habla de una voz? y se olvidan de la complacencia orgánica y de las funciones de los órganos que no son las que uno cree, como si la boca fuera para comer y olvidaran que con la boca se habla y pensaran que hablar es emitir -olvidando que el que habla obtiene- equiparan mirar a eso que se hace con el ojo para ver las representaciones en el mundo como si no existiera el inconsciente, negando la visión obtenida y en cuanto se habla de inconsciente en pintura se meten ya con el surrealismo (no iba por ahí la cosa) y todo eso o con otras corrientes y les da un escozor y encima dicen “ojo con este tema” como si pintar fuera cuestión de temas. Y usan la palabra ojo para advertir, ojo. La gente tiene miedo de hablar de pintura.
El ojo ve y obtiene el cuadro porque el ojo tiene nombre.
El acto de ver es una disociación voluntaria, siempre que se piense la voluntad con el deseo y no con el esfuerzo. La voluntad es hacer fácil lo difícil y dar vuelta la situación ignorando la dificultad que se interpone siempre al mirar.
Del ojo a la mano hay una vía que toca la tela y la tela está adentro del ojo y de la mano, y uno está adentro de la tela, todo esto sin unión, lo que merece una confianza ciega pero no una ceguera.
Sin confianza ciega y abandono con dirección –sin descontrol- va la línea a traducir.
Se pasa por la incoherencia indefectiblemente. No se trata de ser incoherente –al contrario- continuar hasta que la conquista está asegurada, es decisión.
Pasa por la muerte cada vez, de ahí lo abrupto de ver, lo bravo de experimentar cierto riesgo al disociar la mirada de la visión.
Para ver lo que uno quiere hacer en pintura pasa por abandonar la mirada lo que puede traer una visión temible, pasa y sigue, no llega sin peaje de horror, algo del otro lado. Cada cuadro acertado, para mí, traspasó el horror de la visión y obtuvo tierras nuevas. Uno se expande, y, por épocas, está en ataque de colonizar. Hay series de cuadros que son una guerra aunque se pinten rectángulos y series de cuadros pintados donde la analogía es más cercana al deporte. Qué raro que el goleador no se horrorice. Habría que estudiar eso.

El color es inofensivo. Entre el horror de ver media la diversión: el color es inofensivo. El color es el que cambia la tonalidad del estado psíquico del acto de pintar. Pintar no pacifica. No es descarga. Todas las descargas cargan más. Pintar violenta. El color hace de mediador. Los enemigos son varios: la llamada realidad, los sentimientos, los pensamientos en palabras, entre otros. El duelo es con eso. Pintar sin sentir ni pensar: suspenderse y entrar en guerra ¿Qué se mata? La pregunta por la identidad. La firma del pintor viene a ser la aclaración de un recuerdo.
Bettina Bonifatti


lunes, 3 de noviembre de 2008

Escorias del accidente.

En las fotos se evidencian las huellas y despojos de un choque. Pero el accidente es el tiempo mismo. Se dice que hay que ver para creer: vemos todo lo que miramos pero cada imagen convoca a otra que repite lo no visto, un primer objeto que no pudimos captar. Hay una prohibición bíblica de hacer imágenes que viene a informarnos que lo real excede la representación. Los artistas siempre se han sentido en relación a lo Invisible que como otro irrepresentable es desafío y llamado. El ser humano es una criatura expósita, expuesta al Otro (nombre de todo aquello que no dominamos o lo que no sabemos, es decir, de casi todo), la intemperie que se muestra en toda su magnitud en un terremoto y sus efectos catastróficos que de improviso nos descubren en plena orfandad.
Ser fotógrafa, en el caso de Nunce de Font, es salir de caza, no en función de capturar un público en función de una propaganda, comercial o política, sino a la caza de algo que excede lo real y está hecho de su materia misma: el accidente presentado por sus escorias, en eco a la novia desnudada por sus solteros.
Cada catástrofe en tanto accidente mayor nos revela como criaturas inermes y evocamos que en la Edad Media los ángeles perdieron su aura protectora luego de la peste. En esta época no hay quien cumpla esa función protectora. En el accidente las formas de memoria y percepción resultan seriamente afectadas. Y en la suma de deshechos que produce el tiempo como accidente imperceptible no hay huellas visibles de una violencia conservadora o fundadora. Hay que salir a cazar otras imágenes más creíbles para poder volver pegar los ojos y materializar en el sueño las escorias.
En menor grado, sucede lo mismo con un accidente que no es un choque sino los tiempos mismos en su acumulación de restos. A cada uno su resto. Las fotos “inventan” una mirada donde fluyen varios niveles de percepción. La imagen total del auto que aparece a la mirada con sus interrogantes: cómo ocurrió eso: en un país que va a la cabeza de los accidentes de tránsito el mismo accidente se vuelve innecesario. Lo que prueba que la imagen es el lugar de una transferencia de historias donde la memoria y la imaginación, pero también las hipótesis, se multiplican a través de otras imágenes.
La información de cada detalle del suceso, por otra parte, no alteraría la técnica y el soporte de las fotos. No hay ningún indicio humano entre tanta hojalata. En las imágenes fragmentadas, semejantes a formas de pintura abstracta, el trompe l¨oeil es desmentido por la imagen del auto, la única información por la cual sabemos que se trata de un auto destartalado y no de una experimentación con la materia informe.
El accidente no es fruto de un choque sino el tiempo que nace desde las escorias, algo que se repite en el orden de la percepción. Si en las lenguas latinas memoria y mentira tienen la misma raíz, mens, estamos ante una verdad muda, o ante cierto tipo de engaño percepción que informan acerca de la verdad y es la del tiempo como accidente, tan inexplicable como la muerte que supone la vida.
La materia presentada en escoria carece de testigo de una obra humana que se destruye, está ahí como puro desecho, ajena a lo humano salvo para la mirada que las constata como formas múltiples, extrañas a la buena forma que permitiría una identificación con ellas.
No hay emoción ni posible catarsis, sólo la colisión de una historia que no ha sido escrita pero donde se cuenta que el mundo vuelve a comenzar a partir de lo expulsado, en otra frontera a la de la comunicación, la información, a las voces de la sociedad que razonablemente piden que el conductor sea más responsable, que tiene en sus manos una máquina que potencialmente es de muerte, etc. Aquí, desde las fotos, la historia de un objeto, de sus propietarios( aventuras, amores, peleas, viajes sobre la noche estrellada) es tomada en otra versión, ocurre en la misma percepción del que lo mira, responde a una “educación” sin imperativos, en imágenes que no se captan desde una primera vez y que hablan muy fuerte, al borde del documento y la información.
Surge ahí cierto pulso novelístico.
Eric Rohmer comentando Journal of my life during The French Revolution, la crónica impresionante de “la incorrigible monarquista”, Grace Elliott – argumento de su film La Inglesa y el Duque – que describe la vida , escenas y personajes durante el período del Terror – julio 1789/junio 1794- afirma que si la novela no hubiera alcanzado en el siglo XIX su perfección en el arte del relato el cine no habría podido en el siglo XX acceder con rapidez a la complejidad dramática y la profundidad psicológica.
Su hipótesis es que la puesta en escena cinematográfica reposa sobre el arte de la novela, incluso si se trata de hechos verídicos. Se podría decir que las fotos de De Font reposan sobre la pintura contemporánea aunque no hay complejidad dramática ni profundidad psicológica que sin embargo resuenan en la stimmung, la atmósfera viciada de historias y coartadas.
Las formas son insólitas pero están construidas por elementos de la misma realidad transformados por una técnica que acusa un efecto traumático que evoca la intemperie en el corazón de la ciudad, la irresponsabilidad, al sujeto ausente en la foto y tanto más presente, expuesto a la jungla urbana, desde otra lengua hecha de restos de escorias diurnas por una cazadora de formas insólitas que hace vibrar el tiempo.